¿Podríamos hablar sin el veneno de las convicciones?

9 de diciembre de 2019

Todo apunta a consolidar un poder presidencial sin contrapesos. Es cotidiano el desdén a las voces que se oponen a su majestad o su merced (depende del ánimo: imperial o apegado a la tradición del “mande usted, patroncito”) y parece que el presidente disfruta manteniendo a la sociedad en el encono. Todos los días ofende, menosprecia. Todo se reduce a estar con el mandatario o contra él

En las primeras décadas del siglo XXI la gente solía estar muy satisfecha de sí misma, se consideraba “súper solidaria”, “empática” a más no poder y se afanaba en buscar “causas” (eso tan propio de las personas tristes), y si no las hallaba, se las inventaba.

Paráfrasis de unas líneas de Javier Marías (El País Semanal, 7 de diciembre de 2019)

Quienes no comulgamos con el actual gobierno vivimos un momento complicado. Solemos ser ese tipo de sujetos que reconocemos –como si nuestro aval fuese relevante– que la elección de AMLO fue quizás la más democrática en la historia del país; que el hecho de enunciar que la política será el mecanismo señero para resolver conflictos es celebrable (aunque no haya muchos ejemplos que se haya hecho); que somos miles de “conservadores” quienes reconocemos que el freno al dispendio y la ponderación de los más pobres como objeto de la atención gubernamental no puede sino aplaudirse… es decir, los fifís no tenemos problema con esas prendas y seguro hay más, pero mi espacio en Tribuna Digital es finito.

Lo complejo de no ser simpatizantes de Morena ni de su forma de hacer gobierno es que representamos todo lo que, de preferencia, se debe eliminar, ignorar o cuando menos “ponernos a modo” para blandir dedos índices sentenciosos frente a la cara cuando expresamos una crítica u observación al gobierno.

El ataque de quienes confían en Morena y la cuarta transformación se inicia con: “¿Y qué decías cuando en el neoliberalismo las cosas eran peores?” (humildemente respondo: yo hacía y decía lo mismo que está a mi alcance ahora mismo: señalar, criticar y exponer, en la medida de mis posibilidades ciudadanas, los yerros y aciertos del gobierno). Otra muletilla: “Se les acabaron los privilegios” (en verdad os digo: a mí, por ejemplo, nunca me benefició la cultura del chayote que, dicen, era generalizada. ¿Será porque siempre estoy en el lado equivocado?). Finalmente, la frase que, hasta hace poco más de una semana era el estandarte, la proa argumental de sus seguidores, el norte de la brújula, la lámpara sin luz: “¡Apenas va un año de gobierno, un año!” (olvidan que quien prometió cambios inmediatos en todas las parcelas fue el mismísimo presidente, quien hace una semana pidió un año más de plazo para hacer irreversible la transformación del país (así, modestamente). Apenas izó la bandera blanca de la maledicencia conservadora cesó la cantaleta de “apenas ha pasado un año”, pero sigue vigente y vigorosa la del cochinero que dejó el neoliberalismo y, ¿saben?, quizás se necesiten cinco décadas de plazo… pero bueno, todo empieza con un año más. Concedido, señor presidente. Siga separándonos.

Aunque se pueden enumerar y describir muchísimas acciones del gobierno que han resultado gravosas para el país, referiré solamente al factor que desde mi punto de vista genera más inquietud en la sociedad –hoy mejor conocida como El Pueblo–: tenemos como titular del Poder Ejecutivo a una persona con evidentes tendencias al autoritarismo. Un mandatario (es importante señalar que es mandatario y no se le debe dar la opción de hacer lo que se le dé su gana) que permite, con su perenne sonrisa socarrona, ciertas cosas, desdeña otras, se mantiene al margen en algunos casos y es intervencionista en otros. No entraré en detalles. Los ejemplos son abundantes y de sobra conocidos. Si estas señales no alertan respecto a su talante autoritario corremos un riesgo extremo: lo hasta ahora visto es apenas el inicio de un cambio que pasará, avasallándolas, sobre las instancias democráticas y el debate sensato. Cierto: un gobierno elegido democráticamente puede optar por no seguir las rutas democráticas para mantenerse en el poder y –paradojas de la vida– entregar resultados aceptables en materia de salud, ingreso y desarrollo, pero a costa de algo que pasa facturas onerosas: falta de libertad, resentimientos que se dirimen violentamente en el mediano plazo y cosas así. Chequen la Bolivia del compa Evo; veremos en qué termina Cuba en unos años; la debacle demorará un poco en Corea del Norte (país entrañable para Morena) y pasarán decenios antes de que algo cambie en China. En otras palabras, se puede vivir sin democracia. No hay problema. Nomás veamos a Venezuela.

Para allá vamos como Johnny Walker: bien campantes. El poco tacto, el desdén por las formas, leyes y reglamentos que el mandatario exhibe día con día interviniendo para que personas afines a su proyecto y –peor– a su persona tengan espacio en la Suprema Corte de Justicia es una muestra, pero hay más: la patética exhibición de pelmazos propuestos para la Comisión Reguladora de Energía, exhibidos como ignorantes impresentables que luego, por los puros arrestos del presidente se imponen en otra dependencia, son pequeñas muestras de su sentido escaso de la mesura y afecto por la democracia. “¿Cómo la ven?”, dijo AMLO, sonriendo traviesamente al explicar porqué nombró director a su amigo Ángel Carrizales (90 por ciento honesto; 10 por ciento capaz) en la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente.

