El Panteón Municipal y sus historias de miedo y espanto

31 de octubre de 2019

Las verdaderas experiencias paranormales son las que viven día a día los trabajadores que mantienen en óptimas condiciones el espacio

Para muchos es un lugar lúgubre, para otros un espacio de emociones y sentimientos encontrados. Más allá de lo que simboliza el Panteón Municipal como un espacio en el que descansan los restos de los seres queridos de miles de morelianos, con los años, entre las tumbas, se han desarrollado decenas de historias dignas de contarse.

Es precisamente por eso que las autoridades municipales han implementado desde hace al menos tres de años los recorridos nocturnos en los que se cuentan las leyendas emblemáticas del panteón que fue creado en 1889 por el gobernador Aristeo Mercado, cuyos restos descansan en este mismo espacio desde 1913.

Pero al interior de más de dieciséis hectáreas de superficie no sólo alberga los restos de personas que cada 2 de noviembre –y a veces otros días– son visitados por sus seres queridos, sino que es un espacio donde residen ciudadanos destacados como el abanderado del Batallón de Matamoros, teniente Isidro Alemán Sandoval; el artista y escritor Mariano de Jesús Torres Reyes; el constituyente José Pilar Ruiz Neri; el nicolaita Melchor Ocampo Manzo; el poeta michoacano fray Manuel Navarrete y los exgobernadores de Michoacán Epitacio Huerta, Justo Mendoza Ramírez y Rafael Carrillo Camacho. Todos ellos en la llamada Rotonda de Michoacanos Ilustres.

Foto: Iván Villanueva

Pero el Panteón Municipal también está lleno de leyendas, esas historias que combinan algo de verdad con fantasía y que han sobrevivido al paso del tiempo contadas de generación en generación. Como la del famoso ángel que se ubica a un costado de la capilla, que se encuentra enjaulado, pues se decía que abandonaba el espacio en el que fue colocado para acompañar las almas de los niños que morían intempestivamente hacia el más allá.

Sin embargo, las verdaderas historias, aquéllas que van desde sustos originados por animales que se refugian de la lluvia o el calor entre las arboledas y las tumbas –muchas veces deterioradas– hasta las verdaderas experiencias paranormales, son las que vive el personal del panteón, los trabajadores que día a día trabajan por mantener en óptimas condiciones el espacio.

Falta sólo acompañar a uno de los sepultureros o a uno que otro trabajador administrativo para conocer las historias. Una de ellas afirma que entre los 34 mil 891 espacios de deposito de restos humanos se encuentran los restos de la madre del famoso Pedro Infante o los del icónico Pito Pérez, hasta los descubrimientos más bizarros como artefactos que se vinculan a la práctica de brujería.

Los vecinos de la zona, de colonias que por años han visto crecer a decenas de generaciones de niños que han jugado y corrido entre el camposanto, resultan también guardianes de las historias. Entre ellas destaca la de una mujer que dio a luz en un espacio que ahora se utiliza como sanitarios a un costado del acceso principal, ahí, hace trece décadas. Cuando un hacendado español donó el terreno para la instalación del panteón local, uno de sus peones, conocido como Fermín, se estableció en el lugar para cuidar las tierras. Al ser un hombre de familia llegó al espacio con su esposa, quien dio a luz a su primogénita en el mismo terreno que hoy es destino final de muchos.

Foto: Iván Villanueva

Las historias de apariciones son tan grandes y variadas que han tocado por igual a quienes ahí trabajan de día y de noche, como a aquellos que por curiosidad o morbo se adentran al lugar en espera de captar en video, imagen o sonido alguna experiencia paranormal. Se dice, entre los propios trabajadores, que más de alguno de ellos ha sido “atravesado por un fantasma”; lo saben porque “un escalofrío intenso te recorre el cuerpo”, pero nada de ello los ha separado de su labor.

El amor también se hace presente en las historias que rondan al panteón municipal. Una de las leyendas del lugar se basa en el típico amor prohibido, ese que si no es parte de un lugar parece no existir. Fue cerca del año 1890, cuando el espacio se denominó Panteón Católico, que se conoció la historia de una mujer devota, entregada al servicio religioso como monja y un general –según se dice fue iniciador de la conspiración de Valladolid–, quienes se encontraban en los túneles que conectaban una fosa común para el descanso de integrantes del clero con capillas de la ciudad.

Son cientos las historias que se han acumulado a lo largo de los años y a veces tan vastas y distintas como quien la cuenta lo desee. La realidad es que más allá de un espacio de última morada para quienes llegan al final de la vida terrenal, el Panteón Municipal es más que un camposanto. Para recordarlo se aprecian en sus espacios hermosas y elaboradas esculturas de mármol, que aparecen entre las tumbas como un recordatorio de que en la memoria a los muertos el abolengo y las épocas también han cambiado.