La gran marejada morada

10 de marzo de 2020

Con estos apuntes, el autor considera difícil saber ahora mismo si las jornadas del #8M y #9M provocaron una conmoción real, fructífera, entre las mujeres y hombres de nuestra localidad. Acaso, con los hechos vividos, queda la voluntad de seguir pensando y repensando las razones y las causas de las mujeres y no dejar que cese la indignación y la rabia por la violencia, la impunidad y la injusticia

Fotos: Wendy Rufino / Tribuna Digital Online

El día amaneció lindo el lunes 9 de marzo. El cielo se mostraba despejado y el vaivén de la ciudad parecía de momento el mismo que otros días. Apenas terminábamos de aquilatar la fiebre colectiva de la marcha feminista del domingo, cuando al asomarse más allá de la ventana algo hacía sospechar que no era un día como los demás. Se escuchaban con demasiada claridad los trinos de los pájaros y a lo lejos se percibía el natural ruido de la ciudad un lunes por la mañana. Con el recorrido en automóvil por las primeras calles se hacía evidente una atmósfera diferente: un tráfico ligero, muchos transeúntes masculinos y muy pocas mujeres en las calles. Un clima a todas luces extraño para configurar el paro nacional de mujeres.

El domingo, en cambio, hubo en la ciudad una efervescencia poco común. Una marejada de tonos morados y verdes se dejó ver por doquier, tanto en el ámbito citadino como en los espacios virtuales. Las fotos y videos de la marcha se dejaron ver profusamente en Facebook y Twitter, particularmente; una galería de profusas imágenes y proclamas con las que muchas mujeres compartían su sentir sobre la marcha del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres. En tal contexto y al amparo de una frase recogida en las redes, atribuida al filósofo Eugenio Trías, sobre la definición de felicidad: “Permanecer solo, arropado y en casa, rodeado de aparatos”, este redactor optó por seguir las incidencias de la gran marcha del domingo a través de la cómoda levedad de las redes sociales.

Pasadas las dos de la tarde del domingo, el reflejo del entusiasmo de las mujeres en redes era exuberante y atronador, fascinante de muchas maneras: se hablaba de una emoción nueva, de salir a marchar con fuerza y mucha conciencia; con la enunciación de sus demandas en frases rotundas, crudas y certeras, muchas mujeres hacían palpable el hartazgo ante la violencia, la impunidad y la injusticia que se vive actualmente en el país.

Cada mensaje era vibrante, conmovedor; cada consigna era la voz del azoro y la rabia, cuyas palabras tenían el peso y el tino suficientes para ser escuchadas con atención. En las mantas, carteles, pañuelos y en la propia forma de vestir de cada mujer se asomaba una intención irreverente y creativa, claramente provocadora para hacer notar su descontento. Ya fuera en cuerpo presente o a través de las redes virtuales, cada una de las almas involucradas nos convertíamos de facto en testigos afortunados del nacimiento de una primavera feminista, y a punto de iniciar el evento masivo ya era patente el imperativo de participar de un modo u otro en la marcha y gritar –puños en alto y corazón estremecido– para hacerse oír en medio del tumulto femenino pleno de exaltación y sororidad.

Así caminaron –rebeldes y locas– niñas, adolescentes, adultas y mayores, con gestos serios y elocuentes, con pasos fuertes, algunas ensimismadas en su propia experiencia, otras tomadas de la mano, pero todas abrazadas por la misma emoción de ser partícipes de un hecho histórico y transformador. Más de seis mil participantes, según el cálculo del comité organizador.

De la histeria a la historia, decían.

Pasada la furiosa muestra de colectividad feminista, ya entrada la noche en las redes algunas fotos de perfil se llenaron con mensajes como “Si no estoy es por las que ya no están”, “#UnDíaSinMujeres”, “#NoEstoy” “este perfil está en paro”, “#UnDíaSinNosotras”, “Born to be wild, not murderer” o sólo espacios en negro o morado, ningunos con la foto de la mujer. A la medianoche el mundo virtual mexicano empezó a callar porque muchas mujeres empezaron a desaparecer aunque, seguramente, en sus casas, con su gente, en su fuero interno seguían presas del arrebato liberador de su causa convertida en acción como nunca antes se había visto.

Y el día sin mujeres llegó

Como escribí al principio, el lunes amaneció lindo y con el cielo despejado. De algún modo se sentía un ambiente placentero. Con las redes sociales enmudecidas de muchísimas voces femeninas, las calles de Morelia se convirtieron acaso en un mapa con señales ambiguas en cuanto al registro de la presencia humana. Perplejos y silenciosos, muchos varones escudriñamos en las esquinas en un intento de aprehender el estado de cosas. Por momentos realmente se notaba el escaso número de mujeres transitando en la ciudad, ocupando sus puestos habituales en sus espacios de trabajo.

