Regular los centros de rehabilitación

27 de enero de 2020

La mayoría de los albergues que operan en el estado lo hacen al filo de la ley. Actualmente en el Congreso del Estado hay una iniciativa que busca revertir la situación. El primer punto debe ser que a los adictos se les trate como enfermos y no como delincuentes

De manera recurrente, se suele decir que lo centros de rehabilitación que operan en la entidad lo hacen cumpliendo los requisitos mínimos que marca la ley. Lo anterior provoca que estos albergues no cuenten con los estándares indicados tanto en lo que se refiere a los cuidados médicos y psicológicos como a los de seguridad. De hecho, se trata de centros que, hace tiempo, fueron vinculados de alguna manera con el crimen organizado. En general, la atención médica y psicológica es inexistente. A los internos se les da un trato brutal para limpiarlos de sus adicciones y carecen de una supervisión adecuada por parte de las autoridades.

No obstante, pese a los señalamientos recurrentes, las cosas no cambian y los albergues continúan operando al filo de la ley.

Esta situación tiene que ver, en parte, con la poca consideración que se tiene hacia las personas adictas, a las que más que considerárseles enfermos se les considera delincuentes. Se asume de entrada que forman parte de grupos de marginados y, por lo tanto, que no vale la pena brindarles la mínima atención. Es por ello que se deja que estos centros funcionen casi de manera privada y que se conviertan en excelentes negocios en los que cabe de todo, lo mismo humillar a los adictos que sacarles el dinero a sus familiares. Igualmente, son caldo de cultivo para los grupos criminales, que extraen de ahí a la gente que utilizan en sus operativos delincuenciales.

Actualmente hay una iniciativa de ley que busca revertir esta situación. El Congreso del Estado, en este caso, pero también el gobierno michoacano, deben tomarse con seriedad las cosas. A los adictos hay que tratarlos como enfermos y no como delincuentes. Si se trata de restituir el tejido social roto por la incidencia del crimen organizado, como le gusta decir a las autoridades, se debe empezar por el eslabón más débil, el de esos seres indefensos atrapados por sus adicciones, de las que son víctimas y no verdugos.