La risa en tiempos de pandemia, una cuestión seria y vital

Convocamos a una serie de personas ligadas al grato quehacer de analizar nuestra sociedad y, ahora, nueva normalidad. Desde sus diversas ópticas, nos ayudan a entender la risa como un entretenimiento y una necesidad para sortear los momentos difíciles que padecemos todos los mexicanos y mexicanas

Imagen gráfica de Wendy Rufino.

La risa, nos dice Stendhal en su Manual para reír y amar, debe presentarse ante nosotros de una manera imprevista, cuyo rasgo cómico estriba en dos condiciones: la claridad y lo inesperado. “No hay más risa si la desventaja del ser humano a expensas del cual pretendimos alegrarnos nos hace pensar desde el primer momento que también nosotros podemos enfrentar tal desgracia”. Y qué mayor desgracia para el mundo actual que la pandemia de la COVID-19, surgida de improviso –y letal– para cimbrar todos los recovecos de nuestra existencia. “Reír es una manera de nacer (la otra, la nuestra, es llorar)”, escribió Octavio Paz en «Risa y penitencia», quien mucho dilucidó en torno a cómo los mexicanos plantamos cara ante la tragedia y el infortunio.

Desde su perspectiva ocupacional y su lugar virtual, una serie de personas ligadas al grato quehacer de analizar nuestra nueva normalidad nos ofrece sus respuestas para entender el lugar de la risa en estos momentos tan climáticos como serios, tan ridículos como previsibles de lo que el sentido del humor nos ofrece para enfrentar esta pandemia.

Abrimos esta serie de reportes especiales sobre algunos temas latentes que tienen que ver con nuestras relaciones sociales interpersonales hoy día. En esta ocasión, a propósito de la risa, nuestros entrevistados son: Caliche Caroma (C.C., 36 años, librero y escritor), Malicia Fénix (M.F., 35 años, standupera), Jorge Ávila Amaral (J.A., 39 años, periodista), Tania Celina Ruiz Ojeda (T.R., 45 años, investigadora de la UNAM), Sergio J. Monreal (S.M., 49 años, escritor) y Víctor Hugo Lozada Illescas (V.H.L., 45 años, futbolista y académico).

Ellos y ellas nos dicen que, de un modo u otro, hay que reírse de todo, de lo absurdo de esta cotidianidad, sin etiquetas de por medio, reírse con la libertad que la risa implica en sí misma, incluyendo lo bueno y lo malo de nuestra actual experiencia. En todo caso, sugiere uno de ellos, hacerlo “con una risa crítica, implacable, pero también generosa y cómplice”. Después de todo, nos dicen a manera de editorial conjunta, la risa es parte del “juego de la inteligencia” del ser humano, porque detrás de ella está “la necesidad de sentir que seguimos y no estamos en pausa”. Sin olvidar, también, como un apunte que aterrice en la realidad social, que “detrás de la risa de la mitad de nuestra gente existe otra mitad que no tiene muchos motivos para sonreír”.

He aquí sus gentiles respuestas.

—¿De qué debemos reírnos en esta crisis?

C.C.: De todo reírse, pero no una risa de burla, irreflexiva, sino la carcajada comprensiva que antecede a la reflexión, y que también está al final del sacadón de onda. No por poner una cara seca y tiesa las cosas van a mejorar (Cf. Lichtenberg).

M.F.: De lo absurdo que es nuestra cotidianidad actual, lo que podemos hacer y lo que no, lo que nunca vimos venir para este año, los planes que ya no pudimos concretar, etcétera.

J. A.: La risa es un acto tan libre, que no creo que haya que ponerle etiquetas de “permitido” o “prohibido” reír de esto.

T.R.: Creo que debemos reírnos de las cosas bellas y las malas, de la tragedia con un poco de sarcasmo y humor negro.

S.M.: Como en toda crisis y no crisis, hay que comenzar riéndonos de nosotros mismos. Con una risa crítica, implacable, pero también generosa y cómplice. Sólo quien es capaz de reírse de sí mismo adquiere potestad para reírse del otro y de lo otro. He ahí el misterio esencial de los grandes comediantes y humoristas; nada más patético que un cómico que se siente autorizado para burlase del prójimo desde el vertical abuso de tomarse a sí mismo todo el tiempo en serio. Y ya tomando como punto de partida esa civilidad generosa, hay que autorizarnos reír absolutamente de todo. Está colándosenos por puertas, ventanas y alcantarillas, merced a la abigarrada paleta de todas las nuevas correcciones políticas, un atroz neopuritanismo donde lo más proscrito es justamente la risa. Las santas inquisiciones son siempre idénticas. Sin importar en nombre de qué o de quién se declaren monopolizadoras del Bien y la Verdad.

