La lección de vida

Diego Rodrigo Vázquez Romero escribe: “Estaba prohibido darle ánimos a los castigados, o interceder por ellos, había una amenaza de compartir el mismo destino y nadie estaba dispuesto a ello”

Imagen: Lizeth Elizalde

Cuando era apenas un niño, sus papás lo llevaron al gimnasio municipal a presenciar un partido de exhibición. El equipo local se enfrentó al de la Universidad Nacional, el evento fue difundido por radio y televisión, por lo que se esperaba un lleno total. Al niño le maravillaron las capacidades físicas de los jugadores, la calidad de su juego y la garra con la que peleaban cada punto para ganar el partido. El ambiente en el gimnasio era explosivo, el público gozaba cada jugada al máximo y sin duda fue un encuentro memorable. El niño, que practicaba la disciplina en su escuela, le prometió a sus padres que algún día vestiría los colores de la Universidad Nacional.

En la secundaria aprendió los fundamentos técnicos y elementos básicos de la disciplina. Por las tardes entrenaba en un deportivo cercano a su escuela bajo la supervisión de su maestro de educación física. Participó en varias competencias locales y aprendió pronto a lidiar con los nervios, a concentrarse y disfrutar del juego. No había cosa que lo hiciera más feliz, tenía a sus amigos en el equipo, quería mucho a su maestro y le encantaba que sus papás compartieran su alegría y emoción.

Muchas noches se soñó usando el uniforme de la Universidad Nacional, brincando por los aires anotando puntos para su equipo, ganando partidos imaginarios y recibiendo ovaciones de una multitud onírica. Bajo el encanto de Morfeo sentía el orgullo de sus padres y su propia felicidad al practicar el deporte que le había fascinaba.

Durante la preparatoria jugó en el equipo de la escuela, tenía un entrenador bastante campechano que promovía la integración, la cordialidad y la amistad en el equipo. Aunque no eran tan buenos, se esforzaban mucho y cada derrota significaba una oportunidad de aprendizaje. En ese equipo, aprendió a formar parte de un colectivo, a trabajar en grupo, a esforzarse y a dar el máximo esfuerzo en los partidos. A veces perdían, a veces ganaban, pero él disfrutaba mucho jugar y compartir la experiencia con su equipo.

El examen de ingreso a la Universidad Nacional era bastante difícil y la carrera que deseaba era de las más demandadas, así que puso los entrenamientos en pausa y se dedicó a prepararse para esa prueba que parecía imposible de superar. El esfuerzo valió la pena ya que tuvo la fortuna de ser aceptado. Esto implicaba mudarse a la capital, cambiar de vida completamente y dejar atrás a sus papás y todo lo que había conocido hasta ese momento.

Instalado en la gran ciudad, todo le resultaba extraño, no conocía nada, sólo sabía el camino de ida y regreso para la facultad. Afortunadamente su compañero de departamento estaba en la misma situación que él, así que fueron aprendiendo a gestionar la libertad y aprendieron a ser responsables de sí mismos.

Cuando se acostumbró a su nueva dinámica, buscó la forma de entrar al equipo. Pidió información con propios y extraños y fue a dar al gimnasio en donde entrenaba el equipo universitario. Tuvo la suerte de ir el día en que estaban haciendo pruebas para nuevos jugadores, no tuvo problemas para acreditarlas. Sabía jugar, tenía buena coordinación, era ligero y contaba con buena capacidad aeróbica.

Empezó a entrenar regularmente después de clases. Para el muchacho era como vivir el sueño que alguna vez tuvo. El gimnasio era impresionante, sus compañeros jugaban muy bien y la simple idea de pertenecer al equipo lo hacía sentir feliz. Su experiencia en la universidad estaba completa y no había nada que lo superara. Caminaba por los pasillos de la facultad contento al saber que, en las competencias, representaría a cada una de las personas que estudiaban y trabajaban en la universidad; pensar en eso, lo llenaba de orgullo y felicidad.

