Vislumbre del final

16 de marzo de 2020

Compartimos el siguiente fragmento de la novela en construcción «Todo pasó», del escritor, poeta, geólogo y traductor Jorge Bustamante, especial para «Tribuna Digital Online»

Foto: Vista del trayecto Moscú a Beijing en el tren Trans-siberiano

Hoy al despertar Nicolás Azul se sintió hermosamente viejo. Es domingo primero de abril de 2035, día de su cumpleaños. Una luz joven cae oblicua por la ventana, ni una sola nube mancha el cielo, el sol danza detrás de los cristales. Se levanta y en el lavabo se mira al espejo. Ha mirado ese rostro durante más de ocho décadas, un rostro que se modifica cada vez que lo mira, más de veintinueve mil mañanas lo ha mirado y todavía no sabe quién es ese tipo, siempre hay algo que cambia en él, tal vez la forma de mirar, el ritmo del pestañeo, el tic del párpado derecho que paulatinamente se ha acentuado, los abultamientos, las manchas oscuras, las verrugas que han ido afeando las últimas chispas de belleza rezagada, ni siquiera los pensamientos son estables, menos la memoria, los recuerdos, esas frágiles burbujas del alma creadas para desvanecerse.

Desde la ventana contempla el bulevar y el río a su lado correr en la claridad del día, un día todavía fresco a pesar del sol, porque la primavera apenas inicia en el país que habita. Cada vez que mira por esa ventana se siente un poco aliviado de los difusos dolores que acechan todo su cuerpo, a veces casi imperceptibles, a veces muy intensos. Los padece desde hace años, ha intentado todo tipo de tratamientos, desde los genómicos más recientes y los alópatas más recalcitrantes hasta los alternativos e incluso los que ofrecen como mágicos, pero nada parece mejorar la situación, cree que los médicos no entienden absolutamente nada de su dolencia y nadie puede ayudarlo. Sólo ha encontrado unas cápsulas de sueñozepan, hechas de raíces y plantas que en las noches lo conducen a caer, sin el menor remordimiento y con el mayor placer, en un sueño denso y prolongado. Pero eso es para las noches. En las mañanas distrae los desconsuelos de su cuerpo al mirar por la ventana o, aunque parezca raro, cuando sale a caminar: camina y mira, camina y piensa, piensa y recuerda, recuerda y mira, no deja de mirar y por ratos se olvida de su cuerpo.

Ahora que vive solo mira hacia atrás y todo ha pasado, sabe que no puede cambiar nada porque ya todo ha cambiado y no le queda futuro. Hace tiempo cree haber entendido que el pasado no es una zona muerta, sino bulliciosa y abierta, sujeta a modificaciones, que sigue marcando su vida. Es una especie de sobreviviente, a sus amigos, a los seres que realmente quiso en algún momento de su ya larga vida, los ha visto caer uno por uno, cerca o lejos, pero siempre se ha enterado, los dardos le han pasado rozando, pero él sigue ahí en el país que habita donde ahora se anuncia la primavera. Los conocidos que ahora tiene, los pocos amigos, son todos jóvenes, algunos incluso cuidan de él, lo acompañan, lo llevan al médico, ven juntos las transmisiones en directo de óperas y conciertos por internet en una gran pantalla plana y casi transparente en el centro de la sala. A algunos de esos jóvenes todavía les gusta leer libros en papel y como Nicolás Azul conserva aún una pequeña biblioteca, le piden prestado sobre todo novelas que ahora suenan raras, pero que en su tiempo, hace unos treinta años, cuando empezaba el siglo, eran acontecimiento. A veces cuando está solo deja la Internet y se pone a hojear los estantes de libros viejos, le gusta avivar recuerdos a través de ellos cuando encuentra anotaciones al margen con puño y letra de sus amigos Miguel Triestes, el Santos, Eddy, e incluso del Pirata que todo lo entendía al revés, que según recuerda era un tipo que leía poco.

De Eddy conservó un voluminoso texto, una especie de mezcla de recuerdos, ensayos, crónica, novela y autoficción que su amigo intentó escribir hace como veinte años, por allá entre el 2014 y el 2015. Allí Eddy narraba de su niñez, adolescencia y juventud, todo lo que recordaba o lo que inventaba a través del recuerdo de su vida en los distintos países donde había vivido, lugar especial ocupaba el sur de Francia donde parece vivió sus últimos años. Nicolás Azul conservaba ese volumen engargolado, con tapas de plástico azul, tal como se lo dejó a guardar su amigo hace ya casi veinte años. De vez en cuando lo abría, lo hojeaba, se ponía a leer fragmentos donde él mismo aparecía como supuesto personaje al lado de Miguel el Chileno, Marika Kikas, el Santos, el flaco Speaker, Álvaro Lewis Carroll, Natasha T, Miguel Triestes, el Pirata que todo lo entendía al revés, y tantos y tantos otros que desfilaban entre atónitos y sorprendidos, en aparente caos, a lo largo de esos apuntes que se ramaleaban sin cesar en permanentes digresiones, saltos atrás y adelante, recuerdos ciertos e imposibles, atisbos de sospechados futuros, todo lo cual junto daba la sensación permanente del presente que vamos siendo todos a cada nuevo instante. Nicolás Azul releía y cada vez agregaba en su imaginación nuevos detalles, quitaba o incorporaba situaciones o personajes que creía Eddy había pasado por alto, tal vez por distracción o por pena o por necedad o simple olvido, lo que no dejaba de ser oneroso en alguien que intentaba escudriñar todos los resquicios tanto de la evocación reinventada como de los extravíos del tiempo.

