¿Qué hay después del amor y la muerte?

30 de agosto de 2020

«A ghost story» no es una película fácil para quien sea adepto a los ritmos frenéticos y a las historias contadas convencionalmente, sin duda, lo cual la hará fatua y pretenciosa

La anécdota es sencilla: un músico muere en un accidente de coche y vuelve como un fantasma a la casa en la que vivía con su mujer. A ghost story se anunciaba como una película muy en el tono de Terence Malik en El árbol de la vida, y quizá con esa intenciones David Lowery elabora su historia a partir de planos-secuencia extensos y silenciosos, a veces sórdidos e incomprensibles, que harán pestañear a más de una o uno, y así nos va orillando a absorber su cuento de fantasmas en el que el protagonista se enviste de su típica sábana blanca con sus dos hoyuelos a la altura de los ojos para hacerse presente ante su viuda.

Así, entre surrealista y cómico, este recurso es el que nos planta ante la esencia de la historia: ¿qué hay después de la muerte? ¿Cómo un ser querido sigue estando entre nosotros después de muerto? ¿Qué es lo que queda y qué es lo que se va cuando alguien desaparece de nuestras vidas?

No hay más faramalla en este melodrama -que sortea el género de terror sin ningún problema- que la comedida intención de dispersar un estado anímico desfalleciente en contar una historia triste y emotiva, y es el “fantasma” el vehículo idóneo para dirigir el peso de la pesadumbre y el dolor de la pérdida de un ser amado.

Acaso la tristeza del duelo a partir del punto de vista de la persona fallecida sea un vinculo poderoso que une al espectador con la intriga de saber hasta dónde un recuerdo amoroso sigue estando presente en nosotros, encajado el tema -insisto- en planos largos y silenciosos que nos dan pauta para esa desazón.

Pero, ojo, A ghost story no es una película fácil para quien sea adepto a los ritmos frenéticos y a las historias contadas convencionalmente, sin duda, lo cual la hará fatua y pretenciosa; en la comparación con la obra mencionada de Malik sale perdiendo por goleada, dado que nunca alcanza la intensidad y complejidad poética de aquella.

En su favor habrá que decir que la narrativa sosegada pero inquietante funciona para quien quiera entender las sensaciones nítidas de la vida en momentos de duelo y de suspenso. No más. No ofrece más que un esfuerzo de entendimiento para imaginar cómo una pesadilla puede convertirse en una ‘realidad’ patente, un estado de ánimo reflejado en imágenes y emociones.

Con todo y lo anterior, a mí al final me resultó cansina, floja, aburrida.