Quehaceres del confinamiento

15 de agosto de 2020

Jorge Bustamante García nos ofrece una mirada a Oscar Wilde a propósito de la reclusión por la pandemia actual. Para Wilde, su casa era la imaginación y la capacidad de fabular, de inventar, de estar siempre en “otra parte”, una manera extraordinaria de “quedarse en casa”

Una mirada a Wilde

Con el “quédate en casa” me pasa como en el video de Snoopy en que le preguntan ¿y qué has hecho toda la cuarentena? Ahí se ve al pobre e irritado del Snoopy maldiciendo, lavando trastes, barriendo, con el trapero en la mano por todos los rincones, metiendo y sacando ropa de la lavadora hasta acabar él mismo dentro del aparato dando y dando vueltas sin compasión. Así creo que estoy yo y así me imagino a algunos de mis amigos. Pero cada día hago un espacio sagrado para salir a caminar y caminar, porque es la única manera práctica que tengo para volver a pasar por el corazón las cosas que me han ocurrido durante los días que uno tras otro son la vida (Aurelio Arturo dixit) y que vuelven a tomar forma en la imaginación, pero de manera casi siempre exagerada, desproporcionada. Así que me digo cálmate, respira hondo, no imagines tanto, pon los pies en la tierra. Y lo intento. Entonces me gusta pensar en algunos de los escritores que he leído, en sus vidas, o pienso en ciertos libros, en ciertas lecturas que se quedan pegadas al alma, sin poder uno explicarse la razón. Y así fue como hace poco, en una de esas caminatas que me encantan, llegué a Wilde.

 Al pasar a un costado del zoológico de Morelia recordé que Henry James era un escritor fino y erudito, que consideraba que la principal virtud de una narración es su concisión, motivo por el cual adoraba a Iván Turguéniev y a Guy de Maupassant. Muchos de los personajes de James son americanos que viven en Europa y que sufren, por lo general, crisis recurrentes de identidad, lo que motivó en una ocasión un comentario irónico del casi siempre corrosivo Oscar Wilde: “¿Usted se preocupa por los lugares? Yo no; mi casa siempre está en otra parte”. ¿Será, me pregunto, mientras miro en la cercanía al único elefante que queda en el zoológico moreliano, que tal vez de esa frase sacó casi un siglo después Kundera el título de su novela La vida está en otra parte? Por supuesto, semejante afirmación sólo la podía hacer un espíritu como Wilde, cuyo genio rebasaba todas las fronteras y que tal vez sólo hubiera padecido crisis de identidad si se encontrara totalmente aislado en un paraje marciano. Pero hay algo más: el “mi casa siempre está en otra parte” wildeano significa que su casa siempre estaba con él, que sin importar dónde se encontrara, él habitaba ahí sin falsas nostalgias: su casa era la imaginación y la capacidad de fabular, de inventar, de estar siempre en “otra parte”. Fabuloso, qué mejor manera de “quedarse en casa”, en estos tiempos de pandemia inclemente Wilde hubiera sido muy obediente con los semáforos, pues siempre se quedaba en su casa de la imaginación. Pero es justo y pertinente agregar que la ambición de Henry James no era crear personajes tipo Wilde, sino seres medianamente mediocres que sufrieran crisis de identidad por encontrarse lejos de casa, pues personajes así no pueden llevar su casa portátil a todas partes por el solo hecho de fabular.

Al mismo Oscar Wilde debemos otro comentario, ácido y mordaz, pero también definitivo, que además posee la rara cualidad de poder ser trasladado a cualquier época, sin perder un ápice de su efectividad: “Hay dos maneras de aborrecer la poesía; la primera es aborrecerla, la segunda es leer a Pope”. De un solo golpe, sin argumentaciones de ningún tipo, sin alardes de analista y sin temer caer en injusticias, Wilde es demoledor en su juicio hacia el perspicaz autor de Ensayo sobre el hombre, que en su época había sido aclamado como el mayor poeta inglés, insigne traductor de La Ilíada y La Odisea y que ejerció una verdadera tiranía de pensamiento, gracias a su ingenio corrosivamente wildeano doscientos años antes que Wilde, al que todos sus contemporáneos temían.

Para un hombre como Wilde, lleno de inteligencia, ironía, sensibilidad y un dejo de cristalina perversidad, poseedor de una memoria portentosa y una asimilación literaria inusual, estar en el mundo, y más en un mundo como el victoriano de finales del siglo XIX, debió ser como permanecer en una celda, en una cárcel nauseabunda, sin poder volar. Qué tal si le hubiese tocado un confinamiento como éste, en tiempos del coronavirus. Sería feliz, no dejaría de volar. Ya ven que nunca reconoció límites a su talento, ni señas de identidad que lo ataran a convenciones establecidas, ni a tradiciones espurias. De estirpe shakesperiana, sabía que lo esencial de lo humano residía en su precariedad y, aunque rico y privilegiado, creía sólo en la realización del talento, como grandeza y extensión del alma. En un viaje a Estados Unidos, donde fascinaba por desenvainar afiladas paradojas, fue requerido por la aduana al llegar a Nueva York y con la mayor naturalidad del mundo le espetó a su interlocutor: “No tengo nada que declarar, salvo mi genio”.

Wilde fue uno de esos escritores que puso todo su genio en su vida y sólo su talento en su obra, como se lo expresó alguna vez a Andre Gide. Con esto sugería que de haber puesto su genio en su obra, habría estado seguramente al lado de Shakespeare en el Olimpo inglés. Y no es para menos en un hombre capaz de crear una pieza tan sugerente y colmada de resonancias inauditas y vibrantes como La importancia de llamarse Ernesto, una “comedia trivial para gente seria” según sus propias palabras, pero que en realidad es un derroche de intriga y chispeante diálogo, sin asomos del sentimentalismo que aquejó a sus primeras obras dramáticas, como El abanico de Lady Windermere y Una mujer sin importancia. Aunque, víctima del oscurantismo de su época, pasó dos años en el penal de Reading por un delito que no es delito: sostener públicamente su credo estético y reconocer su homosexualidad, Wilde no supo hacer otra cosa en la vida, más que volar. Bueno, en todo eso pensé en mi paseo por las afueras del zoológico mientras volaban unas palomas extraviadas sobre el espacio cercado de un solitario león al que he dado en llamar Oscar, no sé por qué.