Del ninguneo literario

21 de noviembre de 2019

De indiferencia rayana en el desaire han sufrido grandes autores en la literatura mundial. El “ni los pelo ni los leo” ha sido un rasgo permanente, incluso en escritores que consideramos excepcionales

Entre los artistas en general, pero sobre todo entre los escritores, se ha padecido en todas las épocas de una actitud de ninguneo respecto a la obra del otro, de los otros, o por lo menos de algunos de los otros. Es un fenómeno que se da con más énfasis en personas que son coetáneas y no tanto en creadores que pertenecen a generaciones lejanas entre sí. El “ni los oigo ni los veo” de los políticos, podría traducirse en el “ni los pelo ni los leo” de los literatos de cierto pelambre. Reconocemos a Shakesperare y a Cervantes, indudablemente, por su formidable y definitiva obra, pero también porque ya no están entre nosotros, porque son ya una especie de leyenda, aunque cuando los leamos sintamos que son tan contemporáneos como nuestros propios amigos. Cuántas veces hemos desdeñado la lectura de un buen libro, por la sola razón de que algún crítico miope y despistado, o demasiado académico, ha lanzado juicios peyorativos sobre él o su autor.

El desdén literario tiene que ver a veces con descalificación arbitraria, a veces con ninguneo, a veces con intolerancia, a veces con absurdas razones de estado. Estas últimas prevalecieron en numerosos países durante el siglo XX: los partidarios del realismo socialista y de la mal llamada literatura comprometida, por decenios desconocieron o desdeñaron la obra de autores de otras ideologías o de los escritores independientes. Digo “mal llamada literatura comprometida”, porque toda auténtica literatura, toda verdadera y genuina obra de arte -a través de su calidad -, está de hecho comprometida con las más profundas aspiraciones humanas. En parecidas exclusiones y radicalismos cayeron también, aunque nos parezca insólito, las vanguardias europeas, como el dadaísmo y el surrealismo, que en su saludable objetivo por crear un arte nuevo arrasaron con todo, sin distinguir la ganga del oro en la literatura de su tiempo, ni en la de sus antecesores.

De indiferencia rayana en el desaire han sufrido grandes autores en la literatura mundial. El “ni los pelo ni los leo” ha sido un rasgo permanente, incluso en escritores que consideramos excepcionales. Chesterton, por ejemplo, detestaba a los pesimistas y los destinaba a la nada: “Si hay quien mantenga que la extinción es preferible a la existencia, a ése no lo cuento entre los míos, con ése no hablo. Al que escoge la nada, la nada le doy”. Los tres grandes de la literatura rusa del siglo XIX, Tolstói, Turguéniev y Dostoievski con frecuencia se descalificaban entre sí, al grado a veces del menosprecio. El único encuentro que tuvieron en vida los filósofos Karl Popper y Ludwig Wittgenstein no duró más de 15 minutos (el 25 de octubre de 1946) y sólo sirvió para que los dos pensadores no se escucharan el uno al otro.

Uno de los más grandes narradores latinoamericanos fue un poeta: Julio Cortázar. La poesía trasunta toda su obra narrativa y en Salvo el crepúsculo, el libro en que reunió su poesía formal, hay sonetos y poemas de exquisita belleza y profunda verdad. Sin embargo, nadie lo toma en serio como poeta, se le ignora como tal y se le critica con furia. El crítico José Miguel Oviedo calificó sus poemas como “conmovedoramente malos” y de seguro ese dictamen del crítico repercute sin vacilación en los lectores. Borges fue, sin duda, un escritor extraordinario, un gran conocedor de las literaturas del mundo, pero aunque suene paradójico, fue también un gran desdeñoso literario. Despachó sin piedad a gran parte de la literatura española, le pasó en blanco casi toda la literatura rusa, desde Pushkin a Pasternak (con excepción de Dostoievski y Tolstói), no peló a sus contemporáneos latinoamericanos (desestimó a los del boom) y siempre miró con fría indiferencia el orbe narrativo de un autor como Nabokov y, con reticencias, el de Samuel Beckett, como lo expresó en una de sus memorables entrevistas: “De Nabokov nada puedo decir, porque no lo he leído. Desgraciadamente he leído a Beckett”. En la España de hace unos años la obra de Javier Marías era con frecuencia atacada por críticos displicentes locales, que la acusaban de una “supuesta falta de españolismo” (sic).

Hay muchos otros casos de desaliño literario que sería imposible describir aquí. Sólo quiero referirme a uno de hace unos cuantos lustros, que no vino de una personalidad o de un crítico eminente o de un escritor consagrado, sino de unos políticos que desairaron en el año 2000 al nobel de literatura Gao Xingjian a su llegada a Hong Kong. Los políticos rechazaron una invitación para asistir a una recepción en honor del escritor. Los gobernantes de Pekin, en una exhibición de estupidez, advirtieron a Xingjian que evitara poner en aprietos al gobierno de Hong Kong y se limitara a hablar sólo de literatura en sus apariciones públicas. Ingenuos políticos parecidos en todas partes, como no leen ni pelan a los escritores, no saben que hablar “sólo de literatura” es también hablar de política y de las cosas que conmocionan la vida y el mundo.