Canarios somos…

2 de junio de 2020

Manuel Noctis nos comparte en esta crónica lo difícil que es pensar que toda la historia de Monarcas Morelia ya no estará “y ya no lo tendremos”, dice, los aficionados al ahora ex equipo de esta ciudad. Por una simple razón: el elemento que forma parte de la construcción y totalidad de una sociedad es algo que va a dejar un hueco que difícilmente se va a volver a regenerar

Foto: Iván Villanueva

Conocí a Miguelito (lo voy a nombrar así, porque malamente no recuerdo su nombre) una tarde noche de futbol en el estadio Caliente, el 10 de noviembre de 2018. Monarcas Morelia venía a Tijuana a jugar de visita contra los Xolos. Como fiel costumbre, me lancé a ver el partido con mi amigo Adán y con mi compita Juan Álvarez, un amigo de Morelia que andaba de visita por acá.

Miguelito, junto con sus papás y hermanitos más pequeños, estaba sentado una fila debajo de donde Adán, Juan y yo nos encontrábamos. Todos ellos ataviados con sus camisetas de Monarcas Morelia. Desde el inicio del partido Miguelito y su familia se metieron de lleno al partido. A sus 14 o 15 años, él ya sabía lo que era sentir la pasión por su equipo y alentaba como si fuera su primer o último partido.

Cayó el primer gol de la noche a cargo de Miguel Sansores y nos unimos en el festejo. Llegó el empate y nos afligimos un poco, pero después vino la ventaja otra vez de Monarcas, con un gol de Sebastián Vegas y recobramos la emoción. Un gol más de Xolos nos vino a apagar un poco las expectativas y la carrilla de Adán se hizo presente. Pero inmediatamente otro gol del tan criticado, pero querido, Sansores nos puso adelante minutos previos a terminar el partido.

Para ese entonces, Miguelito ya estaba bien compenetrado con nosotros en los festejos y cuando el árbitro pitó el final del partido nos fundimos en abrazos como si entre él, nosotros y su familia nos conociéramos de muchos años antes. Eso generaba Monarcas entre su gente sin importar el lugar donde nos encontráramos.

Foto: Manuel Noctis

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No había querido escribir ni expresar nada al respecto de la mudanza y desaparición de nuestro equipo Monarcas Morelia, primero porque no era nada oficial (ya lo es) y porque sabía bien que la pasión me estaba ganando y los sentimientos estaban a flor de piel.

La pasión futbolera, como toda pasión, muchas veces conlleva a lo irracional y no quería caer en ello, tontamente, como si seguir a un equipo de futbol no fuera algo ya descabellado por sí solo. Sobre todo, si tomamos en cuenta que vivimos en una sociedad polarizada en la que un sector piensa que apasionarse por un equipo de futbol atenta contra toda lógica e intelecto humano, cosa por demás insignificante.

El sábado que comenzó a correr el rumor de que Monarcas dejaba Morelia para irse a Mazatlán me cayeron los recuerdos como cascada nebulosa, contrariando mis sentidos. ¿Qué podía decir o pensar en esos momentos con toda la carga de recuerdos y emociones que llegaron de bote pronto? A la vez todo y nada, quizá todo sin sentido y nada con cordura, pero sí todo con amor.

Pero me acordé hoy, que escribo este texto, de Miguelito, sus hermanitos y su familia, de mis papás, de mis hermanos y de mis amigos con quienes alguna vez fui al estadio Morelos. Me acordé de la Locura 81, del Semillas y doña Cholita.

Durante un buen rato me quedé observando una foto que me tomé con Miguelito (sí, yo le pedí que se tomara una foto conmigo), pensando en qué estaría él pensando sobre todo esto que nos está pasando ahora. Imaginé su llanto, imaginé sus lágrimas, imaginé su incomprensión ante la inexplicación de lo que nos está sucediendo y quise rememorar entonces algunos recuerdos.