Se aplicó para mejorar en lo técnico, táctico y le puso mucho empeño al aspecto físico. Llegaba temprano al gimnasio, realizaba los ejercicios con pesas que le habían asignado, corría media hora y después se preparaba para el entrenamiento. Todos los días terminaba agotado, tanto, que por las noches le costaba trabajo dormir. Amanecía con el cuerpo adolorido y se sentía cansado la mayor parte del día, dormitaba en las clases de la mañana y por las tardes, cuando hacía tarea en la biblioteca, el sueño lo vencía. Trataba de encontrar la forma de equilibrar el estudio y el deporte, pero le estaba costando mucho trabajo.

El entrenador no les daba mucha participación a los nuevos jugadores. Sólo les pedía que lo asistieran a recoger el material, que estuvieran listos para ayudarle y en ocasiones les asignaba ejercicios técnicos individuales, que en apariencia no supervisaba. Si los novatos hacían lo que él les pedía, sin cuestionar ni chistar, les iba dando poco a poco participación en los ejercicios colectivos.

Con el tiempo, los novatos se fueron integrando y él fue el único al que casi no tomaban en cuenta para participar en los ejercicios. Sin embargo, cuando llegaba su momento, siempre lo agarraban desprevenido, con el cuerpo frío y con la mente dispersa. En esos momentos, el muchacho estaba tan desconcentrado y tenía el cuerpo tan entumido y tieso que le costaba mucho trabajo realizar los ejercicios, aunque se motivaba por la oportunidad que tenía, terminaba cometiendo errores muy simples, a lo que el entrenador reaccionaba de la peor forma.

Le hacía ver lo torpe y descoordinado que era, le decía que era una pérdida de tiempo, señalaba su físico, se burlaba de su cuerpo, de sus brazos delgados, de sus piernas lampiñas, lo comparaba con animales, con cosas, lo insultaba, le daba zapes, le azotaba las piernas para que se agachara e hiciera bien la técnica, le pegaba en el pecho para que se pusiera derecho, lo obligaba a tirarse al suelo y le aventaba balones para que reaccionara y se defendiera, etcétera. Cotidianamente era señalado y exhibido ante sus compañeros como un mal jugador. El muchacho sólo bajaba la mirada en espera de una segunda oportunidad, cosa que nunca llegaba.

Después de la humillación pública y como castigo por sus errores, el entrenador lo mandaba a correr durante el resto del entrenamiento y, si se detenía o bajaba el ritmo, le asignaba más tiempo o le ordenaba que hiciera lagartijas o burpees hasta que no pudiera más. El muchacho hacía lo que el entrenador le decía, ante la mirada de sus compañeros que lo veían sufrir y que no podían hacer nada por él. Cuando fueron novatos ellos habían pasado por lo mismo, así que al muchacho le tocaba aguantar la chinga. Además, estaba prohibido darle ánimos a los castigados, o interceder por ellos, había una amenaza de compartir el mismo destino y nadie estaba dispuesto a ello. Los integrantes del equipo guardaban un silencio cómplice con el entrenador, nadie lo cuestionaba, simplemente las cosas eran así.

Durante los castigos, el muchacho repasaba sus errores y las palabras que le había dicho el entrenador. Saberse incapaz de cumplir con lo que se esperaba de él lo hacían sentir mal y dudaba de sí mismo. Recordaba el tiempo cuando era feliz practicando el deporte, no tenía idea por qué no podía responder como el entrenador quería, además le preocupaba darse cuenta de que a ningún otro novato recibía tantos castigos, se sentía inseguro y triste por ello. Cuando terminaba el entrenamiento, estaba agotado, moralmente abatido y con el cuerpo adolorido. Le costaba trabajo hasta caminar.

El tiempo fue pasando y se acostumbró a la carga física. Empezó a descansar mejor por las noches, hizo un esfuerzo por comer bien y encontró un horario que le acomodaba para no dejar de cumplir con sus actividades académicas y sociales. Durante los entrenamientos se concentraba mucho para no cometer errores, y aunque lo seguían castigando, poco a poco fue mejorando. Sus compañeros se lo empezaron a reconocer y él se sentía muy contento con los progresos que tenía.

