Crónica improbable del último verano

8 de diciembre de 2019

Toulouse es una acogedora ciudad que puede ser sorprendente, en la que el paseante sin rumbo puede perderse sin remedio y escuchar, a lo lejos, ecos de otros lugares, contradictorios y complejos, duros y hermosos a la vez

Para la Vikinga y sus amigas, allá, en Tolosa

Nunca he estado inmóvil en ninguna parte, pero en el último verano en Tolosa he pasado meses engañosamente apacibles, en continuo diálogo con los sucesos de cada día, con los duendes que merodean los lugares y la imaginación irredenta de los caminantes, con los pocos libros escogidos para el viaje: un Steiner y sus razones para la tristeza del pensamiento (pequeño gran libro); un Vallejo, pero no el poeta; un PhilipRoth lleno de erotismo abierto en la herida de la edad que es la vejez. Tolosa de Occitania, o simplemente Toulouse, es una acogedora ciudad que puede ser sorprendente. La he visitado varias veces y durante el último verano vagabundeé por sus entrañas intentando arrancar hojas a su larga vida de centurias, a sus fantasmas enredados en historias que no quieren morir.

Partida a la mitad por el río Garona, Toulouse es una urbe de respiración joven, a pesar de su añeja estructura de más de veinte siglos. Es una suerte de muñeca rusa capaz de albergar varias ciudades, una dentro de otra. En una de ellas, en un nicho del medievo tolosano, se conservan los supuestos restos de Santo Tomás de Aquino, el padre de la escolástica que alguna vez aconsejó contemplar, para dar a los demás lo contemplado. En otra de ellas, veinticinco años antes de la revolución que cambió la historia de Occidente, la injusta ejecución del comerciante protestante Jean Calas, aprobada por jueces inquisitoriales, dio origen al Tratado sobre la tolerancia de Voltaire. Gran paso, en una ciudad de mochos y cruzados. En enero de 1914, en una casa céntrica donde ahora está el café Bibent, a un costado de la plaza del Capitolio, se fraguó uno de los complots más funestos del siglo XX. Allí se reunieron conspiradores serbios con la intención de planear atentados en Sarajevo, que culminaron con el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, suceso que se convirtió en uno de los detonadores principales de esa barbarie que conocemos como Primera Guerra Mundial. Algunas de estas historias me las ha contado, mientras callejeamos sin paradero ni rumbo fijo, el historiador caleño-tolosano Rodolfo de Roux, maestro jubilado de la Universidad de Toulouse, paseante infatigable de la añeja metrópoli, autor del singular volumen Diccionario para malpensantes.

Uno de los sucesos más conmovedores es el del comerciante Jean Calas y su familia. Lo cuenta el propio Voltaire al inicio de su imprescindible tratado. La familia Calas era protestante y Tolosa un centro católico, donde los protestantes eran apenas tolerados. Reinaba el oscurantismo religioso. Louis, uno de los hijos del comerciante, se convirtió al catolicismo en 1756. Todo parecía ir bien, pero cinco años después, el 13 de octubre de 1761 Marc-Antoine, otro de los hijos, desencantado por una serie de situaciones que lo inquietaban, se suicidó en la planta baja de la casa familiar. Al filtrarse la noticia comenzaron los rumores y se montó la monstruosa versión de que Marc-Antoine también pretendía convertirse al catolicismo, a lo que el padre y la familia se oponían, por lo que habían decidido asesinarlo. El fanatismo convirtió al suicida en mártir, y a toda su familia en inculpada. Pierre, otro de los hijos, fue desterrado; las hijas y la esposa de Calas enclaustradas en conventos, y el infortunado padre condenado a morir lentamente en el suplicio de la rueda, donde se le despedazarían los huesos a palazos y luego se le estrangularía. La sentencia se ejecutó el 10 de marzo de 1762 en la plaza Saint-Georges, no muy lejos de la residencia familiar. Voltaire conoció todos los detalles de la macabra historia directamente por Pierre, el hijo desterrado. El Tratado sobre la tolerancia con motivo de la muerte de Jean Calas se publicó en 1763 y fue tan decisiva su influencia que, dos años después, se reconoció la inocencia del comerciante protestante y su memoria y la de su familia fueron absolutamente rehabilitadas. En el número 50 de la calle Filatiers me he detenido varias veces frente a la casa de los Calas, que se conserva intacta, y parado ahí imagino todo el delirio que por allí corrió. Me quedo pensando y recuerdo, de pronto, lo que dice Steiner en su joya de librito que estoy leyendo sobre la tristeza del pensamiento: “pensar es quedarse corto”. No quiero quedarme corto y decido irme despacio a la Plaza Saint-Georges, la plaza de los descuartizamientos, donde dos siglos y medio después sólo queda una placa conmemorativa y alrededor una multitud de cafés donde la gente charla despreocupada.

