El matrimonio entre los antiguos purépecha

23 de enero de 2021

Sonia Iglesias y Cabrera nos comparte esta semblanza sobre el matrimonio entre nobles y funcionarios de alta categoría, que debía realizarse una serie de normas establecidas por la costumbre y la tradición

En la antigua cultura purépecha cuando era cuestión de matrimonio entre señores importantes, como nobles y funcionarios de alta categoría, debía realizarse una serie de normas establecidas por la costumbre y la tradición. En principio, el padre del futuro esposo o alguno de sus parientes, pedía la mano de la joven designada para tal efecto, sin importar los deseos o los sentimientos que ella tuviera, solamente era necesario que tuviera el mismo linaje. Su aprobación no importaba. El día señalado para tal efecto, encargado de la petición acudía a la casa de la joven y al recibirlo el padre de la novia pronunciaba estas palabras: Pues,¿qué hay señor? ¿qué negocio es por el que vienes? Respondía el mensajero: «señor envíame fulano, tal señor o prencipal, a pedir tu hija». Ante las cuales respondía el padre: «seas bien venido. Efecto habrá, basta que lo ha dicho». Decía el mensajero: «señor, dice que le des tu hija para su hijo». Tornaba a responder el padre: «efecto habrá, y ansí será como lo dice. Días ha que tenía entención de dársela, porque soy de aquella familia y cepa y morador de aquel barrio, seas bien venido. Yo inviaré uno que la lleve. Esto es lo que le dirás». Y así se despidía el mensajero…

Una vez que se había realizado la petición al padre de la novia, éste trataba el asunto con sus mujeres, se reunían para comentar el suceso y dar opiniones. Cuando ya todos estaban de acuerdo en que se llevara a cabo el matrimonio, la joven era enviada a la casa del novio acompañado de uno o varios sacerdotes y con un abundante ajuar que consistía en colleres, brazaletes, mantas delgadas, mantas gruesas y un sinfín de cosas. Además, llevaba regalos para dar al futuro marido, tales como hachas, petates, mantas y muchas más cosas útiles. Veamos lo que nos dice la Relación de Michoacán al respecto: Y ataviaban aquella mujer y liaban su ajuar, y llevaba mantas para su esposo y camisetas y hachas para la leña de los qúes, con las esteras que se ponían a las espaldas, y cinchos. Y ataviábanse todas las mujeres que llevaba consigo y liaban todas sus alhajas, petacas y algodón que hilaba; y partíase junto con sus parientes y aquellas mujeres, y un sacerdote o más.

 Por su parte, en la casa del novio se habían preparado tamales de gran tamaño de frijoles, mantas, ollas, maíz, chile, y una variada vestimenta femenina. Al llegar la comitiva de la novia, la colocaban en el centro de un cuarto donde se encontraba el sacerdote que los habría de casar, el cual pronunciaba las siguientes palabras: Esta envía tal señor, ques su hija. Plega a los dioses que lo digáis de verdad en pedilla y que seáis buenos casados Plega a los dioses que seáis buenos casados y que os hagáis beneficios. Mirá, que señalamos aquí nuestra vivienda de voluntad, no lo menospreciemos ni seamos malos, porque no seamos infamados y tengan qué decir del señor que dio su hija. Pues, haceos beneficios y haceos de vestir. No lo tengáis en poco; no se mezcle aquí otra liviandad en esta casa, ni de algún adulterio. Haceos bien e sed bien casados. Mirá, no os mate alguno por algún adulterio o lujuria que cometeréis; mira, no os ponga nadie la porra, con que matan, encima los pescuezos y no os cubran de piedras por algún crimen.

Dicho lo cual pasaba a dar consejos a la joven acerca de cómo debía comportarse para no dar de qué hablar. Lo mismo hacía con el marido, aconsejándole que, si advertía que su mujer era adúltera, tenía el derecho de devolverla a su casa paterna sin hacerle daño. En seguida, el padre del novio decía unas palabras, daba las gracias a su suegro y aseguraba que estaría vigilante del matrimonio: …muchas mercedes nos ha hecho nuestro hermano; plega a los dioses que sea ansí como se ha dicho y que nos oyésedes. Cómo, ¿yo no los amonestaré también a estos mis hijos? Ya nos ha dado nuestro hermano su hija, porque somos y tenemos nuestra cepa aquí, y aquí nos dejaron nuestros antepasados, los chichimecas».

En cuanto terminaba el discurso, los asistentes a la boda daban cuenta de los tamales de frijoles y de otras exquisiteces más. Luego, el padre de la casada le mostraba a su yerno las sementeras que les otorgaba para que fueran trabajadas y produjeran buenas cosechas. Una vez que los familiares de la recién casada se retiraban, el padre de ella enviaba un obsequio a su consuegro.

Si la pareja que quería casarse no era de alto rango, sino gente del pueblo común y corriente, los parientes del novio hablaban con los parientes de la novia elegida y se intercambiaban regalos y la novia acudía a la casa de su prometido con su ajuar. En este caso no había ceremonia donde participaran sacerdotes. Todo era más sencillo. En seguida, el padre de la novia se dirigía a ella y pronunciaba las siguientes palabras:

Hija no deges á tu marido hechado de noche y te vayas á otra parte á hacer algún adulterio, mira no seas mala no me hagas este mal, mira que serás agüero y 110 vivirás mucho tiempo mira que tu sola buscarás tu muerte, quiza tu marido entra en los cues á la oración y tu sola buscarás tu muerte que no matarán mas de á tí, mira que no andaba yo así que soy tu Padre, que me harás hechar lagrimas metiendome en tu mal oficio y 110 solamente matarán á tí sino á mí también contigo, porque así era costumbre que por el mal oficio de uno, mueran sus parientes ó padres. Y así la embiaba en casa del marido ó moraban juntos.