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Cuando tenía cinco o seis años mi padre me llevó por primera vez al estadio Morelos, en Morelia, junto con sus amigos y los hijos que también eran y son mis amigos. A mí no me gustaba el futbol. Yo me veía basquetbolista y Michael Jordan era mi ídolo por antonomasia. Quiero creer que la memoria no me falla, pero era un partido en el que Morelia, todavía llamado Atlético Morelia, los canarios, recibían al entonces “poderoso” América, ese odioso equipo que nos lo metían hasta en las Zucaritas.

Postrados en la cabina trasera de la camioneta, durante el viaje de mi pueblo, Téjaro, a la ciudad, mis amigos me preguntaron que a quién le iba y yo no supe responder, mis amigos me dijeron que le tenía que ir al Morelia, pero yo no sabía aún por qué y cómo era que se le tenía que apoyar a un equipo.

Dos goles, les clavó el “Fantasma” Figueroa a ese pichurriento América ese domingo al mediodía, horario de tradición en que solía jugar el Morelia. El festejo con la playera cubriendo su rostro me impactó demasiado. Ese día salí del estadio y le pedí a mi padre que me comprara la playera de Marco Antonio, la máxima figura de nuestro equipo. Desde entonces, mi amor y mi pasión por el equipo de la ciudad se gestó sin chistarlo.

Foto: Manuel Noctis

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En 1996 la empresa Tv Azteca compró al Atlético Morelia y se convirtió en Monarcas Morelia; le cambiaron el logo, el himno y al año se fue el “Fantasma” Figueroa al equipo del Celaya. Pese al madrazo emocional que nos dieron, seguimos siendo fieles al equipo, aunque no comprendíamos del todo esos cambios que se había realizado.

En el invierno de 2000, luego de un espectacular repechaje contra Irapuato, unos sensacionales cuartos de final contra Pachuca y una inesperada semifinal contra Santos, nuestro equipo Monarcas Morelia llegaba por primera ocasión a una final contra el poderoso Toluca de José Saturnino Cardozo y compañía.

Para la final de ida no pudimos conseguir boletos para ir al estadio y lo vimos por televisión en cada casa. Para la vuelta, mis hermanas y unos primos nos fuimos a ver el partido al Palacio del Arte. Como aficionados primerizos en una final no sabíamos cómo era eso de manejar los nervios mientras transcurría el partido.

Luego del sufrido empate se llegaron los penales, que aguantamos firmes en nuestras sillas, hasta que se llegó la famosa “muerte súbita”. Cuando vimos que Miguel Hernández sería el cobrador muchos hicimos gestos derroteros por la inexperiencia del propio jugador, pero cuando acertó como los dioses todos supimos que podíamos llegar a la gloria.

Los penales atajados por Ángel David Comizzo y luego la anotación del michoacano Heriberto Ramón Morales nos hicieron explotar en ese recinto. Era el primer campeonato de mi Monarcas Morelia.

Yo no me la creía. Nunca había pasado por una emoción así y no sabía cómo se tenía que celebrar todo eso. Recuerdo que salimos de aquel lugar con destino a casa y en todo el camino había gente con banderas del Morelia, contenta y feliz. En las tienditas (en ese entonces no había Oxxos) la gente aplaudía, quienes íbamos en carro tocábamos el claxon, señoras y señores viejitos estaban fuera de sus casas sentados en sillas ondeando también sus banderas.

Sí, éramos un equipo regional que por primera vez ganaba un campeonato y eso era precisamente lo que más se sentía en esos momentos. Una comunidad pequeña, pero bien unida y enraizada en todo lo que estaba pasando.

Mi hermano Bryan tenía entonces dos años, era un bebito y estaba dormido cuando llegamos a casa. Mi madre estaba feliz. Luego nos fuimos a la fuente de las Tarascas y ahí se armó tremendo festejo que nunca voy a olvidar.

