Enero

4 de febrero de 2020

Para el autor, enero es orfandad y dolor, por lo que toca a la muerte de los abuelos que provoca desamparo. Dice Salvador Munguía: "Desde que mi abuelo entró al hospital y hasta el día de su muerte siento hundido el pecho y un dolor leve, permanente"

Era enero y estábamos tristes.
Yo lo sabía sin saberlo, así, sin más: tristeza fría.

Rafael Pérez Gay

A la memoria de mi abuelo

Enero es sinónimo de muerte.

Enero se ha llevado a mis abuelos. Y también a Leonard Cohen.

Enero genera miedo.

Miedo a morir tullido, ciego, marchito. Miedo de morir como mi abuelo, postrado a una cama, conectado a mangueritas, echándose a perder. El miedo, una sana reacción de cualquier ser vivo ante el peligro; miedo de quien hereda genes azucarados.

Enero también produce esperanza.

Esperanza de morir como la abuela, como una canción de Los Ramones: rápido, simple, en menos de tres minutos.

Enero causa insomnio y paranoia.

Se duerme poco y mal.

Despertando agitado y con sed, mucha sed. En sueños, manchas borrosas me persiguen. Para conciliarlo nuevamente, las manos de mi abuela sirven de alivio: generan paz y consuelo, las imagino.

Enero es orfandad y dolor.

La muerte de los abuelos es desamparo. Desde que mi abuelo entró al hospital y hasta el día de su muerte siento hundido el pecho y un dolor leve, permanente. ¿Qué hay después de los ochenta años, además de enfermedad y recuerdos?

Enero causa temor.

O ansiedad, es eso, me lo dijo ayer una psicóloga de rostro afilado y cuyos pechos eran firmes y brillantes. Mentira: soy un pusilánime.

Enero son recuerdos difusos.

Y prefiero no pensar en nada, sólo aplastarme en una plaza y aspirar aire fresco. Pero las plazas huelen a sobaco y las palomas son molestas como las moscas de establo. No todas las plazas. Mantengo agradables recuerdos de una: la plaza de la Soterraña. Ubicada entre Guerrero, Quintana Roo y la calle donde vivieron mis abuelos, Rayón. Ahí, rodeado de eucaliptos, sauces, jacarandas, camelinas, rosales, bancas de cantera y putas, mi abuelo me enseñó a andar en bici, a ser libre, feliz.

La Soterraña fue nuestro patio de juegos de mi hermano y amigos de la infancia. Aprendimos a trepar árboles mejor que un mandril, jugábamos a las escondidas, chinche al agua, y aprovechamos la fuente para lavar el Ford LTD del abuelo. También aprendimos a andar con cuidado, a usar los puños, merodeaban padrotillos de poca monta, hombres solitarios y pervertidos. Aprendimos a ser vagos.

Enero es vodka con mineral.

Y en donde mejor las sirven es en el Museo Taurino. Una cantina que le rinde tributo a la fiesta brava, decorada con carteles, fotografías de elegantes toreros, partes disecadas de toros (cabezas, rabos y cuernos). Una sombra merodea la cantina, creo que es Ernest Hemingway.

Asisto por una razón: es aburrida y silenciosa, cuyo dueño prohíbe la entrada a norteños, putas y pordioseros. Sin las tostadas de chicharrón prensado, médula y queso de puerco, seguro nadie pondría un pie.

Vodka y mineral produce que la sangre circule con calma y el cuerpo adquiera calor. A pesar de que en la calle las sirenas de un convoy de policías rompen con el silencio, pronto vuelve la serenidad, los murmullos, un silencio que no es incómodo, al contrario, es acogedor. Las cantinas son refugios seguros.

Un mesero trae el segundo vodka. Observo a los hombres a mí alrededor. Somos tan predecibles, que podría apostar mi dedo índice si no están pensando en amores del pasado, en los amigos que se van, en la ingratitud de los hijos, en un pasado mejor que no volverá, en abandonar la vida conyugal. Antes hacía lo mismo, pensar en mujeres, además de placer, era una obsesión, no por las mujeres, sino por lo que hay en ellas, las diferencias que distinguen a una de otra.

Últimamente pienso en mascotas. Ciertos animales que quise mucho y no dudaron en demostrarme afecto, nobleza y gratitud. Recordar a Ramón, mi perro salchicha, es terapéutico. El perro con la sonrisa más franca que conocí. Si mis amigos me abandonaron aquella noche que se hicieron los putazos en el bar, Ramón no, esa noche, al llegar a casa, fue mi enfermero, mi guardián, un amigo leal, que con su lengua limpió las heridas de una botella rota que estrellaron contra mi cabeza. Hoy Ramón está a un costado de las piernas de mi abuela, lo vi en sueños. No tengo interés en contarles de mis gatos, pero Lalo y Vago han llenado de felicidad a mis hijos, y eso me basta para también quererlos. “Los animales son mis prójimos”, dijo Fernando Vallejo.

Enero es poético –pero no tanto–.

Ordeno el cuarto vodka y también la cuenta. A unos metros de mí, tres jóvenes de aspecto lúgubre han interrumpido la rutina del lugar: “Somos poetas y locos, somos hijos bastardos del infrarrealismo”, grita uno, mientras que el otro comienza a recitar un poema de memoria. “Sálganse a chingar a su madre o no respondo”, amenaza el dueño. Me uno a la iniciativa. El poeta sigue, es necio, como todos los poetas. Los otros dos aprovechan para repartir copias a los comensales. Una botella de cerveza vacía pasa rosando el rostro de uno de los muchachos. Salen de la cantina.

Termino el trago y me acerco a la barra a pagar. El dueño me reconoce. Maldigo el momento. “Este muchacho es sobrino del Inspirado Munguía”. “¿Y ése quién chingaos es?”, pregunta un viejo. “Fue un torero chingón, que si salía inspirado era Jesucristo Súper Estrella, aunque su verdadera inspiración eran las malas mujeres”. La historia de los Munguía, pienso, pero no digo nada.

Está anocheciendo. El frío es intenso, abrumador, el tormento de las rodillas.

Camino al auto. Las calles están vacías. Dos hombrecillos, arriba de una moto, se acercan; el miedo, en Uruapan, no anda en burro, anda en Italikas. Los hombrecillos pasan a mi costado y siguen su camino. Enciendo el coche. Bajo las ventanas para que el frío permanezca. Acelero. Las sienes me cimbran.

Prendo el estéreo. “Le pregunté a Hank Williams: ¿qué tan solitario es este lugar? Hank Williams no me ha respondido aún. Pero lo escucho tosiendo toda la noche”,susurra Leonard Cohen en Torre de la Canción. Exhalo aliviado. Recordé las palabras de mi amigo David Cano, “la música ofrece un sentido constante de esperanza, serenidad, alegría… un bálsamo”. Cuánta razón.