«Presencia de naufragio»: Todo lo que necesitas es hablar con alguien

3 de enero de 2020

La poesía de Gaspar Aguilera Díaz ha navegado siempre entre el erotismo y la pérdida, no porque se lo haya propuesto de forma consciente, sino porque las musas a las que se enfrenta lo han conducido, sin piedad, a ese destino

Hace unos meses acompañé al poeta Gaspar Aguilera Díaz a presentar su último libro Presencia de naufragio (Silla Vacía Editorial, 2019) en Morelia y en Pátzcuaro. En la primera presentación participé con el poeta Marco Antonio Regalado y el editor del libro Miguel Ángel García, en la segunda intervino Abdías Martínez. Con Marco Antonio bromeamos antes de la presentación de que todavía se hicieran presentaciones de libros de poesía. Ese anacronismo del siglo XX parece no tener cabida ya entre las urgencias de las gentes, sobre todo de los más jóvenes, para quienes no parece haber más vida real que la de las redes sociales. Ir a escuchar a un poeta leer sus poemas es cada vez más una rareza. Y qué bueno, porque la poesía siempre ha sido una rareza, aunque la hayan tocado poetas que parecen continentes como Walt Whitman, Víctor Hugo o Pablo Neruda.

Gaspar Aguilera es considerado por muchos como el poeta vivo más importante de Michoacán. Es un verdadero referente literario en el estado que ha nutrido a varias generaciones de escritores con sus talleres de iniciación literaria y sus libros. Y es un hombre que contra viento y marea ha sabido mantener una inexorable esperanza en la palabra y la poesía, sabedor que es por ellas que habitamos el mundo (Heidegger dixit)

La poesía de Gaspar Aguilera Díaz ha navegado siempre entre el erotismo y la pérdida, no porque se lo haya propuesto de forma consciente, sino porque las musas a las que se enfrenta lo han conducido, sin piedad, a ese destino. Desde Pirénico y Zona de derrumbe, sus primeros libros en los años setentas y ochentas del siglo pasado, ya se anunciaba ese espíritu en su escritura. Incluso sus prosas, que en buena parte son poéticas, no escapan a esas vibraciones. Y todos sus libros posteriores, de una u otra forma, no parecen evadir esa especie de azar y ventura. Siempre se escribe el mismo poema, con variaciones infinitas. Si no me cree quien lea estas líneas, aborde al acaso algo de Los ritos del obseso o de Tu piel vuelve a mi boca y me comenta si no encontró ahí las mismas geografías de pasión, sensualidad, quebranto y extravío. Y no es que las exploraciones poéticas del autor de Los últimos poemas de Dante sean monotemáticas o aburridas, sino que son su manera genuina de acceder a la suprema complejidad de las cosas sencillas y, al mismo tiempo aunque suene paradójico, a la sencillez serena de aquellos elementos que parecen complejos, y que nutren su poesía.

Toda la poesía de Gaspar Aguilera es un poema largo, extendido en todos sus libros. Poe solía decir que “un poema largo no existe. Un poema largo es una simple sucesión de poemas breves”. Con los poemas breves de Presencia de naufragio, el nuevo libro de Gaspar,llegamos a la cúspide del poema largo que el poeta ha tramado e imaginado toda su vida. Voluptuosidad, viaje, asombro, deterioro, son los temas recurrentes. Desde los poemas de viaje de Zona de derrumbe y Diario de Praga, y los poemas de amor y desamor de Los Ritos del obseso y Tu piel vuelve a mi boca, libros ya mencionados, todo vuelve a ser de otra manera en estos nuevos poemas, juguetonamente duros, descarnados y descreídos, que ahora se anuncian en Presencia del naufragio. “El que pierde las palabras tiene los días contados/ el que las ha comprometido ante el mejor postor/ casi está condenado” nos advierte el autor en los primeros versos del libro. Y de pronto, uno como lector puede detenerse y verificar cuántos de los que se dicen o se creen poetas en la actualidad tienen los días contados, porque extraviaron las palabras; cuántos perdieron la expresión y el lenguaje por exhibir sus veleidades en redes sociales y muros de olvido. Redactan una línea que confunden con poesía, y corren a colgarla en Facebook para que otros incautos adeptos de su burbuja les den likes de complacencia y facilismo. Nunca antes en la historia de la cultura había habido una forma más efectiva de abaratar la poesía, de hacerla intrascendente y prescindible. Por eso, el que ha comprometido las palabras ante el mejor postor “casi está condenado”. En alguna parte de Naufragio y Agosto salta esta línea poderosa: “Ni siquiera en esa frivolidad contemporánea que es el Facebook, pude hallar cómplices en esta hora aciaga”.

