Esto no es una crónica

25 de noviembre de 2019

El caos es arrebatador, incitante. Es lo que hay esta noche. Y no hay más salida para esa necesidad de disfrute de una fiesta prolongada. Por eso bailas con sigilo, piensas rápido, hablas poco, bebes y fumas con fruición, como si en esa noche se fuera a acabar el mundo: un mundo de sensaciones instantáneas, etéreas

Pasa que un día , después de una serena tardeada de cumpleaños, el festejo de Cinthya se extiende hacia un after que te lleva a un territorio desconocido, por momentos insondable y francamente extraño para tus inquietudes de adulto plenipotenciario. Llegas con tu pequeña banda de camaradas de ruta nocturna a un lugar que de inmediato te pone en alerta por la atmósfera tan lejana a tus ambiciones de francachela. Jeudi 27, le llaman, en pleno centro de la ciudad, en cuyas calles minutos antes has visto en fila india a una buena cantidad de personas caminando desde El Carmen, como una visión fantasmagórica sacada de «The handmaid´s tale». Llegas al lugar prometido y desde el ascenso a los tres pisos ves a un cúmulo de adolescentes que pululan como mariposillas en un antro de paredes opresivas y ruido ensordecedor de música y murmullos; un sitio en el que la movilidad para el desenfreno no alcanza más que los sesenta centímetros a tu alrededor y una estúpida fila de diez personas para acceder al minúsculo baño. En el interior, la cerveza fluye con natural desparpajo; las caguamas en oferta, quién lo dijera, cuando en tus tiempos eran sinónimo de bebida de albañil y ahora, por razones insospechadas para ti, se han convertido en un elixir para la juventud dispuesta al desenfreno coloquial, un trofeo de efervescencia alcohólica para los paladares de los pechos tiernos que no dejan de llegar y salir, de subir y bajar.

Antes de la medianoche, el lugar se deja sentir en las bocinas con rolas ochenteras para jóvenes que ni habían nacido entonces, esos himnos multitudinarios de ciudad provinciana que tú oías hace muchos años en las tardeadas de Discopatín o en aquellas célebres noches del primer XO y otros antros; ahora esas rolas incitan a los asistentes a mover sus tímidos cuerpos y tú intentas descifrar ese pequeño y súbito caos que surge de pronto, ciertamente sereno pero confuso en el devenir de los cuerpos y los movimientos de esa juventud que se apoltrona en cualquier lugar del sitio, sin perder de vista nunca su celular ni su botella o vaso de cerveza. Ni siquiera el humo de los cigarrillos parece alterar el letargo de esa fauna humana ávida de una sensación mínima, y lo que alcanzas a percibir en tu breve desconcierto son sólo sus caras rubicundas y festivas, sus risas livianas y sordas, y al febril paso a tu alrededor puedes percibir, incluso, el olor de camisas y blusas recién planchadas y uno que otro aroma de loción cara.

Mientras, la noche, más allá de una ventana que da un poco de aire limpio al ambiente sofocante de adentro, te muestra un cielo verdoso sin estrellas ni luna a la cual ampararte ante tal situación. Te mueves al unísono ritmo de las melodías que distingues como aquellas que en otros tiempos alteraron tu euforia juvenil, pero que ahora no son otra cosa que una detonación aceptable, a veces un ruido retumbante que, sin embargo, te deja apelar al inevitablemente juicio de la patita (Xavier Velasco dixit) y te mueves intentando apresar un ritmo que sigue mecánicamente el entusiasmo arrebatador de tus acompañantes.

Pero, no lo niegas en tu fuero interior, te sientes extraño, intranquilo, tanto así que hasta notas que en caso de un desastre –un incendio, digamos– no habría más salida que una muerte lenta y agonizante. Vences tus flacos escrúpulos y sigues en el canal de la fiesta, dejándote llevar por esa fibra hipercinética que te circunda; no hay escapatoria, piensas, más que disfrutar el momento. Eso. Te ayuda un poco descubrir y saludar a otros conocidos que aparecen de repente para ponerte en una dimensión actual. Bailas con sigilo, piensas rápido, hablas poco, bebes y fumas con fruición, observas con deleitación como si en esa noche se fuera a acabar el mundo; no hay escapatoria posible, te repites para tus adentros; esto es el caos, es el fin, o quizá es sólo un resabio ansioso del movimiento retrógrado de Mercurio que vino a trastocarte algunas de tus acciones personales más caras en las últimas semanas.

Más allá de los astros y su universo, la noche sigue, imperturbable, y con ella se dejan venir más sorpresas sonoras, sobre todo. Pasada la medianoche entras a un cuarto oscuro, asfixiante y contrito de emociones descubiertas. Hay buen rocanrol esta noche, te dijo alguien. Se trata de la presentación de una banda en vivo, Telekrimen, motivo por el que realmente estás ahí, movido por el interés y la solicitud de algunos de tus amigos que dicen saber de rocanrol. Y entonces la noche se amalgama en una sola percepción colectiva, en ese espacio donde de inmediato los sonidos de un rasposo surf se funden con un punk que suena a destiempo y, en ocasiones, edulcorado, como una golosina que te quita el hambre a media mañana. Los cinco músicos del Estado de México hacen su parte y ofrecen a la pequeña concurrencia lo mejor de su repertorio, sólo para hacerte notar que tus extremidades no te gobiernan como antes. Recuerdas el aviso sobre la banda como una “que se ha posicionado como una de las agrupaciones más representativas del garage-punk en México”, con un “estilo sucio, distorsionado, demacrado y pesimista” como su mejor carta de presentación. No haces mayores juicios y te dejas llevar; persistes en el esfuerzo de entender el momento y descubres buenos momentos de un grupo que reúne sus mejores intenciones con una propuesta rocanrolera de manufactura híbrida y gutural, apremiante. El sonido no te permite escuchar las letras, pero ¿qué más da lo que se escuche?, de reojo captas a tus acompañantes, quienes no han vacilado en bailar sin descanso al ritmo que le dicta el grupo y sus sensaciones plenas y fervorosas de mover el cuerpo, de explayar las hermosas vibras de sus ansias locas de vivir la vida en un instante.

Y ahí entiendes que todo tiene sentido: el caos es arrebatador, peligroso, pero también es hermoso; provoca dubitaciones, sí, pero también te lanza a un abismo incitante y eso es lo que hay esta noche. No hay más remedio para esa necesidad de disfrutar una fiesta prolongada que terminará minutos después sentados en el quicio de un comercio bebiendo los últimos residuos de una cerveza que parece nunca parar de fluir. La noche, entonces, se muestra relajada, lenta y jubilosa.

Luego viene el camino a casa, la plática de las incidencias de una tarde-noche que se apoderó de un instante de tu vida como una exhalación del alma; ésa que transita en estos días y noches de una Morelia que no descansa ni se deja vencer, entre adormilada y triste.