Orden o desorden

28 de enero de 2021

Para Arturo Chávez Carmona, si no cuidamos la base natural de nuestra economía, de nuestro orden de cosas, como modelo civilizatorio nos conducimos al irremediable colapso, tarde o temprano

Foto: Wendy Rufino

Vivimos en una civilización que ordena la vida según su racionalidad económica, no hay un viso de elementos de racionalidad ecológica en ese orden civilizatorio. Nos olvidamos como sociedad, como individuos, como Estado Nación organizado, de nuestra matriz biológica original, como si fuéramos ajenos a esta Tierra, madre de todo lo viviente, y nos volvemos contra ella, contra sus bosques, sus suelos, contra el propio aire que respiramos.

Desde que pasamos en el siglo XIX a una era de industrialización, de organización del trabajo en serie y predominancia de las maquinas en la producción de bienes, consumimos energía para el movimiento de ese ciclo productivo. La menos reconocida y más común es la energía del trabajo, del trabajo social, el trabajo humano. Poco valorada, mal pagada. Lo más es la energía del vapor, la leña, los combustibles fósiles, la energía eléctrica, la solar, la de los vientos. Opciones todas que al paso del tiempo en el siglo XXI que corre, tenemos enfrente para mover la parafernalia económica en que estamos envueltos.

Los elementos de racionalidad ecológica los intenta emitir el Estado a través de leyes y normas que no tienen la suficiente supervisión y sanciones para su aplicación. Las empresas, las industrias productoras de bienes y servicios marchan impunes ante muchas de sus afectaciones al medio natural y a los organismos animales y vegetales de su entorno. Pero en esto no debería ser la coacción la que impusiera un orden distinto, adaptado a la previsión de impactos ambientales negativos, debiera ser un conocimiento de causa, ahora sí, una conciencia de todos, de que somos seres vivientes, producto de esa matriz que es la naturaleza. Y si no cuidamos la base natural de nuestra economía, de nuestro orden de cosas, como modelo civilizatorio nos conducimos al irremediable colapso, tarde o temprano.

Por ello no debemos alarmarnos cuando hay movimientos de protesta de algunos grupos sociales, movimientos que impugnan la deforestación, la pérdida de selvas tropicales, el crecimiento de las huertas de aguacate a costa de los bosques, la contaminación de las aguas, del aire, la perdida de hábitats y su biodiversidad. Debemos alegrarnos, porque son síntomas de que hay puntos de luz de otra conciencia, de que somo un todo en este sistema universal que hizo posible la vida. Las pinturas de Van Gogh, las catedrales góticas, ciudades como París, Londres o Nueva York, poemas como los que escribió Walt Withman en Hojas de Hierba, “Respiro la fragancia de mi mismo, la conozco y la gozo…”.