A pesar de sus esfuerzos, la exigencia del entrenador era implacable y no le permitía la más mínima duda o error. Cuando hacía las cosas bien, hacía un gran alboroto para atribuir los logros del muchacho a la suerte o a la casualidad. Así que lo retaba para que volviera a hacer las cosas, una, otra y otra vez, hasta que inevitablemente, el muchacho fallaba. Ya ves cómo estás bien pendejo, órale ya te sabes tu chinga. El muchacho, en automático obedecía: corría, saltaba, hacía lagartijas, sentadillas, cargaba, levantaba, iba y venía, acompañado de una perorata de insultos y maldiciones por parte del entrenador.

Miles de veces pensó en salirse del equipo, en abandonarlo todo, en responderle al entrenador, en golpearlo y en mandarlo a chingar a su puta madre, pero se aguantaba porque quería cumplir el sueño de vestir los colores de la Universidad Nacional.

Como parte de la preparación para el torneo nacional, se programaron una serie de partidos de práctica, por lo tanto, era necesario que todos estuvieran uniformados. Así que, en una ceremonia solemne, en la que el entrenador permaneció al margen, el capitán del equipo fue entregando a veteranos y novatos, el uniforme que vestirían de ahora en adelante. El muchacho estaba muy nervioso. Le asignaron el número 18 y, en el momento en el que tuvo la playera en sus manos, la emoción lo invadió y no cabía de felicidad, sin duda ese momento lo recordaría toda su vida. Les pidió a sus amigos que lo retrataran vistiendo la playera y a pesar de haber sudado a mares ese día, se fue a su casa portando el uniforme, orgulloso y completamente feliz.

Los partidos de práctica eran difíciles, el equipo fue agarrando ritmo y poco a poco se fueron integrando. Él tenía muy poca participación, había juegos en los que el entrenador ni siquiera lo volteaba a ver, había otros donde entraba a la cancha, sólo para volver a salir inmediatamente. Pero, hubo un juego en particular en el que logró hacer varios puntos, el muchacho emocionado brincaba de alegría por toda la cancha, sacándole una sonrisa a todos sus compañeros. Sabía que sería difícil que lo escogieran para el equipo que iría al nacional, pero tenía fe en que le dieran una oportunidad.

El día previo a la competencia en lugar de práctica, el entrenador habló con los muchachos. Los reunió en la cancha y les ofreció un discurso muy elaborado sobre el compromiso, la entrega, la importancia del trabajo colectivo y en especial sobre los valores que unían y le daban identidad al equipo: la lealtad, la disciplina, la reciprocidad, la humildad y la justicia. El muchacho no pudo evitar reírse al escuchar a su verdugo hablar de justicia, le parecía una completa y vil ironía. El entrenador interrumpió el discurso y le preguntó al muchacho de qué se reía. El joven sin poder contenerse, le hizo ver lo injusto que había sido con él y con los demás miembros del equipo. Además, señaló lo incongruente que le resultaba el discurso que les estaba ofreciendo.

El entrenador sorprendentemente tranquilo le respondió que parte de la preparación de un deportista era tener una mente fuerte y que sólo los mejores tenían el honor de vestir los colores de una institución como la Universidad Nacional, que él desgraciadamente no tenía lo suficientes huevos como para ser parte de ningún equipo, porque según el entrenador, los mejores jugadores eran los obedientes y cumplidos y que él era un rebelde y una manzana podrida que contaminaba a los demás.

El muchacho estaba acostumbrado a toda clase de insultos provenientes de su entrenador, pero se le cayó el mundo cuando lo escuchó decirle: Necesitamos que nos devuelvas tu uniforme, hay una persona que va a ser parte del equipo y que va a usar el número de la playera que tienes. Tú nunca vas a poder pertenecer a un equipo, porque no puedes ser humilde y mucho menos solidario, tú crees que juegas muy bien, pero no es así. No estás listo y no creo que alguna vez lo estés, si no cambias tu forma de ser, jamás harás nada de tu vida. Esto es por tu bien, es una lección para ti. Esfuérzate más. Con esas palabras el entrenador desbarató el sueño del muchacho y como un autómata, el joven entregó el uniforme.

