Apología del drama

13 de enero de 2020

Camino hacia la salida aún enjugándome las lágrimas. Al cruzar el umbral, saco un cigarro de mi bolsa y lo enciendo con la dulce y hermosa satisfacción de la victoria absoluta. Qué importa el ridículo, qué bien se siente hacer el ridículo. Soy la puta ama del teatro y, lo acepto

Esta historia pretende ser, como su título indica, una apología del drama, pero no de aquella noción que remite a un culebrón televisivo en el que los personajes tienen nombres compuestos, ojos llorosos y relaciones enfermizas marcadas por la diferencia entre las clases sociales a las que pertenecen; no, no ese drama barato, sino su expresión más elevada, aquella que refiere al género literario y la ejecución de sus obras: el teatro.

Sucede que cuando era apenas una quinceañera me adentré sin paracaídas en ese mundo. Además de acentuar mis manías, fobias y rasgos psicóticos, el teatro me permitió establecer dos relaciones intensas y perennes. La primera fue conmigo misma, a través de la identificación puntual de mis emociones y las formas en que puedo expresarlas. La segunda resultó ser un amorío insaciable con hacer el ridículo. Sí, sí, como se lee: me encanta hacer el ridículo. Es una experiencia liberadora, que tiene además el gran poder de recordarme mi pequeña humanidad y hacerme sentir vulnerable. Hacer el ridículo me gusta tanto que me he descubierto en más de una ocasión haciéndolo casi inconscientemente, como una adicción de la que ya me es imposible escapar.

Volviendo al teatro, retomo el hilo de la historia. En la misma clínica que en sueños llené de sangre de diablillo, tramito ahora mi propia cartilla de salud. Aunque pretendo no usarla jamás, es un requisito indispensable para finalizar la inscripción de mi hijo en la guardería. Ya no debo volver al consultorio de la ocasión anterior, ahora es turno de la encargada de Medicina familiar. Menos mal, pienso, porque seguro que la enfermera y la doctora aquellas me guardan rencor. Me dirijo hacia la puerta correspondiente y llamo con dos pequeños golpes.

Nada.

Vuelvo a llamar. Volteo hacia atrás buscando algún cómplice y veo a una señora con dolor de muelas hacerme seña de guardar silencio, para luego señalar una hoja de papel pegada con diurex a la pared: No llamar a la puerta. Ya está, empezamos con el pie izquierdo. Lo bueno es que no saben que fui yo quien llamó… Hasta que se abre la puerta y una enfermera-obedama molesta me descubre, y no le queda duda que fui yo porque los ojos de todos los penitentes sentados frente a ella apuntan hacia mí, como un montón de chiquillos acusones de primaria. Pongo mi mejor cara de arrepentimiento y disculpa, sin lograr cambiar la expresión de la enfermera. Le extiendo el oficio de la guardería en el que se explica qué necesito y tras leerlo y quedárselo me expele de allí con un áspero Siéntese, yo la llamo.

Me uno al grupo de penitentes que esperan, pero ya no alcanzo asiento. Ni modo. Para colmo no traigo nada qué leer y, como soy una ñoña empedernida, sólo tengo un juego en mi celular y es de crucigramas, por qué no. Desde hace días no logro pasar el nivel en el que estoy y me llena de frustración. Consultar un diccionario no es una opción, al menos no una digna. Y Facebook me deprime más de lo que me distrae, así que no teniendo mejor opción me dedico a analizar a mis colegas penitentes. La señora del dolor de muelas (lo sé por la venda que lleva como Anita la de la Pequeña Lulú, rodeándole la cabeza por la barbilla) tiene ambas manos sobre la bolsa que descansa en su regazo, a la antigua usanza de damas respetables. Por supuesto, trae medias y zapatos de hebilla para completar el look. Apuesto a que disfruta sus visitas semanales a la clínica, tenga o no dolencia en turno. A determinada edad, cualquier excusa para salir de la monotonía es válida.