Uno de esos días tranquilos de junio en Tolosa mi mujer, mi hija y yo nos topamos con un Caravaggio de verdad. Paseando por el bulevar Michelet, cerca de la iglesia de Saint Aubin, advertimos una pequeña multitud que intentaba entrar a una casa. Al acercarnos una placa en la pared indicaba Maison des ventes Marc Labarbey se anunciaba una visita gratuita para conocer el cuadro de Caravaggio Judith y Holofernes que se subastaría a finales del mes. La obra es impactante, llena de un realismo brutal, representa el tema bíblico de la decapitación del general asirio Holofernes por la viuda judía Judith, para salvar a la ciudad de Betulia del asalto inminente. El cuadro se exponía al público mientras en una sala aledaña se mostraban videos que documentaban la pintura con el análisis de expertos y especialistas de varios países. La historia de este Caravaggio de Toulouse parecía inverosímil. El autor la pintó en Nápoles en 1607, pero la obra estaba desaparecida desde 1617. Un buen novelista podría llenar el vacío de cuatro siglos de desaparición del cuadro desde 1617 a 2014. El 23 de abril de ese último año el subastador Marc Labarbe recibió en su despacho una llamada de un cliente al que meses antes le ayudó a vender varios objetos pequeños encontrados en el desván de su casa. El cliente le dijo que aún le quedaba una pintura en el ático que quería que el subastador valorara. Al llegar a casa de su cliente Labarbe encontró la pintura en un rincón del desván, apoyada contra la pared. Estaba cubierta de una pátina blanquecina de polvo que le impidió obtener una foto clara, pero le llamó la atención la expresión increíblemente fuerte de los tres personajes del cuadro. Con ayuda de su cliente limpió lo mejor que pudo la pintura, tomó fotos de mayor calidad y las envió a especialistas y expertos conocidos suyos. Las respuestas que recibió fueron entusiastas: se empezó a sospechar que se trataba de un Caravaggio. Se iniciaba así un trabajo duro de cinco años en que la pintura se sometió a todo tipo de análisis por parte de especialistas y conocedores de distintos países para determinar si la sospecha era cierta o no. Resultó que sí. La subasta sería a finales de junio pasado, pero un coleccionista privado la adquirió antes por una suma entre 100 y 150 millones de euros. De esa cantidad ¿cuánto le correspondería al cliente que la tenía en su desván, cuánto a Marc Labarbe de la casa de subastas, cuánto a otros involucrados anónimos? No se sabe. Tampoco se sabe cómo viajó la pintura desde Nápoles a Toulouse durante 400 años para caer empolvada en el ático de una familia tolosana, que quizás durante generaciones no supo de qué se trataba. Historias de ciudades viejas, nunca se sabe lo que puede salir de los desvanes. Y mi mujer y mi hija y yo no nos hubiéramos enterado sin intermediarios, de no pasear distraídos uno de esos días tranquilos de junio por el poco concurrido bulevar Michelet.

Un mes después de lo de Caravaggio pasó por Toulouse el Tour de Francia. Ya casi terminaba el último libro de Fernando Vallejo, pero lo dejé para ver pasar en la avenida de Castres a los ciclistas colombianos Nairo Quintana, RigobertoUrán y Egan Bernal, que estaban dando una gran faena. Mi paisano zipaquireñoEgan Bernal, un joven de 22 años, iba en ese momento en el tercer lugar de la clasificación general. Desde temprano la avenida de Castres comenzó a llenarse, gente de todas las edades se acomodaban en las aceras, vibraba en el aire un colorido candente. Fue una espera de cinco horas bajo un sol abrasador de 35°C, cuando aparecieron a lo lejos los primeros ciclistas y los vehículos acompañantes y tras ellos, a unos 300 metros, el pelotón compacto. La emoción creció a medida que se acercaban, la avenida era una ola de aplausos, miles de miradas acribillaban a los ciclistas multicolores que parecían danzar sobre sus máquinas, y mi mujer y yo experimentamos quizás un recóndito orgullo de que ahí, sobre la avenida de Castres en la que vivíamos, ocurriera para nosotros una experiencia de singularidad, de desprendimiento, al percibir que esos ciclistas nuestros flotaran en la imaginación de todos, aunque fuera solo por unos instantes. Once días después Egan se coronó campeón del Tour, la prueba ciclística más importante del orbe, se paseó triunfante por los Campos Elíseos y conquistó París aunque sea por un solo día. Hazaña memorable, porque París es inconquistable. Y ahora mi ciudad natal, Zipaquirá, es visitada por tres razones principales: porque allí estudió García Márquez, porque guarda en sus entrañas un verdadero prodigio, una majestuosa catedral de sal labrada a 200 metros de profundidad y porque es la tierra de Egan,