Presencia del naufragio presenta nuevos poemas breves, recogidos en dos secciones, “Circo Romano” y “El náufrago y agosto”, todos escritos en los últimos años. La última sección “Escalera al cielo en La Habana” contiene prosas poéticas de años dispersos, que reposaron probablemente largo tiempo en los papeles viejos de algún archivo perdido. Leyendo los poemas breves de este libro uno puede entender cómo la soledad le ha ocurrido al poeta, así como si nada, lenta pero eficazmente; cómo el abandono lo ronda, lo asfixia, le oprime en lo íntimo toda la geografía del cuerpo: “qué maravilla/ conocerla íntimamente (a la soledad)/ y tocar a fondo sus partes/ más húmedas y más recónditas…”. Pero la sensualidad y la ironía, tan caras a Gaspar, no logran escapar ni en el naufragio ni en el dolor de sus versos de desamor: “y en el colmo del delirio/ escucharé tu aliento agitadísimo/ pronunciando con avidez otro nombre”. El erotismo sinuoso de Tu piel vuelve a mi boca se convierte aquí en fino tejido de lo que aún queda en el fulgor de los sueños y el quebranto del tacto: “Cuando en los sueños/ Me encuentro con tus labios/ Son un bálsamo contra los males del mundo”.

En este nuevo libro Gaspar Aguilera desarrolla toda una poética, casi descarnada, del naufragio. Él ya ha recorrido un gran trecho en sus quehaceres de creación, en su convivencia con la palabra y su propia voz, sin nunca traicionar lo que cultiva su espíritu, situación que le da toda la fortaleza y todo el derecho para decir sin rodeos, por fin, todo lo que quiere, lo que imagina y piensa, de manera a veces dura e implacable, pero siempre con versos solventes de entrañable poesía. Eso es lo importante en un poeta: investigar con poesía no solo el amor, el desamor y el sentimiento, sino también escudriñar el vacío, la caída, el atroz abatimiento. ¡Uf!, para el Gaspar de este libro, el naufragio está construido de duras certezas que conducen, tal vez, a una suerte de tenue tristeza del pensamiento. Y pensar que de lo único que uno precisa, es conversar con alguien: “Cuando todo lo que necesitas urgente e inevitablemente, es hablar con alguien, contarle los detalles de este desasosiego, de este feroz desaliento, este pesar por todo lo que vergonzantemente nos rodea y oprime”.

El halo del final se difumina cada vez más, se quiebra sin remedio con cada respiración, con cada aliento: «se siente más lejana e inalcanzable la orilla…». Estos poemas de náufrago son vislumbres de la memoria amorosa, del beso salobre que la humedece, del simple hecho de dialogar «sobre nuestro maravilloso y fatal destino». Solo hablar, balbucir y luego el olvido… nada más: “De nuevo, la muerte nos enseña sus huellas inefables. Su guadaña pestilente trasiega demasiado cerca de nosotros. A cada respiración, a cada aliento, se siente más lejana e inalcanzable la orilla… Qué maravilla no haber creído nunca en paraíso alguno”.

Ante la presencia del naufragio el poeta imagina sus funerales y exige se escuche el saxofón prodigioso de la segunda y tercera parte de “El lado oscuro de la luna” de Pink Floyd… y bastará con que un amigo, o una amada lo recuerde brevemente en la fugaz llama de su corazón: “Que mientras ocurra la ceremonia y los trámites lentos de la cremación de mi cuerpo, se escuche la música que define y retrata nuestra época, que condensa los constantes altibajos y contrastes de nuestro espíritu, El lado oscuro de la luna…

El autor de este libro es un hombre cabal, es decir un rebelde, que ha logrado construir una lenta y minuciosa obra poética. Es un náufrago de casi todo, que ha ido por ahí, por el mundo, con los ojos bien abiertos en la “barca entrañable del adiós”. Y en ese recorrido impar ha descubierto que la patria no es ésta donde vivimos, no es este lugar en sí, sino todos los lugares donde hemos podido amar, convalecer, sufrir y, sobre todo ser, crear, escribir.