At last but not least, está la cuestionada votación –a nivel internacional– a favor de Rosario Piedra para presidir la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Si esto no es preocupante, entonces que alguien me lo explique con peras y manzanas (si es posible, sin enojarse) y serene mis exabruptos. ¿Cuánto falta para que se intervenga el INE y el Banco de México? No nos apresuremos. Va a ocurrir y lo lamentaremos todos, incluso quienes hoy le aplauden al “gran solitario de Palacio” todas las ocurrencias que pueblan su mente y luego las hace públicas y más: acciones.

No hay observación o critica que merezca otra cosa que el “respeto” del titular del Poder Ejecutivo y ello no es sino la manera elegante (concedámoslo) de mostrar una absoluta indiferencia por el Otro (así, con mayúscula). ¿Por qué nos sorprendemos? La dirigente de Morena nos lo ha dejado claro: quienes no simpatizan con los modos y formas de la 4T y de AMLO “no tienen derecho de opinar. Nosotros no se los vamos a permitir”. ¿De eso se trata?

Sí. De eso se trata… y de respetarnos, claro.

¿De dónde les salió la arrogancia de considerar que sólo quienes son simpatizantes del actual gobierno tienen un interés legítimo en participar de las decisiones? ¿De dónde esa certeza de que sólo ellos están interesados en proponer soluciones para mejorar la administración del país? Somos millones quienes pretendemos, en el marco de las leyes, fortalecer a la ciudadanía y no al gobierno ¿dónde está el agravio?

Pero bueno, “otro año” nos ha pedido el jefe del Poder Ejecutivo. ¿Será suficiente? Imposible saberlo, pero es altamente probable que en diciembre de 2020 los dedos índices flamígeros vuelvan a blandirse amenazantes frente a nuestra desagradable cara conservadora: “¡Apenas han pasado dos años, dos años!”.

No hay datos que documenten el optimismo gubernamental y menos su futuro. Lo dicho parece más una amenaza que una promesa de bienestar. A ver: ¿por qué habrían de ser irreversibles los cambios? ¿Acaso no hay elecciones en donde la ciudadanía, eventualmente, podrá expresar (democráticamente… si aún se lo permiten) su deseo de cambiar la forma de gobierno? ¿Cómo conseguirán que sea imposible modificar las políticas y actos de la administración 4T? ¡Levante la mano quien quiera que México sea moreno y con perfil 4T!

De verdad se pasan de patriotas, pero me viene a la mente una forma de lograrlo: modificando toda la estructura legal e institucional de la República para, “con apego estricto a Ley”, quedarse en el poder hasta que Dios quiera (la alusión a la deidad no es gratuita. La Biblia puede suplir, en la práctica, a la Constitución). Da miedo.

Todo apunta a consolidar un poder presidencial sin contrapesos. Es cotidiano el desdén a las voces que se oponen a su majestad o su merced (depende del ánimo: imperial o apegado a la tradición del “mande usted, patroncito”) y parece que el presidente disfruta manteniendo a la sociedad en el encono. Todos los días ofende, menosprecia. Todo se reduce a estar con el mandatario o contra él. Un señero personaje religioso, su afín incondicional, ha soltado perlas como “no es el momento de estar contra AMLO”.

Con el debido respeto, difiero: por el bien de México (AMLO dixit) deben existir espacios, voluntades y, sobre todo, instituciones y leyes que le pongan freno a una persona que llegó con toda legitimidad al poder… pero no para hacer con él lo que le plazca.

Muchos tenemos la voluntad y ánimo de cuidar las instituciones, de crear y fortalecer contrapesos a un presidencialismo que podría superar al que usufructuó el PRI por décadas: nos afiliamos a organizaciones no gubernamentales que fiscalizan el ejercicio del gobierno, participamos en las “benditas redes sociales” (con todo el riesgo que implica que éstas no tienen nada de imparcial ni solidario… excepto con su rendimiento económico y político: son empresas privadas, pues), escribimos textos como el que tienen bajo su mirada e intentamos discutir sin caer en agravios, aunque no siempre lo conseguimos.

Al paso que vamos, la elección del 2024 será el anticipo de una guerra. Pasaremos de las palabras a los hechos (en eso estamos ya).

Al presidente le encanta eso. La división. No conoce otro escenario.

Lo pagaremos muy caro. Todos.

Postdata con asterisco*: Para quienes tengan curiosidad en el tema del populismo: les recomiendo ampliamente el libro de la periodista turca Ece Temelkuran: Cómo perder un país, editado por Anagrama, en donde la autora (nacida en 1973 y en el exilio desde 2016) narra la desarticulación del incipiente entramado democrático en Turquía en lo que va del siglo. Libro escrito con inteligencia crítica y pasión, una mezcla de alto riesgo, sin duda. También un llamado de alerta al mundo frente a la amenaza de gobiernos populistas de diverso signo (derecha, izquierda, centro). El sendero en siete escalas para acabar con la democracia que ya han transitado, en algunas etapas, los gobiernos de Donny Trump, el del Reino Unido con el quilombo del Brexit, en Italia el tal Salvini, en Venezuela Nicolás Maduro y, de manera entusiasta y religiosa, nuestro AMLO: 1) la creación de un movimiento; 2) la manipulación del lenguaje y de la lógica racional; 3) la sustitución de la información veraz por la postverdad; 4) el desmantelamiento de los contrapesos políticos, judiciales y periodísticos; 5) la anulación de los individuos, empezando por las mujeres, y su sustitución por el ciudadano sumiso; 6) el error de subestimar el horror; y 7) la desnaturalización del país que encarcela, persigue y/o expulsa a sus mejores ciudadanos.

Lo confieso: he leído poco más de la mitad del libro pero me atrevo a recomendarlo sin ambages. En otra entrega les echo un rollo sobre Ece Temelkuran.

* El párrafo de la posdata parafrasea el artículo original publicado en El Cultural –versión online– del 26 de noviembre de 2019.