El resto de los penitentes no está ahí por gusto y es evidente. Especialmente un par de niños pequeños, de aproximadamente dos y cinco años, que se molestan entre sí y lloran con intermitencia por el cansancio y las ganas de irse. Sus gritos le suman a la espera un perfecto componente de incomodidad. En el fondo, hacen lo que todos los adultos quisiéramos: llorar, gritar, tirarnos al suelo y patalear. La enfermera-obedama malhumorada sale cada tanto sin soltar la puerta, apenas asomando la mitad del cuerpo para llamar a la persona siguiente. Cada penitente tarda dentro unos diez minutos en promedio y hay seis de ellos delante de mí, lo que me indica que estaré esperando al menos una hora más. Inhalo, exhalo, ohmmm.

Cuando finalmente toca mi turno, la enfermera-obedama hace el mismo movimiento de asomo por la puerta, pero no me llama. Por el contrario, coloca un letrero ya magullado de tanto pegarlo y despegarlo, en donde se lee: “Regresamos 2 pm”. Es la una y media. Salen a almorzar. No puedo creer la suerte que tengo. Pero después de mi inapropiado golpeteo en la puerta no creo conveniente permitirme ninguna otra acción que amerite más animadversión por parte de la enfermera-obedama. Si quiero tener mi cartilla, tengo que tragarme el enojo.

La puerta vuelve a abrirse no a las dos, sino a las dos y diez. Sigo en modo zen. No importa cómo, pero sé que no me iré de este lugar sin mi cartilla. La enfermera-obedama finalmente me hace pasar. El consultorio es minúsculo, condición que se acentúa con una profusión de cajas de archivo atiborradas junto a las paredes de los costados. Apenas cabe una camilla descascarada, un escritorio antiguamente recubierto de formica y ahora mordisqueado ampliamente por el desgaste, y dos sillas. En la que está del otro lado del escritorio se encuentra una doctora avinagrada, claramente una obedama en tiempos pasados y ahora doctoranda de diablesa. Junto a la camilla, de pie, está la enfermera que parecía mucho más atemorizante y poderosa cuando se asomaba por la puerta. Claro, allá tenía poder; aquí, es una simple obedama al servicio de la doctora.

Sin alzar la vista, la doctora pide mi nombre. Voy a responder por inercia cuando, desde detrás de mí, la enfermera-obedama comienza a leer mi apellido del oficio que le entregué antes. Por supuesto, trastabillea (no la culpo, es impronunciable) y en lugar de pedirme ayuda se enreda en un absurdo tartamudeo que termina cuando la doctora finalmente levanta los ojos hacia ella por encima de las gafas y le exige que le entregue el papel con la mano extendida. Pienso intervenir pero mejor no lo hago. No quiero arruinar mi oportunidad. Aguardo paciente y con obediencia. Tras copiar mi nombre completo, la doctora se digna a hablarme.

—¿Su comprobante de vacunación?
—…
—El papel que le dieron cuando le pusieron las vacunas.
—Perdón, ¿qué vacunas?

La doctora voltea a ver a la enfermera, increpándola con ojos incendiados.
—Yo… Pensé que lo tenía, no sabía… Perdón…

La doctora exhala con fuerza la furia dentro de sí e, intentando mostrarse amable, voltea a verme ahora a mí con una sonrisa falsa.
—No puedo darle la cartilla sin el comprobante de vacunación. Vaya, saque una cita, que la vacunen y, cuando tenga todo, vuelve conmigo.
—No, por favor, ya llevo con este trámite mucho tiempo, yo..
—Mire, no puedo hacer nada, tengo que adjuntar ese papel a su archivo. No se tarda mucho, será cosa de uno o dos días…
—¿Uno o dos días? No, doctora, por favor, pensé que hasta hoy mismo podría resolverlo, pero ya no puedo esperar más, además es viernes y se atraviesa el fin de semana…
—Lo siento, señorita, ya ve cómo son estas cosas.

