El día que regañaron a un poeta por mi culpa

31 de agosto de 2020

Víctor H. Lozada nos ofrece una crónica sobre el poeta Juan Gelman, con quien departió una tarde iluminada, en la que las horas, entre poemas y canciones, se fueron como tequila entre las manos

Habría un par de cosas qué decir/
Que nadie la lee mucho/
Que esos nadie son pocos/
Que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial…
“Sobre la poesía”, J.G.

Hace casi diez años llegué a la puerta del edificio de la calle Atlixco donde vivía el poeta Juan Gelman. Una de esas escasas mañanas de abril en que el viento torna transparente a la ciudad. Desde mi auto marqué a su departamento y él salió en cosa de un minuto. Sólo nos conocíamos por las llamadas telefónicas para acordar los pormenores de un evento académico: Argentina, a 35 años del golpe militar. Comenzó nuestro viaje y desde el primer minuto me confundió. ¿Puedo fumar? Nadie fumaba dentro de mi coche, pero quienes lo conocieron saben que nuestro invitado implicaba el más alto grado de dificultad y, sumado a mi confusa admiración, no supe decir no. Encendió el primero de varios cigarrillos Benson & Hedges Gold, cuyo humo en mi nave hizo del cielo azul una paradoja.

Gelman me ofreció un cigarro y no lo acepté. La noche anterior tuve un partido de futbol y con mi equipo nos concentramos en un bar de Coyoacán para hacer autocrítica. Mi actuación y mis goles me tenían de buen humor, pero el desvelo me decía que fumar no era buena opción. El poeta también celebraba un día tan radiante. Le animó el escaso tráfico que atravesamos. Te voy a decir una cosa: la poesía de Ramón López Velarde y el tequila deberían decretarse como derechos humanos. Me emocionó que hablara de mi ídolo literario y pregunté: ¿qué opina de que Octavio Paz diga que López Velarde es el mayor de nuestros poetas menores? Creo que Paz debió tener en su casa un poetómetro, respondió.

Foto: cortesía de Víctor Hugo L. Illescas.

La charla fue muy interesante, aunque breve, pues el camino despejado así lo dispuso. Llegamos a Filosofía y Letras en C.U., y ahí me enteré que el chico encargado de permitir el acceso al estacionamiento también era estudiante de letras. ¡Es Juan Gelman! Esperé frente al volante mientras mi copiloto posaba para las fotografías y conversaba gentilmente con su admirador. Al estacionarme me sorprendió nuevamente: dígame que me llevará al mejor café de la universidad; muero por un buen café. Como faltaban unos veinte minutos para nuestro evento, mentí y lo llevé al café de los zapatistas en la entrada de la Facultad. Comenzamos nuestra marcha haciendo equilibrios para no derramar los vasos calientes. El lugar de la conferencia estaba del otro lado de las ‘islas’ del campus central. Yo iba muy confiado con mis tiempos hasta que él puso su mano en mi hombro. ¿Por qué no nos sentamos sobre el pasto a disfrutar el café? Le dije que nos quedaba un cuarto de hora y me llamó a la tranquilidad. No pasa nada ¿va a cambiar nuestro punto de vista si llegamos unos minutos después? Se quitó los zapatos y me reconfortó conocer a alguien que compartiera mis nociones sobre la puntualidad. Entre otras cosas, gozando un clima inusitado, me platicó que de México le gustaba el tequila y la poesía de López Velarde.

Llegamos al auditorio con unos minutos de retraso; no pude eludir la mirada contundente de mi jefe. Sólo la reputación del filósofo Horacio Cerutti logró que Gelman pusiera un pie en un foro académico. Procedimos a las formalidades y por fin comenzó el evento principal de las jornadas. Junto con otro filósofo argentino, Enrique Dussel, se ocuparon de la atroz dictadura iniciada en 1976. (Días después Dussel me compartió su apreciación de la mesa: “¿Vio lo que tramó el doctor Cerutti? El filósofo hizo memoria y el poeta se encargó del análisis político”. Yo simplemente pensé que Gelman sí preparó su exposición, pero guardé el debido silencio). Terminó el evento y un público entusiasmado abordó al poeta. Todo había salido bien y muchos estudiantes le solicitaron fotografías y firmas en libros. Me acerqué a unos amigos extranjeros para salir en una foto y me dijo discretamente que era urgente ir por otro café.

De regreso en mi auto estábamos cansados. La desvelada me pasaba factura y sólo pensaba en comer y dormir un poco. Manejaba acalorado hacia la casa del poeta, quien de repente dijo en voz alta: toda persona debería tener acceso gratuito al tequila y a la poesía de López Velarde. Era una provocación. Maestro, déjeme invitarle un tequila, conozco la cantina más agradable de la ciudad. Recuerdo que no fue un acuerdo complicado.

Llegamos a La reforma, cantina ya desaparecida, en la colonia Narvarte. Había poca gente y el cuarteto de músicos (de muy alto nivel) estaba sin quehacer. Pedí el tango “Remolino”, de Rótulo y De Angelis. Le atiné; luego él pidió otras canciones que yo no conocía. Llegaron los tequilas y brindamos por el poeta jerezano. Y que me arranco: “Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma / de todos los voraces ayunos pordioseros…” Mi memoria nunca me ha servido para nada, pero esta vez Gelman me compensó con una segunda ronda de Herradura. Supuse que, tras la comida, la reunión estaba destinada a la brevedad. Con la tercera ronda apareció la botana que ofrecen las cantinas con tradición. Mi invitado me habló sobre su estancia en Roma, de una traducción que se complicaba y de su pasión por el Atlanta de Buenos Aires. Yo le conté sobre un amor imposible, de mi tesis inconclusa y de mi infortunada adicción al Cruz Azul.

Yo pensé que se acercaba el momento de pedir la cuenta; el problema es que mi amiga C me llamó por teléfono. Como vivía cerca, la invité a acompañarnos y aceptó. Ella no tardó y, como siempre, se veía bellísima. Las siguientes horas nos concentramos en sus problemas y sus gustos musicales. Gelman pidió a los músicos canciones diversas. Ella iluminó la tarde, las horas se nos fueron como tequila entre las manos. Ya había entrado la noche cuando el poeta me pidió prestado mi teléfono. Salió de la cantina mientras que los músicos tocaban un tango convertido en bolero ranchero, “Sombras”. Regresó y vi su primera expresión de seriedad durante todo el día. Lo siento, tengo que regresar a casa.

El cronista y el poeta. Foto: Víctor Hugo L. Illescas

Insistí en llevarlo a su casa. Pedimos latas de agua mineral para el camino. Mi amiga C nos acompañó en la parte trasera del coche. No mencionó nada sobre los motivos para interrumpir el convivio. Soy una persona muy discreta y no le iba a preguntar. Arribamos a la Condesa y justo en la puerta del edificio había dos mujeres esperando (tenían un aspecto de enfado). El poeta se despidió apresurado y nos prometió un tequila que nunca se dio.

Durante un tiempo tuve un remordimiento por no ofrecerle mi teléfono para avisar en su casa. Hasta me prometí ser más atento con mis invitados. Meses después, leí en el periódico que durante la Feria del Libro de Guadalajara Juan Gelman, José Emilio Pacheco y Eduardo Lizalde llegaron tarde a su presentación. La nota reportaba que los poetas, de muy buen humor, afirmaron que su retraso se debía a una parada en la cantina. Me dio gusto saber que seguía disfrutando del buen tequila. Incluso, entendí que yo no lo llevé a la cantina; él me llevó a mí.