“Desde los doce años ya era maestro afilador”

20 de enero de 2020

Todos los días, desde hace más de sesenta años, Francisco León Chávez sale a recorrer las colonias de Morelia para ganarse la vida afilando cuchillos. “Es un trabajo muy limpio, me encanta hacer lo que hago, y hago lo posible para que me quede bien. Por eso me gusta”

Confiesa con orgullo dedicarse al oficio de afilador desde los doce años, cuando ya “sabía todo sobre la afilada”. Hoy tiene 72. Transcurridos sesenta años de ejercer su oficio,  Francisco León Chávez sigue recorriendo incontables colonias de Morelia y más allá, empujando por las calles su máquina de afilar al compás del peculiar pitido que para varias generaciones es reconocible.

“Desde los doce años yo ya era maestro”, nos cuenta sin perder la atención en su tarea de restaurar el filo de unos cuchillos de cocina. “Andaba con mi papá, nunca me le despegué. Fue mi herencia y a lo mejor mis hijos y nietos van a continuar con esto, para que no se pierda la dinastía”.

Su máquina data de unos 84 años, según sus cálculos. Compuesta por una llanta de bicicleta y pedales que sirven para mover sus piedras de afilar, Francisco asegura que su estructura original es la misma que utilizó su padre y algunos de sus tíos. “Mi padre era el legendario José Carmelo León Torres, el mero chinguetas para este oficio”, señala con evidente satisfacción.

Su trajín consiste en caminar, aguantar el sol o la lluvia, recorrer calles difíciles, con subidas o bajadas, según su propia descripción. ¿Vale la pena ese esfuerzo, don Francisco?, preguntamos. “¡Me gusta el trabajo, me encanta!”, responde con entusiasmo. Se baja del asiento de su máquina afiladora y nos dice con seria actitud: “Lo que más me gusta es que el trabajo me quede bien, así me lo inculcó mi papá. Y también me enseñó a no ser abusivo, a cobrar lo justo”. Pero, sobre todo, insiste, “a hacer bien las cosas”.

Sin dejar su tarea de afilador, Francisco recuerda que en algún tiempo se dedicó a la hojalatería y pintura, y ahí, en un taller de un conocido, tratando con muchos taxistas, nos dice, fue que aprendió a ser justo con el cobro. “Ellos querían que uno casi les regalara el trabajo, y luego para cobrar las dejadas se pasaban de abusivos”.

Actualmente vive en la colonia Eduardo Ruiz, aunque va y viene a otra casa en la colonia del Panteón. Con dos mujeres distintas, repartidos tuvo diecisiete hijos e hijas, y “¡con las dos hice gemelos!”, dice sin disimulo y más bien divertido.

Y remata, ya serio: “De aquí saco todo, puesto que aun sigo vivito y coleando”.

El silbido de su máquina afiladora de Francisco León ha recorrido buena parte de las colonias de Morelia y, según recuerda, ha ido más lejos, hacia otras regiones de Zitácuaro, Zamora, Capula y Tarímbaro. Aquí y allá, señala, tiene mucha clientela, la que le pide afilar cuchillos, tijeras, aspas, machetes y tranchetes.

“La gente me conoce, sigue necesitando que le haga trabajos. Trabajo sin considerar algún día fijo para descansar. Los sábados y domingos es cuando la gente está más en su casa. Además, le trabajo a estéticas, peluquerías, sanatorios, a muchos otros negocios. Voy rotando mis rutas y así me la voy llevando”.

Hacemos una última pregunta: ¿por qué le gusta tanto su trabajo?

Francisco León Chávez no lo piensa demasiado y, voz firme, responde: “Es un trabajo muy limpio, me encanta hacer lo que hago, y hago lo posible para que me quede bien. Por eso me gusta”. Guarda silencio y se cuelga entonces de una gran sonrisa.