Crónica del tripulante yZ8x23

Diego Rodrigo Vázquez Romero ESCRIBE: “Los resultados preliminares permiten advertir que la teoría de la modificación de material genético que tuvo lugar después de la mutación de la cepa COVID-21Ru, es verdadera”

Imagen: Pablo González

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Crónica del tripulante yZ8x23

Como se reportó anteriormente, hemos iniciado la exploración submarina de los restos de la ciudad conocida como México.

Estos son los principales hallazgos:

  • Se encontraron diferentes dispositivos de comunicación satelital rudimentaria con restos de ADN humano. Se inició el análisis de las muestras.
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  • A partir de los recorridos de reconocimiento, se advirtió la presencia de nanopartículas que contenían vestigios auditivos pertenecientes a los años de la primer gran pandemia mundial.
  • A través de nuestra tecnología telemática subsónica, logramos obtener muestras que continuaban resonando, en frecuencias omega, dentro de las ruinas que los habitantes de esta civilización utilizaban como hogares.
  • Al parecer la inundación y las bajas temperaturas contribuyeron a la conservación de las nanopartículas. Es probable que el estado líquido de la materia permita la conservación de estos vestigios.
  • Continuaremos cubriendo el terreno esperando encontrar más información que nos permita entender cómo se dio la gran extinción.

Tras varios análisis podemos advertir que los habitantes de esta civilización utilizaban una comunicación sonora rudimentaria. Luego de muchos esfuerzos fue posible codificar y transformar las muestras obtenidas para hacerlas perceptibles por nuestro sistema comunicativo. Confiamos en que estos vestigios nos permitirán comprender aún más a esta civilización.

Las primeras conclusiones indican que, los llamados humanos, contaban con un sistema primitivo sensorial que les permitía experimentar la realidad, para ello utilizaban códigos sonoros, gráficos y pictóricos. Es tan rudimentario que resulta fascinante.

A continuación, reproduzco íntegramente los vestigios que se lograron codificar:

Echo de menos la rutina, sentirme apresurado por llegar a todos lados. Tener prisa y caminar rápido para que no se me haga tarde. Acepto que me gusta sentir la adrenalina de andar corriendo y luego el alivio de llegar justo un minuto -o a veces segundos- antes del límite.

Extraño mirar a los ojos de las personas con las que tengo contacto. Prestar atención a sus gestos y hablar con los demás, sobre todo con quienes quiero y estimo.

Quisiera caminar y caminar como antes. Me encantaba admirar los árboles de la ciudad, voltear al cielo y percibir el sol filtrándose por las ramas y la forma en la que iba cambiando la luz conforme avanzaba el día. Deseo que termine pronto este encierro.

A ratos me entra la desesperación, porque quiero llevar a mi hija al parque, para que juegue libremente con otros niños. Me gustaría que pudiera socializar con sus amigas sin miedo a ser contagiada.

El otro día me la amanecí con mi esposa platicando toda la noche. Entre otras cosas, imaginamos juntos un día de campo en el Ajusco y nos prometimos que, será lo primero que hagamos cuando todo esto acabe: nos llevaremos las bicicletas para andar en la montaña y todo lo necesario para pasarla bien.

Desearía que mi pareja no tuviera miedo de salir con sus amigas, que visitara a sus papás sin preocupación. Sé que a ella le hace muy feliz abrazar a su mamá y ahora no puede hacerlo.

Antes de todo esto yo viajaba mucho por el trabajo. Me dedicaba a supervisar las sucursales de la empresa. Extraño mucho eso, el contacto con los demás, probar comida diferente, salir a caminar a la plaza de gobierno y traerle recuerditos a mi familia.

Siempre me he considerado una persona que le gusta mucho abrazar. Abrazo a mis amigos y amigas, a mis papás y hermanas, a mis hijas, me la paso apapachándoles. Soy muy de abrazos, por ejemplo: si te acabo de conocer y me caíste bien, cuenta con un abrazo mío. No sé, me acostumbré a hacerlo, se me hace una demostración de afecto muy honesta y sincera, además me gusta. Pienso que así expreso muchas cosas más de las que puedo decir. Me entristece pensar en todos los abrazos que ya no podré dar.