Foto: Wolfgang Jung/Getty Images)

Con el paso de los años había perdido poco a poco el contacto con sus amigos a pesar de que con algunos mantuvo un largo periodo de encuentros por skype 3 de alta definición que los hacía sentir como si estuvieran departiendo como muchos años antes, cuando pasaban días enteros bebiendo y descuerando sin compasión de todo y de todos. Después los contactos se hicieron cada vez más espaciados y de pronto prácticamente desaparecieron. Pero hoy al despertar, en este domingo primero de abril de 2035 día de su cumpleaños, se sintió hermosamente viejo y pensó en sus amigos, los que habían muerto y los que intuía que seguían en la vida. Recordó que Marika Kikas le había escrito hace medio año dándole noticias de Miguel el Chileno y cayó en cuenta que no había visto a ese par de amigos en los últimos cincuenta años, desde 1986, cuando coincidieron en un viaje a Moscú en casa de su vieja amiga Galuvka Galia. Por entonces ya tenían fuertes problemas en su relación y tal vez un año después supo que habían roto definitivamente, él se había marchado a Suecia y ella se quedó en Tallin desde donde siempre se esforzó en mantener los lazos con todos los amigos del Moscú de los setentas, en especial con Nicolás Azul, Eddy y el propio Miguel el Chileno en su exilio sueco. Nicolás recordaba vagamente cómo Eddy conoció a Marika Kikas en Leningrado por allá en el 73 cuando acompañó a Miguel el Chileno, que la había conocido en un bar de Tallin unos meses antes, donde Marika Kikas cantaba en las tardes acompañada de su guitarra. Todavía recordaba con entorpecida nitidez ese viaje a Leningrado de sus dos amigos, el frío espantoso que entonces soportaron, las largas caminatas por la Avenida Nevsky, la locura de Eddy de buscar la nariz del cuento de Gógol y las mofas que le hizo Miguel el Chileno, la abuela de Marika y el sueño aquel en que Eddy vagaba por las infinitas salas del Hermitage tras una chica vestida de lila que se fue desvaneciendo.

 Después de Miguel el Chileno, Marika Kikas se casó con Alfredas Kukaitis, un atractivo joven de Kaunas a quien conocía desde su adolescencia. Alfredas era también guitarrista y cantante aficionado que después se convertiría en compositor profesional. A principios de los noventas participaba en conciertos masivos tocando sus canciones de autor acompañado sólo de su guitarra y una multitud de micrófonos. Hacia el 2015 había sacado ya al público más de cinco discos y era considerado un compositor de culto en amplios sectores de Lituania. Alfredas murió en 2030 y en sus últimos quince años tuvo una fulgurante carrera artística que lo llevó a muchos escenarios de las vecinas Estonia y Letonia, los países bajos y nórdicos como Finlandia, Suecia y Noruega. Sus canciones se hicieron cada vez más populares y, aunque eran en lituano, las gentes de esos otros países las apreciaban por su hondura lírica y fina interpretación. Marika Kikas disfrutaba al máximo cada nueva creación de su marido y les hacía llegar a sus amigos setenteros de Moscú, a los que aún vivían regados por muchos países, todos los nuevos éxitos de Alfredas. Miguel el Chileno, en Upsala, guardaba los discos en un lugar especial de su fonoteca, los escuchaba con cierta frecuencia y se le removía el corazón. Le gustaba, sobre todo, el compacto “mudu du” o “Dos de nosotros” o algo así. Algo parecido le sucedía a Eddy en la villa al sur de Francia y a Nicolás Azul en el país que habitaba tratando de lidiar con sus eternos dolores del cuerpo. La música de Alfredas le ayudaba a veces más que las medicinas genómicas que tomaba. Cuando murió Alfredas todos los amigos que aún quedaban se entristecieron a la distancia, como había sucedido antes cuando partieron para siempre Miguel Triestes, el Santos, Galuvka Galia y el Pirata que todo lo entendía al revés. Natasha T seguía todavía cultivando legumbres en su dacha del sur de Moscú y en algunos atardeceres de verano sacaba los discos de Alfredas y se ponía a escucharlos y se imaginaba a sus amigos lejanos, en especial a Eddy y no podía alejar de su cabeza las figuraciones fragmentadas de sus caminatas juntos y de aquel día de Tsaritzano en que sus cuerpos casi se aterieron en esa caseta de vigilancia donde se amaron sin término mientras la luna caía.