Más de diez años después llevé a mi hermano el más pequeño al estadio. Era su primera vez y lo llevé directamente a la zona donde se instalaba la Locura 81, la barra del equipo, para que sintiera lo que era la pasión extrema de ese nuestro equipo, ahí creamos también una conexión entre ambos, porque la experiencia fue muy fuerte, pero placentera.

Pasaron los años y aunque solía ir con mi hermano Erick y mi amigo Daniel al estadio, siempre cerca de la Locura 81, me llegó un momento en el que me alejé de las gradas y comencé a verlos por tv o internet, porque solían cortar la transmisión local.

Cuando Tv Azteca tomó al equipo nos dijeron que sería un equipo grande e, incluso, quisieron generar un nuevo enfrentamiento que se hiciera clásico entre Morelia y América. Se llegó el campeonato y luego dos finales seguidas que se perdieron con Rubén Omar Romano como director técnico.

En abril de 2002 Monarcas fue declarado como el mejor equipo del mundo luego de su espectacular actuación en la Copa Libertadores y con todo eso nos estaba acostumbrando a creer que seríamos grandes, pero los campeonatos no llegaban y cada vez era más malas las temporadas. Aún así seguíamos al pie.

Foto: Iván Villanueva

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No volví a sentir un arraigo o vínculo tan intenso e importante por el equipo y por mi ciudad hasta que llegué a Tijuana. Primero, siendo parte de aquella temporada en 2017 en la que Monarcas se jugó el descenso, estando al pie en cada uno de los partidos y a punto de un infarto en aquel mítico partido contra Monterrey, en el que Ruidíaz nos devolvió el sueño de seguir en primera división.

Después, cuando me tocó volver a ver a Morelia en una ciudad lejana a la mía, en un estadio ajeno y con una afición que yo no conocía. Era un partido de Copa al que me llevó mi buen amigo Adán. Tenía cierto temor de llegar al estadio con mi camiseta de Morelia, nunca antes había asistido al estadio Caliente, así que me la cubrí con una sudadera.

Cuando llegué al estadio vi que, así como fluían personas con la playera de Xolos, también había cantidades considerables de personas con el jersey de Morelia. Parecía que estaba en casa, sobre todo cuando otros paisanos me reconocieron como uno de ellos al ver mi playera rojiamarilla.

Al final del partido todo fue risas y alegrías entre los que nos reconocimos como canarios. Pro también entre el público de Xolos, quienes supieron reconocer la gran actuación que tuvo esa noche el portero Sebastián Sosa, atajando prácticamente todo lo que le llegó a la puerta.

“Caminos de Michoacán” y “Juan Colorado” tocaban las bandas de viento que suelen estar en ese estadio al final de los partidos. Pese a la distancia, todo eso me hizo sentir como en casa, porque eso, para quienes no entienden la pasión del futbol, es lo que genera un equipo; en el encuentro con tus similares.

Así fue cada vez que regresé al estadio de Xolos cuando Morelia le tocaba jugar de visita. Siempre encontrando a alguien con quien platicaba de Michoacán, de nuestra gente, de nuestras familias y del por qué habíamos migrado de nuestro estado, lo cual hacía todo más especial. Así fue como me encontré con Miguelito y su familia, quien me hizo recordad aquella pasión por este equipo, que había comenzado cuando tenía cinco o seis años de edad.

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La sociedad, como la vida, se conforma de diversos elementos y cada uno de ellos construye un todo. Monarcas Morelia era uno de esos elementos que compaginaba nuestra identidad como michoacanos. No lo era todo, insisto, solo un elemento de tantos, y, por ende, no a todos les tenía que gustar el equipo. Pero no era solo un equipo, era ese elemento que generaba comunidad dentro del estadio Morelos, como fuera y tan lejos de su demarcación. Eso lo entendí una vez que llegué a Tijuana.

El equipo ahora se va de Morelia, ahora sí de forma oficial y definitiva. Nos lo arrancan de nuestros brazos y nuestros corazones de la forma más vil que pudieron haberlo hecho y en medio de una pandemia que de por sí ya nos tenía con incertidumbre y miedo.

