El bosque de abedules

7 de noviembre de 2019

El bosque de abedules nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo nos mostró el verdadero valor de las canciones y de la poesía. Al principio todo eso nos era ajeno, pero con el paso de los años uno iba descubriendo las resonancias del bosque, sus impregnaciones, sus recónditas y remotas celebraciones

En los últimos días de agosto el verano entraba en su recta final. Todavía amanecía temprano y el bosque de abedules cercano era una fiesta de luz, un lugar donde el tiempo parecía transcurrir con lentitud. Lo visitábamos con frecuencia, poco a poco se convirtió en parte nuestra, un lugar corto, una extensión de nuestro cuarto en donde podíamos pasear, pensar, hacer silencio o conversar sin preocuparnos de nada, como si estuviéramos en casa. Y realmente era así. El olor de los arces, los álamos y los abedules y sus hojas titubeando en el viento alentaba nuestras incursiones y exacerbaba nuestros sentidos y tanto yo como mis amigos empezamos a considerar ese bosque maravilloso como el lugar exacto donde se podía ser uno mismo sin pena ni gloria. Desde el principio nos pareció que en ese bosque de abedules podían sonar todas las cosas del mundo al mismo tiempo, todas las músicas, podían superponerse todos los sonidos de las ramas, los zumbidos de las hojas que caían, el chirriar de las cortezas, el gorjeo de las palomas, el trepidar de los insectos, el ulular sin término del viento en su continuo vaivén, en su eterno camino de orfandad, en su incesante fluir hacia la nada. Hoy no podríamos explicar nuestros días sin ese bosque de abedules con el que convivimos en todas las estaciones del año: fue testigo de todas nuestras parrandas en los veranos, cuando íbamos en grupo a bañarnos en el lago, o cuando en el invierno aprendimos a montar en esquí después de muchos intentos: regresábamos a nuestro cuarto llenos de nieve de la cabeza a los pies, porque la pasábamos más tiempo en el suelo que parados sobre los esquís, pero así aprendimos y con el tiempo ya recorríamos grandes distancias. Descubrimos que esquiar era algo muy divertido, que lo renovaba a uno en todos los sentidos. 

Cuando el bosque de abedules se convertía en una verdadera fiesta era en primavera, todo resurgía con una fuerza brusca y violenta después de un prolongado invierno de casi ocho meses. Luego descubrimos que la primavera y el verano podían ser un poco cortos, pero muy intensos y aprendimos que eran estaciones lo suficientemente largas, como para alcanzar a hacer lo que se te daba la gana y eso era lo que más importaba. Sin duda el mes que más nos gustaba era mayo, porque podíamos por fin dejar los pesados abrigos, los guantes, las bufandas, las botas, los gorros, los largos calzoncillos térmicos y en el bosque todo volvía a nacer estrepitosamente o lo que había permanecido ahí aletargado y furtivo retornaba con nuevos bríos a las vicisitudes de la vida. Pero el momento del año que más curiosidad nos despertaba era un periodo corto a finales de septiembre, cuando en pleno otoño florecía un último y breve verano, el “verano de viuda” o “verano de mujer madura” como lo llamaban, que se convertía en un pretexto renovado para volver a la ropa ligera y disfrutar de días de sol y agradable temperatura. Desde entonces me ha parecido que la vida de todos los seres tiene también su “verano de mujer madura” en el otoño de su existencia, un vivo y fugaz verano que se despliega formidable en el umbral de toda vejez y en donde incluso los más pesimistas se forjan planes e ilusiones que luego se disuelven sin remedio contra la realidad contundente del ocaso y el invierno.

El bosque de abedules nos enseñó muchas cosas, pero sobre todo nos mostró el verdadero valor de las canciones y de la poesía. Al principio todo eso nos era ajeno, pero con el paso de los años uno iba descubriendo las resonancias del bosque, sus impregnaciones, sus recónditas y remotas celebraciones. Poco a poco nos fuimos haciendo interlocutores del bosque, conversábamos con él, nos parecía que percibíamos algo de sus infinitos lenguajes mientras leíamos, mientras caminábamos, mientras fluían los rayos y los insectos y las mariposas se hundían en nuestras mejillas y el atardecer arbolado se alzaba en el ocaso, en el tic tac silencioso de esos días azules. Poníamos toda nuestra atención al bosque denso y a los árboles alegres y amargos y a su espuma. En ninguna otra lengua parece sonar tan telúrica y deliciosamente el espíritu del bosque, como en la de los poetas, trágicos y terrestres, irremediablemente tristes y contemporáneos. Cuatro versos únicos de un poeta golfo y enamorado que se mató a los 30 años son la perla que queda de semejantes resonancias: “Llanura de nieve, luna blanca,/ un manto cobija nuestra tierra./ Los abedules lloran en el bosque./ ¿Quién se extravió aquí? ¿Acaso fui yo?”.