Muchas, muchísimas, quizá, decidieron parar, hacerse notar con su ausencia. Cierto es que otras mujeres que son el sustento de familia no se sumaron al paro, ni tampoco las que su precaria situación laboral no se los permitió, ni las que no tuvieron el permiso laboral o, simplemente, hubo mujeres que no pararon porque no estuvieron de acuerdo. Mientras, entre ese barullo seco e inquietante, entre las noticias del día se colaba, con un estremecimiento particular, el asesinato de Nadia Rodríguez Saro Martínez, estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana, en Salamanca, Guanajuato, cuando regresaba a su casa tras dejar a una amiga con la que acudió a una fiesta.

Y más allá de este mundo, la información hablaba también del colapso de mercados internacionales a causa del petróleo, de un zafarrancho entre huestes sindicales con resultados trágicos, de los monumentos pintados, de una Italia entera puesta en cuarentena por un virus que desata histerias apocalípticas. Algunos acudimos a cumplir nuestra tarea burocrática para notar la ausencia de las compañeras de trabajo. Mucho silencio y extrañeza, y también una especie de ¿reflexión? colectiva entre los varones asistentes, más bien rayando en la indiferencia y la pereza.

Pero, ¿fue perceptible para muchos el silencio atronador este lunes en muchas oficinas públicas de esta ciudad? ¿Sentimos sus habitantes una especie de aletargamiento en nuestro devenir cotidiano, acaso solo concientizando el hecho de que muchas mujeres habían desaparecido de la escena pública para hacer notar su presencia colectiva? ¿Fue notoria la “energía a otro ritmo”, como dijo mi amiga Chío, quien sí se apareció por Facebook durante la mañana?

Alejandro Delgado aseguraba que no era patente la ausencia de mujeres en la calle. “Frente a mi casa unas muchachas esperan la combi, la señora de la tiendita ya abrió, dos consultorios están abiertos con sus secretarias tras el escritorio”, escribió sobre el asunto. Por su parte, Roberto Tapia señalaba que todo se veía normal: “Las mujeres de mi entorno trabajaron. La doctora, la de la tienda, la del pollo, las de la papelería, la chica del Oxxo”.

Para Sergio J. Monreal sí fue muy alto el impacto en el sector universitario de nivel superior y medio superior. “Desde la mañana temprano era bastante palpable la ausencia presente en las calles, en el transporte público, a la entrada de las escuelas”. Sin embargo, en el resto de los contextos, agregaba Sergio, “al menos por las zonas céntricas de Morelia por donde a mí me toca circular, la huella del paro va de lo mínimo a lo inexistente”. En tanto, Javier López-Osorio consideraba que el efecto se notaba “a medias… pero se ve un esfuerzo por detonar conciencia sobre el papel de la mujer en el país”.

Con el cúmulo de sensaciones en el aire la tarde del lunes de pronto se puso plomiza y con cierto aire melancólico. La vaguedad cotidiana se impuso. Los minutos se escurrían en la ciudad con el mismo aletargamiento que por la mañana. En una tienda a abarrotes, la dependienta y una mujer intercambiaban opiniones sobre el día. “Si de por si la clientela está mal”, dijo la mujer, propietaria de un gimnasio de baile. “Imagínate cómo me fue hoy: el mío es un negocio de mujeres para mujeres…”.

Y así, mientras las reflexiones fluían con las más diversas opiniones, poco a poco las sombras se apoderaron de las calles y las casas empezaron a iluminar sus puertas y ventanas.

Al finalizar el día resultaba difícil sacar una conclusión de los acontecimientos vividos. Difícil saber ahora mismo si las jornadas del #8M y #9M provocaron una conmoción real, fructífera, entre las mujeres y hombres de nuestro ámbito social. Con los hechos queda la voluntad de pensar y repensar las razones y las causas de las mujeres que no se movieron este lunes y también de las que –aun en fechas tan convulsas como la de ahora– no lo hicieron, pero a su manera se siguen moviendo contra viento y marea. Cuestión de seguir observando y apreciar cualquier esfuerzo de cambio en los tiempos venideros; y, sobre todo, dejar que la rabia se consolide mientras siga ardiendo la consigna de que a las mujeres se las quiere vivas, siempre vivas.