Crónica íntima desde el encierro

22 de junio de 2020

El escritor Jorge Bustamante García nos comparte una crónica íntima y cruda, dolorosa y necesaria sobre la reclusión a propósito de la COVID-19. Nos dice: “Pensábamos que serían unas semanas, a lo sumo unos meses, pero ahora pienso que serán años si es que sobrevivimos. Y lo que uno quiere, lo que vale la pena, es vivir, no sobrevivir”

Antes del 27 de febrero, como casi todo habitante de este país, a excepción quizás de los especialistas, me parecía percibir que todo estaba lejano, que esa amenaza nanométrica, partícula invisible y desconocida, pudiera algún día vagar por nuestras calles. Acostumbrados como somos a que todo ocurre en otros lados, nos importaba poco lo que sucedía en otros parajes del mundo. Pasaron unas cuantas semanas y todo enrareció. Mi hija, que vive en Toulouse, vino a visitarnos con Diego, cuando apenas todo comenzaba en Francia. En tres semanas que estuvieron acá todo cambió en ese país, pero ellos tuvieron que regresarse. Era el 8 de marzo, en México había pocos casos de contagios todavía, y en Michoacán ninguno. Podía uno caminar por todas partes, encontrarse con amigos, conversar con ellos en algún café y estrecharles la mano. Conversar con los amigos es una buena manera de estar en el mundo, aunque se converse para criticar ese mundo que entre todos, y durante generaciones y milenios, hemos mal construido, o más bien destruido. Un grupo de amigos inquietos había organizado, desde el año anterior, una serie de charlas en la ciudad cada dos semanas a partir de enero pasado. Así lo hicieron y a mí me invitaron para hablar de literatura rusa a finales de marzo. Pero ya no se pudo realizar, porque la amenaza nanométrica apareció en nuestra ciudad el 21 de marzo. El último amigo con quien me reuní en un café fue uno de los organizadores de esas charlas y ahí decidimos suspender la mía hasta nuevo aviso. Pensábamos que serían unas semanas, a lo sumo unos meses, pero ahora pienso que serán años si es que sobrevivimos. Y lo que uno quiere, lo que vale la pena, es vivir, no sobrevivir.

Desde el 21 de marzo, cuando apareció el primer caso en la ciudad que habito y que me habita, la vida empezó a cambiar. Los primeros contagios importados provenían de viajeros locales que habían regresado de Turquía, de Italia y de otros países. Exactamente 51 días antes se habían reportado los dos primeros casos en Italia. En esos 51 días habían muerto 4825 personas en ese país por la partícula invisible. Así que fuimos entendiendo y empezamos a replegarnos, sobre todo los que sufrimos la inevitable comorbilidad del envejecimiento y alguna que otra adicional. Ya no se pudo regresar a los cafés a conversar con los amigos, conversar, conversar, de eso se trata la vida

Con los amigos ahora conversamos por whatsapp, por correo, por teléfono, sin café ni strudel de por medio. Pero esas pláticas resultan, en ocasiones, peculiares. He descubierto con algunos de esos amigos y amigas rincones diversos que antes no percibía. La palabra viaja a distancia, sin miedo, y todo por instantes se torna mejor para que el pensamiento no caiga en tristeza, la imaginación cuelgue otra vez de alguna rama y el verbo vuelva a estar iluminado. El encierro, además de inquietudes y zozobras, trajo dolor, como el contagio de un amigo allá en Rusia, o el cálculo renal que azotó contra el suelo de su apartamento en Lima a un hermano en pleno confinamiento hasta ser hospitalizado, o mi otro hermano en Västerås, Suecia, que tuvo que llevar a su mujer a una clínica, con el alto riesgo que eso implica hoy, en plena pandemia, por una ciática falsa aguda que le impide caminar. Pero ese encierro puede traer también como contraparte cosas muy satisfactorias, casi el paraíso, como dejar el consumismo que aplasta, gastar poca gasolina, no pisar bancos para pagar tarjetas y ser más pobre cada vez, ni tiendas, ni cines, ni centros comerciales. Estar en casa, limpiar, trapear, cocinar, preparar la ensalada, sacar la basura, desinfectar manijas y puertas, caminar. Hacer largas caminatas por lugares poco transitados es un gran disfrute. El virus no cuelga de los postes, ni de los cables, ni de las ventanas, ni de las miradas de las personas, ni de las ramas de los árboles. Se puede caminar. Y en casa escuchar música, leer por fin libros inéditos, alguno publicado, de amigos que sin saberlo alivian el encierro con su envío: Piel de madera de mi amiga Kalisita de Medellín; Ontología y Surrealismo, un boscoso ensayo de Ro de pronta aparición y una bella y resonante novela recién publicada de LPÑ de título muy actual: La música del fin del mundo. Lo único que extraño de andar por ahí es ir al café con algún amigo y, de pronto, una escapada al cine.