Ahí, justo ahí, me surge la idea. Como si la escena se congelara, puedo ver a la doctora y a la enfermera-obedama inmóviles por un momento. Teatro. Tengo que usar las clases de teatro. Tengo que ponerme a llorar, ahora. Llora, Artemisa, llora. A llanto pelado. Haz el ridículo, ahora.

Como por arte de magia, de mis ojos comienza a brotar un torrente inagotable de lágrimas, que acompaño de sollozos y frases lastimeras. La doctora, descolocada, abre mucho los ojos y por fin atina a hacerle una indicación a la enfermera-obedama para que me alcance una caja de clínex, a la vez que ella misma descansa las manos sobre el escritorio, con las palmas hacia arriba, como en un intento por tender un puente para consolarme. Yo lloro sin parar.

—Es que… tengo que trabajar… pero con el bebé en casa no puedo… —me sueno los mocos—. Me van a correr… por eso estoy con este trámite… yo no lo quiero dejar, está muy chiquito, pero tengo que trabajar… —me interrumpe un acceso de llanto—. Mi mamá me ayuda pero se cansa mucho… ya no puedo esperar más… ya pedí demasiados permisos… —me entrego al llanto desconsolado, enterrando el rostro en las manos y permitiendo que toda mi frustración se convierta en lágrimas, lamentos y mocos que chorrean.
—Ya, señorita, no llore… Mire, vamos a hacer una excepción… Liz, dile a la doctora Moni que venga, que se traiga las vacunas. Ya, ya, no se preocupe, se va a arreglar. Aquí mismo le vamos a poner las vacunas y le damos su cartilla. No pasa nada, tranquila.

La doctora, antes tiesa en su silla, se convierte en una señora dulce y compasiva. Se levanta de su asiento, se coloca junto a mí y me soba los costados de los brazos; me ofrece pañuelos y hasta ella misma me seca las lágrimas. Increíble.
—Eso, así está mejor, tranquila. Mire, aquí está la doctora Moni. Doctora, por favor, necesitamos que nos aplique las vacunas para una cartilla. Todo va a estar bien, señorita, ya verá que el lunes mismo resuelve el trámite en la guardería y se puede ir a trabajar.

Para no defraudar mi suerte de película con mal guion, la doctora Moni es la misma con la que me confronté semanas antes, cuando traje a mi hijo a vacunar. No puede ser, me digo. No puede ser, pero ni eso me saca de papel. Todavía sollozando extiendo mi brazo para las inyecciones. Duelen un chingo, qué bueno que ya estaba llorando. Qué buen ridículo me estoy echando. Qué mal que transcurre en un consultorio cerrado y no tengo de público a todos los penitentes que esperan afuera. Mientras la tal doctora Moni llena su formato y la otra doctora anota mi nombre en una cartilla reluciente, comienzo a tranquilizarme. Lo logré. No lo puedo creer. Sirvieron las clases de teatro, no lo puedo creer. Soy la puta ama del teatro.

La doctora me entrega la cartilla y le agradezco con un sentido abrazo, en parte para dar veracidad a mi actuación pero sincero de veras, porque aunque fuese apenas por un momento pude verla como humana y no como diablesa en potencia. La abrazo fuerte y le agradezco mirándola a los ojos. A la doctora Moni y a la enfermera-obedama casi las obvio, salvo por un casi inaudible gracias, gracias por todo.

Camino hacia la salida aún enjugándome las lágrimas. Al cruzar el umbral, saco un cigarro de mi bolsa y lo enciendo con la dulce y hermosa satisfacción de la victoria absoluta. Qué importa el ridículo, qué bien se siente hacer el ridículo. Soy la puta ama del teatro y, lo acepto, está bien, también del drama televisivo. Pero no sólo tengo mi cartilla en la mano, sino que además conseguí humanizar a una cuasidiablesa. Victoria doble. Casi sonriendo y dejando que el viento me peine el cabello, por poco me olvido que todos los lamentos que usé en mi improvisación son ciertos, tristemente ciertos, absolutamente ciertos. Y, además, me duele un chingo el brazo de tanta vacuna.

Imagen: Sofía Stamatio