«Los miserables»: la escalada de una violencia contenida

15 de febrero de 2020

Con la tensión social que muestran los distintos grupos raciales organizados por el control de un barrio periférico en París, «Los miserables» (2019), de Ladj Ly, retrata fielmente un día de furia

De inicio, un spoiler necesario: en una escena caótica, el policía Stéphane enfrenta a un niño incendiario con una mirada horrorizada, catártica, desesperada, a la espera del horrible detonante que pueda cambiar su vida en ese instante preciso. No sabemos lo que pasa después. Este final de la película deja al espectador en un hilo de expectación y tristeza. Empiezo con el final, a riesgo de desvelar el sentido de la película. Un final abierto, tremebundo, que nos deja con alma en un hilo que bien vale la entrada al cine.

La trama: el agente Stéphane Ruiz acaba de unirse a la Brigada de Lucha contra la Delincuencia de Montfermeil, un suburbio al este de París –las llamadas ‘banlieue’, esos lugares fuera de cualquier tipo de justicia–, y allí conoce a sus nuevos compañeros, Chris y Gwada, dos agentes muy duchos en el conocimiento del barrio y con quienes se ve obligado a trabajar a pesar de sus devaneos morales.

Con la tensión social que muestran los distintos grupos raciales organizados por el control del barrio parisino, Los miserables (2019), de Ladj Ly, retrata fielmente un día de furia en ese barrio periférico de París, donde conviven grupos de inmigrantes en cuyos espacios se delimitan sus respectivos cotos de poder. En medio de todos ellos, la unidad policiaca recorre las calles con una predisposición a repeler cualquier amago de confrontación o supuestos actos de corrupción.

Pese al lento inicio en la que los tres policías se conocen y salen a dar su primer recorrido, la historia se catapulta pronto y se va delineando a partir de que la mirada de Stéphane nos da cuenta de las formas tan peculiares que tienen sus compañeros de dirimir cualquier asunto delictivo en la conflictiva zona a su cuidado. Sus procedimientos no se ajustan claramente a la idea que Stéphane tiene de su autoridad policiaca; sin embargo se ve obligado a callar y actuar en consecuencia.

El robo inusitado de un cachorro de león viene a trastocar toda la historia de una manera frenética y despiadada. Oh, un spoiler de nuevo. A partir de este hecho se suscita una serie de acontecimientos que muestra la red de contubernios y deslealtades en la que incurren los policías –de pronto, obligados por las circunstancias– al intentar cubrir un error de procedimiento a la hora de detener al presunto autor del robo del animal: un niño que se resiste a la detención y, conjugado con que la procaz detención, la desacertada acción es grabada por una cámara de un dron por otro niño del barrio. Entonces se desata una espiral de violencia que es filmada con pulcritud y credibilidad que no da tregua hasta el final abierto mencionado en el primer párrafo (spoiler, lo sé).

El asunto es que el director sabe su cuento. Nació y vivió en ese barrio periférico lo suficiente para saber lo que está narrando. Todo es creíble, puntual, desgarrador. Sobre todo en cuanto a mostrar la virulencia y desesperada intención con que un cuantioso grupo de infantes de inmigrantes se hace notar como una masa decidida a todo: actúan, se organizan, atacan, se hacen sentir con palpable odio, como cuando las expectativas están en cero y no hay bien que por mal no venga.

La última parte de la película es avasalladora. Todo es nebuloso, duro, insensible. Aun cuando buscan a todas luces remediar el problema a costa de negociar con los grupos que de pronto se ven inmiscuidos de un modo u otro, los policías a final de cuentas se ven inmersos en esa vorágine de estulticia y horror.

La tensión fílmica corre por cuenta de la habilidad del director para sobrellevar esta historia en la que el escritor Víctor Hugo (por la alusión al título) aporta más que la referencia sobre el sitio en el que escribió su novela famosa; es la frase con la que se delinea el telón de fondo de la cinta: “No hay malas hierbas ni hombres malos, solo malos cultivadores”.

Eléctrica y furibunda, Los miserables se nos muestra incómoda y auténtica, un portento de narrativa para una historia real y actual, que bien pudiera suceder en cualquier parte del mundo donde haya una injusticia que perseguir por odios raciales. Una película ardiente, necesaria para entender el cúmulo de contradicciones que el mundo nos depara en su desigualdad social, tan complejo como esta muestra de cine que Ladj Ly nos regala con tanto nervio y verdad.