Se van y no porque la afición nunca haya respondido, como lo han querido dejar ver, sino porque, desgraciadamente, el futbol mexicano tiene un plan de negocios basado en las franquicias, en las que los aficionados no tenemos voz ni voto y los dueños pueden hacer de sus franquicias lo que quieran porque, ante la federación de futbol, los reglamentos y las leyes se los permiten.

Aquí no es como en Argentina, por decir algún país suramericano, o Europa, donde el modelo de negocios incluye a los aficionados, quienes abonan al equipo mediante una especie de acciones, lo cual de alguna manera les permite incidir en las decisiones de los directivos.

No somos tontos, lo entendemos perfectamente, y lo digo para quienes se han mofado de ello. Lo entendemos bien, pero como en el amor, nunca vamos a entender completamente por qué fue así tan repentina la separación, si siempre estuvimos ahí, pese al cambio de nombre, de imagen y los infortunios a los que nos llevó el estar varias veces al borde del descenso.

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Sí, quizá Monarcas Morelia era un equipo regional, como se han empeñado en decirnos aquellos aficionados de equipos “grandes. Lo más seguro es que así sea, por eso teníamos personajes tan variopintos como “El Mago” y sus espectaculares sombreros conmemorativos que sacaba cada partido, por eso teníamos a doña Cholita, una viejita que antes de cada partido le regalaba dulces a los jugadores, y por eso tenemos al “Semillas”, un personaje que cada que Morelia anotaba un gol, aventaba las bolsitas de semillas que vendía, derivado del gozo que le provocaba la anotación.

Por esto tuvimos después al “Scooby”, fiel seguidor del “Shaggy” Martínez. Por eso tuvimos a don Nicandro Ortiz como dueño inicial del primer equipo, a la “Tota” Carbajal y a Tomás Boy como técnicos extrovertidos. Al “Mudo” Juárez, un chico de barrio moreliano que se convirtió en figura.

Por eso comíamos garbanzos en el estadio y churros con salsa, cosa que no se da en otros lugares como Tijuana. Por eso solíamos comer taquitos de carnitas antes de cada partido o unas corundas llegando a casa. Por eso solíamos hacer misas para evitar los descensos o para ganar campeonatos. Por eso teníamos a Marco Antonio Solís, “El Buki”, como nuestro guía espiritual.

Por eso en cada una de las trincheras donde solíamos encontrarnos el simple hecho de ver una camiseta rojiamarilla era motivo para invitarnos una cheve y preguntarnos: “¿tú de qué parte de Michoacán eres?” y comenzar así los recuerdos y las risas. Por eso yo cada vez que iba al estadio de Xolos a ver a Morelia salía con un nuevo amigo michoacano.

Es difícil pensar que todo eso ya no estará y que ya no lo tendremos. Para algunos es fácil decir “solo era un equipo de futbol” o “me caga el fut, que bueno que ya no estará el Morelia” y los entiendo, ese elemento que forma parte de la construcción y totalidad de una sociedad, no les satisfacía a ellos, pero para quienes sí estábamos inmersos con el equipo, es algo que va a dejar un hueco que difícilmente se va a volver a regenerar.

Foto de internet

Espero que Miguelito, su familia y todos los morritos que, como él, estaban tomando en cuenta ese arraigo puedan pasar ese trago amargo muy pronto. Uno como adulto quizá lo entiende y le dará vuelta a la página prontamente, pero para ellos, los más pequeños, va a ser todavía más complicado saber por qué pasan estas cosas.

Por mi parte, me despido de Monarcas Morelia y me despido de irle a cualquier otro equipo de fútbol, porque canarios somos y en el camino nos encontramos, y no creo volver a sentir pasión alguna por otros colores que no representen a los de mi ciudad y mi gente, además, porque no quiero volver a ser víctima del negocio que maneja dentro del fútbol mexicano.