Guaidó, la herencia maldita de Donald Trump para Joe Biden

29 de enero de 2021

Para Fabián Campos Hernández el reconocimiento de la Casa Blanca a Juan Guaidó es darle vida artificial a un cadáver insepulto que le complicará a Joe Biden toda la agenda global

Una de las definiciones políticas más importantes que se presentan en las relaciones internacionales de Estados Unidos con el mundo es la concerniente a Venezuela. Anthony Blinken, propuesto como secretario de Estado, anunció esta semana que seguirán reconociendo a Juan Guaidó como presidente de ese país. Joe Biden sabe que su decisión va en contra de fuertes evidencias que aconsejarían un retiro inmediato de dicha posición.

En Washington conocen el uso turbio que el grupo opositor ha hecho de las reservas internacionales venezolanas, mismas que han servido para enriquecer al propio Guaidó y su circulo más intimo. En el Departamento de Estado tienen conocimiento de que la oposición venezolana se fracturó desde hace mucho tiempo y que Juan Guaidó ya no cuenta como un elemento aglutinador de las fuerzas políticas contrarias al gobierno bolivariano. Por otro lado, esta misma semana, Javier Nieto Quintero, uno de los jefes militares venezolanos que acompañarían la invasión mercenaria de la “Operación Gedeón”, declaró su ruptura con Juan Guaidó y su grupo. Por lo que el reconocido presidente ha visto disminuidos fuertemente sus apoyos políticos y militares nacionales. Además de ya no tener la representación popular que le daba cobertura formal a su autoproclamada presidencia.

Ante ese panorama nacional ¿Por qué Joe Biden le apuesta a Juan Guaidó? Principalmente porque es la única herramienta que tiene actualmente para construir su agenda bilateral. Retirarle el apoyo a Juan Guaidó, sin tener un nuevo testaferro, significa, desde su perspectiva, perder desde antes de sentarse a la mesa de negociaciones con Nicolás Maduro. Pero esta decisión se vuelve más complicada cuanto se le agregan otros elementos de la agenda mundial.

Joe Biden se ha comprometido a retomar el camino del multilateralismo y a volver a poner a la OTAN en el primer plano de la seguridad global. En ese escenario, Anthony Blinken deberá navegar a contracorriente para convencer a la Unión Europea a que se sume a su perspectiva sobre Venezuela. Sobre todo, cuando algunos gobiernos de ese continente han reconocido la validez de las elecciones legislativas que eliminaron el fuero y la formalidad legal de la “presidencia” de Juan Guaidó.

Uno de los elementos que le impidieron a Donald Trump acabar con el gobierno de Nicolás Maduro fue la firme posición de Rusia de defender sus intereses en Venezuela, incluso mandando fuerzas militares ante una posible invasión. La bancada demócrata en Congreso, bajo el liderazgo de Nancy Pelossi, han sostenido que la principal amenaza a su seguridad nacional viene del gobierno de Vladimir Putin. Reconocer a Juan Guaidó es una de las primeras piedras en la que se construye una relación bilateral que será muy complicada los siguientes cuatro años.

Por otro lado, Joe Biden se comprometió durante la campaña a retomar las negociaciones con Siria e Irán. De no lograrlo en el corto tiempo, el escenario en Medio Oriente seguirá degradándose y dificultará uno de los objetivos primordiales de la política exterior estadounidense, lograr que los países islámicos acepten reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Una fuerte postura antiestadounidense y antiisraelí de estos países es una gran oportunidad para que Rusia consolide su presencia en la región. Y allí vuelve a jugar el reconocimiento de la Casa Blanca a Juan Guaidó. Irán es otro de los principales aliados de Nicolás Maduro y seguramente incluirá el tema en la agenda bilateral.

Ya en el plano latinoamericano, reconocer a Juan Guaidó implica para Joe Biden quedar muy cerca de Jair Bolsonaro, Lenin Moreno, Sebastián Piñera e Iván Duque, náufragos del “Grupo de Lima”. La decreciente popularidad de los presidentes de Brasil, Ecuador, Chile y Colombia por su manejo de la crisis del Covid-19 abren la posibilidad de cambios políticos en esos países y son otro lastre para Washington en la agenda regional y en su política hacía Venezuela. Además, reconocer a Juan Guaidó implica para la Casa Blanca voltear la mirada ante las relaciones del autoproclamado presidente con los cárteles del narcotráfico y los grupos paramilitares colombianos y su utilización por parte de Donald Trump como contraparte en su lucha contra Nicolás Maduro.

Por otro lado, el anuncio de Anthony Blinken implica un tema de roce con México y Argentina quienes han solicitado de manera reiterada que el camino a la salida a la crisis venezolana sea mediante la negociación. Además de enfrentar a Joe Biden desde el principio con el nuevo gobierno boliviano.  

 En la perspectiva de la Casa Blanca sostendrán el reconocimiento a Juan Guaidó hasta que no tengan otro testaferro. Una opción que les tomará tiempo construir. Mientras tanto darán vida artificial a un cadáver insepulto que le complicará a Joe Biden toda la agenda global. Es la herencia maldita de Donald Trump, aderezada por su propia incapacidad para dar forma a una nueva agenda en las relaciones interamericanas.

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