Anhelo mucho volver a mi trabajo, quisiera que todo esto terminara para generar ingresos nuevamente. Estos meses han sido los más difíciles que me han tocado vivir.

Me gustaba mucho ir al teatro. En las tardes me dedicaba a escuchar el radio y estar muy atento porque siempre regalaban boletos. Participaba en las dinámicas y cuando iba a recoger las cortesías a la estación, me pasaba a la Cineteca a ver una película. Compraba dos boletos y le avisaba a mi novia la hora de la función. Me encantaba esperarla acostado en el pasto, mirando las nubes y pensando en ella. Esas cosas tan simples van a cambiar, lo sé, no queda más que resignarse.

Cuando iba con mi esposa al mercado nos tardábamos horas, porque tanto a ella como a mí nos encanta platicar y casualmente nos encontrábamos a todo el mundo ahí. Ella se quedaba platicando con la señora de la fruta y yo siempre me encontraba a mis cuates que iban con sus familias. Luego, comprábamos barbacoa o mixiotes para almorzar, extraño mucho esas mañanas de domingo.

Antes del confinamiento practicaba natación, me gustaba mucho. Fue muy difícil volverme disciplinado, pero lo conseguí. Iba cuatro días a la semana y a las cinco de la mañana ya estaba entrando a la alberca. Creo que la natación es un deporte muy completo. Cuando empecé, me cansaba mucho y me daba mucho miedo meter la cabeza al agua, pero poco a poco le fui agarrando la onda. Tenía una maestra muy buena que me tenía mucha paciencia. En las últimas clases ya nadaba tres o cuatro kilómetros y sentí cómo mi condición mejoró muchísimo. Adelgacé mucho, me tuve que comprar pantalones nuevos y me gustaba sentir la fuerza de mis brazos. Quisiera que la alberca volviera a abrir.

Los domingos iba al tianguis a almorzar una gordita de requesón y una de frijol. También me pedía un agua grande de limón con chía, me llevaba mi botella para rellenarla y mantenerme hidratado. Luego me iba a la “paca” a ver las novedades, esperando agarrar algo bueno. Me gustaba probarme la ropa y aprovechar las gangas… una vez me compré un abrigo bien bonito en $200 pesos. Todavía lo tengo y me hace el paro en las de mañanas frescas de invierno.

Me da mucha nostalgia y tristeza saber que ya no podemos hablar de frente con las personas, cerquita pues. Yo soy muy coqueto, me gusta echar miraditas y una que otra sonrisita. Ahora con el cubrebocas… ¡ya no se puede! ¡Ni si quiera pensar en agarrarme a besos con desconocidos!

Con mis hijos organizaba maratones de películas o de series que conseguía en Tepito. Eran nuestras piyamadas. Nos amontonábamos frente a la televisión y compartíamos comida: pizza, palomitas y papitas. Es triste saber que nunca volverá a ser lo mismo.

Me gustaba mucho ir al cine. Toda la experiencia empezaba cuando decidías a qué función entrar y después comprabas el boleto en la taquilla. Después entrabas a la sala y cuando apagaban las luces, comenzaba la emoción. Luego llegaban los avances de los próximos estrenos. Para cuando iniciaba la película, te dejabas atrapar por la música, los diálogos, las imágenes, los encuadres, la fotografía, la narración, los personajes, todo. Me encantaba ir al cine, lo disfrutaba mucho. Pienso que, sólo en la pantalla grande las películas se disfrutan como debe de ser… sobre todo si se comentaban al final.

Estaba todo planeado para los XV años de mi hija, pero el evento se tuvo que posponer tres veces, yo creo que vamos a apartar el salón y todo para cuando se case. Así como vamos, quién sabe cuándo se vuelvan a organizar reuniones grandes… Quisiera ver a mis hermanos, sobrinos y parientes bailar en la fiesta de mi hija y que ella e***.

Al parecer al encriptar los vestigios, se corrompieron. Estamos experimentando un malfuncionamiento en el dispositivo de transmisión psicosónico. Enviaremos el resto de los hallazgos en un mensaje futuro.

Esperamos instrucciones.