Nueva presidencia en Estados Unidos, nueva dinámica en América Latina

22 de enero de 2021

Para Fabián Campos Hernández el mandato de Joe Biden tiene ante sí varios desafíos, entre ellos modificar varias de las decisiones que Donald Trump implementó a lo largo de los pasados cuatro años y revertir sus consecuencias

El miércoles de esta semana Joe Biden tomó posesión como el presidente 46 de los Estados Unidos. Su mandato tiene ante sí varios desafíos, entre ellos modificar varias de las decisiones que Donald Trump implementó a lo largo de los pasados cuatro años y revertir sus consecuencias. Algunas de ellas, como el regreso al Acuerdo de París sobre el cambio climático o medidas para contener los contagios por la Covid-19 en su país, representan esperanzas en el mundo. El negacionismo encabezado el expresidente en ambas situaciones implicaron riesgos profundos no solamente para los Estados Unidos sino para el resto del planeta.

En el plano de las relaciones interamericanas, la presidencia que recién comienza también enarbola modificaciones. En su primer día como mandatario, Joe Biden firmó la cancelación de la construcción del muro fronterizo entre Estados Unidos y México, así como una iniciativa para mantener el programa de los Dreamers y para permitir la ciudadanía de algunos migrantes ilegales que se encuentran ya en su territorio. Muchos de los cuales son de origen latinoamericano. De la misma manera, el nuevo presidente ha prometido un paquete de ayuda económica a Centroamérica destinado a crear oportunidades de trabajo en la región, conteniendo así la migración. Lo que significa un cambio importante sobre como se conceptualiza desde Washington el problema migratorio y sus posibles rutas de solución.

Durante la campaña presidencial, Joe Biden se pronunció también sobre otros temas de la agenda latinoamericana que de implementarse decisiones al respecto modificaran las relaciones regionales. Uno de ellos es el retorno al proceso de entendimiento y cooperación entre Washington y La Habana que implicarían un relajamiento de las sanciones que implican el aún vigente bloqueo económico sobre Cuba. O por lo menos la contención en la escalada encabezada por la administración Trump.

Aunque estas medidas pueden representar cambios importantes entre el nacionalismo, aislacionismo y racismo radical de la era Trump y el multilateralismo y discurso de inclusión representativo de los demócratas, estos cambios no representan el fin del imperialismo estadounidense. Donald Trump se comprometió infructuosamente en “volver a hacer grande a América”. Joe Biden busca recuperar la hegemonía estadounidense de otras maneras. Tal vez menos aparatosas. Tal vez más efectivas. Pero ambas tienen el mismo objetivo.

El intervencionismo estadounidense no va a concluir con la llegada del nuevo presidente. Durante su campaña y desde antes, Joe Biden ha declarado reiteradamente su posición contra el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua, de Nicolás Maduro en Venezuela y fue crítico reiterado de las políticas implementadas por el MAS, partido que regresó al poder en Bolivia después del golpe de Estado promovido desde la Casa Blanca.

Además, Joe Biden ha nombrado en puestos clave del aparato de las relaciones interamericanas a personajes del bando de las “Palomas” que estuvieron muy cerca de las decisiones que llevaron al golpe de Estado contra Mel Zelaya en Honduras. Estos mismos personajes, fueron participes de las campañas en contra de los gobiernos progresistas en Brasil, Uruguay, Argentina y Ecuador durante la administración de Barack Obama. De tal manera que la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca no representa un quiebre con la política históricamente dada de las relaciones interamericanas.

Aún cuando se quisiera poner el acento en las medidas más expresamente contrarias a la política de Donald Trump, estás requerirán de mucho más tiempo y en lo inmediato no va a cambiar la política que ha prevalecido durante los pasados cuatro años. Joe Biden ha firmado un decreto para que se suspenda ya el acuerdo de Tercer País Seguro que obliga a los inmigrantes ilegales a permanecer en México hasta tener su cita con el Servicio de Migración de los Estados Unidos en busca de un ingreso legal a ese país. Pero los migrantes que esperan en la zona fronteriza se mantendrán todavía, por lo menos, lo que resta del primer semestre del 2021.

En este momento una caravana de migrantes centroamericanos se encuentra transitando por Guatemala, burlando el cerco y la represión del gobierno de Alejandro Giammattei. A pesar de las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, nada indica todavía que México cambiará su política de colocar a sus fuerzas castrenses para impedir que lleguen a la frontera norte.

Joe Biden puede tener una visión diferente sobre la migración, sus causas y soluciones, pero no permitirá que los cientos de miles de centroamericanos que huyen de la pesadilla de sus países lleguen a los Estados Unidos. Continuará exigiendo se contengan las caravanas de migrantes, se endurezcan los controles migratorios y le apostará a que a largo plazo puedan crearse condiciones económicas y sociales que inhiban la migración. Hasta que eso suceda, los gobiernos latinoamericanos involucrados seguirán fungiendo como una extensión extraterritorial e ilegal de la política migratoria estadounidense.

Hay cambios, sí. Pero estos no son ni los esperados por los latinoamericanos ni conducen a una solución definitiva a la crisis creada por Estados Unidos y el neoliberalismo y que se ha profundizado con la pandemia por la Covid-19.

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