Con Ro y Ra intercambiamos con frecuencia mensajes por whatsapp de cosas que nos interesan: artículos propios y ajenos, entrevistas a pensadores con sus visiones del mundo, un mundo que se cierra y otro que vendrá, que tal vez será más triste y peor cuando la pandemia huya o la vacuna aparezca o nos podamos curar, incluso los vulnerables. Por nuestro chat han pasado Byung-Chu Han, Houellebecq, Padura, Morin, Zizek y muchos otros. Ro casi siempre es propositivo y a Ra casi nada le satisface, el muy cascarrabias, pero por fortuna ninguno es optimista, sabedores los dos de que el optimista es aquel que no posee todos los datos. Fau me llama y reitera que todo el callejón sin salida que es el mundo lo explica un simple triángulo, donde un lado es lo económico, el segundo lado es lo político y el tercero lo social. Desde hace 12 mil años -me dice- cuando inició la sociedad agrícola, ese triángulo ha estado desbalanceado y ha sido la causa de todas las injusticias y desigualdades: el lado económico lo usufructúa una minoría, el lado político otra o en parte la misma minoría, y el lado social, que es la base del triángulo, es sobre el que recae el peso despiadado de los desmanes de los dos primeros lados. Ha sido así desde entonces el mundo, parece sencillo, pero es un callejón sin salida. MAC, que es un excelente poeta, traductor pensador literario, nos alegra los días de encierro con sus versiones de Villon y Cavalcanti. SP, violinista aventajado, acaba de releer Cien años de soledad y Ra lo escuchó hablar del Macondo insomne, cuando todos olvidan las cosas, que es parte de la misma peste: olvidar y no dormir… Ar, joven y brillante poeta, lee por primera vez esa novela y está sorprendido, me cita un párrafo del final de ese relato múltiple tan pródigo e inmenso como el mar… Ma me manda las estadísticas de la pandemia y los artículos que JV publica, a veces deslucidos, en un periódico que yo nunca leo… CR, un joven escritor colombiano radicado en Ciudad de México, traductor del bello librito de Montaigne Diario de viaje a Italia por Suiza y por Alemania, me envía una deriva sobre Marco Aurelio, la peste y sus hermosas Meditaciones. Me parece un texto revelador, porque viaja a la primera peste global en el siglo II de nuestra era, para reflejar lo que nos acontece ahora. De esa deriva de mi joven amigo se me grabaron estas frases: “La muerte es parte esencial de la vida… Sufrimos más de imaginación que de realidad”… Y Lou me alegra la vida con un regalo inaudito, formidable: un link de Radio Garden (http://radio.garden/listen/rmf-muzyka-filmowa/O0YyABBS) donde se pueden escuchar, de forma nítida y sin interrupciones, casi todas las emisoras y estaciones de radio del poderoso globo terráqueo. Me la he pasado viajando tras mis pasos por ese globo las cuatro últimas semanas, intentando recobrar algunas calles de ciudades ajenas, escuchando todas las músicas y todas las lenguas. Cada día me voy a una ciudad distinta mientras imagino y trabajo, mientras escribo y leo, mientras sueño y cavilo en medio del insomnio. He estado en Valdivia y Vancouver, en Leticia y Gander, en Nuuk y Reikiavik, en San José de Costa Rica y Pointe-à-Pitre, en radio Kafeina de Toulouse y radio Maiak de Moscú, en Dushambé y Vladikavkaz, en radio Logos de Chisináu, Moldavia, y radio Jazz Heart de Seúl. En este instante, cuando escribo este párrafo, estoy en Praga magnífica, en Radio Folk… El confinamiento para alguien que sufre de supuesto envejecimiento puede ser muy divertido. Pero también hay desazón. Crispa el desasosiego.