Pasada la algarabía mediática del Tour logré terminar con esfuerzo el último libro de Vallejo,que lleva un título que ya no espanta beatas: Memorias de un hujueputa. Llegué a su última página mirando el Garona, sentado en una banca en la mitad del verano. Me dijo poco este libro, ya la aparente ferocidad vallejeanase ha vuelto monótona. He leído una buena parte de sus libros, porque me parece que son realmente buenos, debidos al espíritu de un escritor soberano. El que más me llegó fue El desbarrancadero, magistral, y El mensajero sobre el poeta Barba Jacob es una joya. Mi hermano el alcalde es muy divertido de tan irónico. Pero este dictador vallejeano insulta mucho, porque cuando camina piensa, y cuando piensa insulta, y cuando insulta se siente bien. Y de tanto insulto quedan menos quintaescencias que tediosos rollos. Así que el paisaje que me rodeaba en el Garona me indujo a dar un salto casi inverosímil, dejé a ese dictador latoso y pensé en un personaje muy distinto y cautivador, un personaje absolutamente liberador.

Leí El Principito apenas hace unos años, me encantó como si yo fuera un niño. Puedes leer diez kilos de literatura chatarra y quedar vacío, pero si sólo lees El Principito, probablemente encontrarás ahí lo que no hallaste en volúmenes y volúmenes de verborrea banal, descubrirás ahí lo que “las personas mayores nunca comprenden por sí solas”. En ese pequeño volumen está todo: la soledad, el absurdo, lo ridículo, lo grandioso, lo utópico y fascinante de las empresas humanas. El hombre que escribió ese prodigio vivió en Toulouse por temporadas entre 1926 y 1929. Era un piloto de la naciente Aeropostale, la primera empresa francesa que se lanzó a transportar correspondencia en pequeños aviones considerados por entonces de alto riesgo. Antoine de Saint-Exupéry se hospedaba siempre en la habitación 32 de Le Grand Balcon, un hotelito de ladrillo rojo en una esquina de la gran plaza del Capitolio. El hotelito se convirtió en cuartel general de arrojados pilotos que llevaban el correo a Dakar, con paradas intermedias en Barcelona, Alicante y Málaga. Me he sentado varias veces en el bar de ese hotelito. Las paredes están cubiertas de fotos y motivos de los intrépidos aerocarteros: Latécoère, Mermoz, Guillaumet y Saint-Exupéry. Me los he imaginado bebiendo ahí, jóvenes todos, fiesteros, ligando a punta de tango chicas que los admiraban. Se sabe que Exupéry amaba el tango, era buen bailarín, afición que seguro perfeccionó cuando lo nombraron director regional de Aeropostale en Buenos Aires hacia 1929, donde permaneció casi tres años.

Sentado en el bar de ese hotel me pasó por la cabeza el extraño paralelismo entre Saint-Exupéry y Carlos Gardel, quien nació en Toulouse a finales de 1890. Su madre se lo llevó a Buenos Aires cuando apenas tenía dos años, pero hay evidencias de que el cantante regresó a Tolosa al menos cinco veces. Ya muy reconocido realizó giras en Francia en 1928-1929. Me gusta fantasear que quizás alguna vez estos dos personajes se cruzaron en la vida ya seaen esta plaza del Capitolio, frente al hotel, o en alguna avenida o salón de la capital argentina donde se oía y bailaba tango, tal vez Adiós muchachos o El día que me quieras. Extraño paralelismo: ambos amaron el tango, ambos caminaron por calles de Tolosa y Buenos Aires, ambos murieron cumplidos los 44 años de edad en percances de aviación y ambos quedaron inmortalizados por su obra.

Esta crónica sonaría incompleta si no mencionara, así sea de paso, la visita a parques como el Jardín de las Plantas y el Jardín Japonés, o a museos como les Abattoirs donde admiramos el Guernica traído expresamente del Reina Sofía de Madrid para la exposición “Picasso y el exilio”, o el viaje en tren a Figueras para perderse en el imaginario de Dalí en el legendario taller de Salvador y Gala, o la excursión con nuestros amigos parisinos Jorge Silva y Benedicte a Albí, donde contemplamos los siete pecados capitales expuestos en la regia catedral de ladrillo rojo de Santa Cecilia y en la obra de Toulouse-Lautrec que impregna esas calles. Espectros de otros seres se esconden todavía en las calles tolosanas, como el del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos que fue transeúnte de esta ciudad por veinte años (de 1976 a 1996) dividiendo su tiempo entre la escritura y la cátedra, y en donde extravió el manuscrito de la novela de aire surrealista “La caspa”, relato que a lo mejor aparezca empolvado –al modo del Caravaggio de Toulouse-  en algún ático, en otros días tranquilos de algún otro verano.

Siempre he sido un paseante sin rumbo en las ciudades ajenas, me he perdido en ellas sin remedio, como si estuviera desorientado en el bosque que amo. A lo lejos, más allá de ese bosque, me parece percibir ecos de otros lugares, contradictorios y complejos, duros y hermosos a la vez: su presencia bulle en mi pensamiento. Y es a través del pensamiento como residimos en el mundo, según lo cree George Steiner en su pequeño gran libro.