Salió de ahí corriendo para que no lo vieran llorar. Completamente fuera de sí, se fue gritando groserías e improperios al aire, todo el camino de regreso a su casa. Iba mentándole la madre al entrenador, entre lágrimas de coraje y carcajadas de nervios, no podía creer que hubiera gente tan culera. Con todo el dolor de su corazón, decidió no regresar al equipo.

Aunque se sentía triste aprovechó todo el tiempo libre con el que contaba para estudiar y divertirse con sus compañeros y amigos de la facultad. El semestre terminó y obtuvo buenas calificaciones. Durante el receso académico, estando en casa de sus papás, lo invitaron a jugar un torneo en el gimnasio municipal. Fue el máximo anotador de su equipo y de las mejores experiencias deportivas que había tenido hasta ese momento. Sus amigos le reconocieron que jugaba mejor que antes, sus cualidades físicas y el gusto que les daba que hubiera regresado a sus orígenes.

De ahí en más, el muchacho se dedicó a gozar su experiencia como estudiante y en cuanto tuvo la oportunidad, ingresó a una empresa como becario. Al poco tiempo lo contrataron como practicante y luego como auxiliar. Era muy diligente, sabía trabajar en equipo y proponía soluciones que resultaban efectivas. En cuando terminó los créditos de la licenciatura, aplicó para una vacante en una empresa más grande y lo aceptaron. Poco a poco, se fue metiendo en el trabajo y consiguiendo pequeños logros que iban sumando a su carrera profesional.

Continuó en la empresa y aunque tenía estabilidad y un buen salario, necesitaba nuevos retos. Así que se asoció con unos colegas y juntos montaron una consultoría. Al principio les fue difícil, pero después las cosas fueron mejorando, ganaban proyectos, creció su cartera de clientes y después de un tiempo obtuvieron un financiamiento para expandirse y crecer. Él se sentía muy contento y como parte de las actividades recreativas y de integración con sus empleados, organizaba días de campo en los que promovía el deporte que tanto le gustó desde la infancia.

Muchos años después, por pura casualidad, se encontró con el entrenador en un centro comercial. Lo reconoció en la entrada de una cafetería y sorprendentemente el entrenador lo saludó y abrazó con mucho entusiasmo. Le preguntó sobre su vida y a qué se dedicaba. Cuando le platicó sobre su negocio, el entrenador disimuló como pudo el llanto que le venía y que trataba de contener. El muchacho se sorprendió y le preguntó si todo estaba bien.

Se sentaron a tomar un café y el entrenador le contó a su exalumno que había perdido el empleo porque varios padres de familia lo habían denunciado por abuso de autoridad y acoso hacia los alumnos.

¿No te parece que son mamadas? Los chavos de ahora están muy mal, no se les puede tocar, ni decir nada. Yo tengo una vida siendo entrenador y mi método es ese, tengo que motivarlos para que saquen lo mejor de sí mismos, para que logren cosas, no sólo en la cancha, sino en la vida. Por ejemplo, tú, ve todo lo que has logrado. Si no hubiera sido por personas como yo, que te impulsaron, no hubieras hecho nada. ¿O sí? ¿Cuánta gente se queda ahí, sin hacer nada de su vida, porque nadie les llamó la atención en su momento? Y ahora resulta que a los chavos no se les puede motivar, todo se lo toman a mal. Los papás estás bien pendejos, al protegerlos así, sólo los están dañando, ¿te imaginas como van a ser estos chavos? No van a tener los huevos para enfrentar la vida… Estas personas, se la mamaron, me chingaron completamente, no se vale. El exentrenador siguió pensando en voz alta y el muchacho se dedicó a escucharlo.

Se despidieron y el entrenador conmovido le dijo al muchacho que le llenaba de orgullo que todas las lecciones que le enseñó tuvieran efecto y que se sentía contento por él, que siguiera igual. Intercambiaron teléfonos y prometieron seguir en contacto. El muchacho no pudo evitar sentir lástima por aquel hombre y pensó en lo relativas e irónicas que son las lecciones que nos da la vida.