V.H.L.: Me río de quienes se preguntaban, al iniciar el confinamiento, si la pandemia nos volvería mejores personas, mejor sociedad, mejor país, mejores terrícolas. La pregunta nos revela a una sociedad con total carencia de autoconocimiento histórico. No seremos una mejor sociedad, pero cuando nuestra distopía mexicana se encuentra en su apogeo, la profundidad de su inquietud me mueve a esbozar una minúscula sonrisa.

—¿Qué hay detrás de la risa en estos días?

C.C.: Un engaño, porque no hay nada peor que querer hacerse el gracioso y no lograrlo. Esto le pasa a los políticos, pseudo comediantes y opinólogos, tristísima trinidad. Detrás de la risa fácil está la impotencia intelectual; lo contrario a la risa genuina, un juego de la inteligencia.

M.F.: Mucha frustración, incertidumbre, miedo, confusión y, a ratos, resignación (lo que se me ocurre en este momento, porque seguro hay más).

J.A.: Muchas veces, ignorancia, en otras, petulancia; en mi caso, simple sentido del humor.

T.R.: Creo que detrás de la risa está la necesidad de sentir que seguimos y no estamos en pausa.

S.M.: Corriendo catecismo en mano, detrás de la risa hay en estos días un montón de sectas comisariales y de juntas censoras, prestas a autorizar y desautorizar de qué puedes reírte y de qué no. Detrás de las bocas que sonríen, que ríen o que se carcajean, hay lo de toda la vida: la risa como herramienta insustituible y subversiva para interrogar y reconfigurar inagotablemente lo real.

V.H.L.: Detrás de la risa de la mitad de nuestra gente, existe otra mitad que no tiene muchos motivos para sonreír. Según datos de la Cepal, de los casi 630 millones de personas que habitan América Latina, se estima un incremento de la pobreza en un 35% (214.7 millones) y de la pobreza extrema en 13% (83.4 millones) y ya ni hablemos de las personas con hambre para el final de este año 2020 (véase https://www.cepal.org/es/comunicados/fao-cepal-millones-personas-pueden-caer-la-pobreza-extrema-hambre-2020-america-latina)

—¿De qué nos acordaremos, con risa de por medio, las y los mexicanos cuando pase esta pandemia?

C.C.: Vamos a reírnos de nosotros mismos, de nuestras paranoias, del control que el Estado tiene sobre nuestras cómicas existencias. Nos vamos a morir de la risa, pero no de la COVID-19.

M.F.: De las decisiones buenas y malas del gobierno; del uso del equipo de protección, de la sana distancia, de cómo creímos que cualquier malestar físico era por la pandemia, de estar encerrados… De todo, como buenos mexicanos.

J.A.: De las fake news, de la necedad de muchas personas, del tráfico de líquido de las rodillas, de quienes romantizan demasiado el encierro o de quienes lloran ante las cámaras por no poder hacer lo que acostumbran.

T.R.: Nos reiremos de encierro, espero.

S.M.: De absolutamente todo. Si algo posee este país es una indomable capacidad para metabolizar a través de la risa cuanto le pasó, cuanto le pasa, cuanto puede pasarle. Supongo que a eso se debe en parte que no haya desaparecido todavía. Para decirlo en palabras de Lilia Prado según Efraín Huerta: “Si no fuera por mi buena salud, ya me habría muerto”.

V.H.L.: Mi memoria selectiva se pondrá a trabajar. Procuraré recordar con una sonrisa, en oposición a la miserable burguesía y a nuestra clase política imperfecta, a cientos de miles de personas extraordinarias, generosas y ejemplares. A la gente del sector salud, a barrenderos, enfermeras, policías, bomberos, gente de obras y tantos otros oficios que se la jugaron en los límites de lo tolerable. Sobre ellos deberían versar los libros de historia. Supongo que muchas de mis amistades recordarán, al igual que yo, la oportunidad de conocer a tanta gente talentosa que circula por las nuevas redes de comunicación.