A finales de abril llamé a mi amiga Galia a Moscú. Nos conocemos desde mis tiempos de estudiante. Se alegró y entristeció. Estaba preocupada. Se acababa de enterar que nuestro amigo Oleg se sentía extraño desde hacía unos días y estaba recluido en su apartamento moscovita. Tenía algunos síntomas leves: tos, temperatura cercana a 38°, dolor leve de cuerpo. Desde ese momento Galia lo llamaba varias veces al día. Le preguntaba si se había cuidado los días anteriores, si salía protegido a la calle, si cuando visitaba algún supermercado o usaba el transporte público tomaba todas las prevenciones. Él le decía que sí, que no se preocupara. Por esos días la pandemia en Rusia subía y subía. Y Galia cavilaba conmigo, tenía esperanza de que no fuera nada serio, me escribió en un chat “¿Será que se contagió? ¿Pero de dónde? Solo salía por víveres. ¿De su hijo Sasha? Sasha se siente bien, todos los demás cercanos también. Quizás no sea el virus, sino un resfriado…” Al conocer del estado de Oleg decidí tener permanente contacto con mi amiga, la llamaba, chateábamos por whatsapp.

En ese ir y venir de mensajes recordamos cuando ellos dos vinieron a visitarnos a Morelia en noviembre de 1990, un año después de la caída del Muro de Berlín y un año antes de la disolución de la Unión Soviética. Eran tiempos convulsos, efervescentes. Estuvieron un mes con nosotros y cada día, a la hora del desayuno o de la cena, discutíamos apasionadamente la situación crítica de la perestroika, los desencuentros entre Yeltsin y Gorbachov, la correlación de fuerzas que se enfrentaban para bien o para mal en el extenso país. Coincidíamos en que se necesitaban cambios urgentes, que el enorme país podría aún encontrar un camino propio para deshacerse de lo que estaba mal y conservar lo bueno, lo que habían logrado después de décadas y décadas de tribulaciones desde el zarismo a la perestroika, pasando por la revolución, la guerra civil, la hambruna, dos guerras mundiales y la dura construcción del socialismo, Pero no fue así, apenas unos años después la región se fragmentó en quince pedazos y todos cayeron en la dinámica despiadada del capital. Oleg y Galia disfrutaron inmensamente ese mes en Morelia, les encantó la ciudad, se llevaron artesanías de Capula, de Quiroga, de Pátzcuaro, en ciudad de México visitaron los lugares de Trotsky, de Frida, de Diego.

A comienzos de mayo la fiebre no cedía y a Oleg lo internaron en un hospital, le practicaron tomografía pulmonar, le hicieron prueba por la COVID-19, pero el resultado tardaba: “Ahora no sabemos qué seguirá –me escribió Galia-. Los médicos van vestidos como cosmonautas, en la habitación donde atienden a Oleg hay cinco pacientes”. Esos primeros días de hospitalizado, mis amigos podían todavía hablar por celular. Aún no necesitaba de respirador y podía conversar. Pero su estado fue empeorando, perdió el gusto y ya no comía. Le dijo a Galia que quería probar naranjas. En la última conversación él se sentía definitivamente mal, empezó a ahogarse, Galia le gritó que llamara a la enfermera, al médico, él logró sacar fuerzas y llegaron por él. Alguien tomó el teléfono y le dijo a mi amiga que se lo llevaban a terapia intensiva. Al día siguiente le escribí que si sabía algo del estado de Oleg me lo comunicara, que con Olga los pensábamos mucho, que los queríamos. “Me dijeron que su estado es extremadamente inestable. Continúa empeorando” -me contestó-. Dos días después los mensajes seguían en el mismo tono: “Con Oleg todo sigue igual, su estado es grave, se encuentra en reanimación con ventilación artificial…” En la noche del 5 de mayo le escribí: “Tan pronto sepas algo de Oleg me escribes, un abrazo fuerte, bella muchacha moscovita”. Al día siguiente al levantarme abrí el whatsapp y encontré un mensaje lacónico, escueto y rotundo de mi amiga: “Oleg murió”.