Ella se va de casa

25 de noviembre de 2020

«My happy family», de Nana & Simon, ofrece una honesta reflexión sobre la toxicidad familiar y sus mandatos, sobre el peso de la soledad “acompañada” y sobre la libertad de elección para reencontrarse con una misma

La premisa es simple: Manana, la protagonista, de 52 años, un día después de su cumpleaños decide dejar a su familia que vive con ella en un departamento: hijo e hija, marido, padre y madre, e irse a vivir sola. Las palabras de su madre retumban en su cabeza y le ponen sello a su abandono: “Nunca supe qué hacía feliz o infeliz a mi marido”. Es así como Manana, profesora de literatura en una secundaria, decide emprender su propio camino fuera de los atavismos sociales. Pero, ¿cómo romper con los lazos familiares, con las imposiciones machistas, con el orden esquemático de nuestras vidas?

Abrumadora y hermosa, My happy family (2019), coproducción de Georgia, Alemania y Francia, dirigida por Nana & Simon, desde la primera escena nos hace percibir la desolación de la protagonista, cuya vida se desmadeja ante lo espeso de su rutina y, evidentemente, ante la incomprensión de su familia que le reclama sobre la inesperada partida y ella asume que no tiene que explicarles las razones de su decisión. Nadie entiende siquiera por qué ella no quiere cantar más para ellos. Ni sus propias amigas de escuela parecen entender una decisión tan simple pero trascendente: ella, Manana, es una mujer que no quiere más ser cuidada ni controlada, y solo quiere buscar su espacio propio más allá del abrumador ruido familiar.

Filmada en Georgia con mucha corrección, My happy family logra una honesta reflexión sobre la toxicidad familiar y sus mandatos, sobre el peso de la soledad “acompañada” y sobre la libertad de elección para reencontrarse con una misma. El final, abierto, queda a discusión, pero vale mucho la pena.

Al final me acordé de una frase de Vinicius de Moraes: “La tristeza no tiene fin, la felicidad sí”. Está en Netflix.