Construir relaciones igualitarias entre mujeres y hombres (1 de 2)

Para Diego Rodrigo Vázquez Romero, lograr la igualdad sustantiva implica modificar las circunstancias que impiden que las personas puedan ejercer plenamente sus derechos y tener acceso a oportunidades de desarrollo mediante medidas estructurales, legales y/o de política pública.

Imagen: Pablo González

En nuestro país, existe un nutrido compendio legal, desde la constitución, leyes, programas y acuerdos internacionales, a los que México se ha suscrito y que versan en pro de la igualdad entre las personas. De hecho, somos uno de los países en donde, legislativamente, se ha avanzado mucho en el tema. Tenemos leyes para prevenir y erradicar la discriminación, para garantizar el acceso de las mujeres a una vida sin violencia, para la igualdad entre mujeres y hombres, así como un sinfín de reglamentos, leyes secundarias, programas y un largo etcétera. En otras palabras, de manera formal, todas las personas tenemos todos los derechos… sin embargo, la realidad es otra.

México enfrenta profundas y lacerantes desigualdades estructurales, tales como: pobreza, exclusión social, violación sistemática de derechos, corrupción, impunidad, discriminación, entre otras muchas, que se agravan y profundizan cuando las que las padecen son mujeres, debido a la terrible violencia de género imperante.

Según datos del INEGI de 2019[1], de las 46.5 millones de mujeres mayores de quince años que habitan el país, 66.1% de ellas habría sufrido algún tipo de violencia al menos una vez en su vida.

La pandemia por COVID-19 ha dejado al descubierto las líneas divisorias de la injusticia y las desigualdades más profundas las cuales determinan quién sufre y quién prospera. Esta coyuntura significa una amenaza ante cualquier avance que se haya logrado respecto a los derechos humanos, la igualdad de género y la justicia social. Las desigualdades, injusticias y vejaciones que padecíamos, se han agravado y profundizado, exponiendo diversas crisis (de salud pública, económica, de gobierno) que tendremos que sortear en los años venideros.

En los primeros meses de la pandemia se dispararon las llamadas de emergencia relacionadas con la violencia de género. De enero a junio de 2020 se reportaron 132,110 llamadas de emergencia relacionadas con presuntos actos de violencia contra mujeres y niñas[2]. Mientras, el primer mandatario del país desestimaba estos hechos, acusándolos de llamadas falsas.

El aumento sistemático de noticias relacionadas con feminicidios y agresiones hacia mujeres, se volvió algo cotidiano.

La industria del entretenimiento (que distribuye películas y series en plataformas de streaming y a través de los medios tradicionales) aborda temáticas que versan sobre la violencia contra de las mujeres. Como ejemplo, David E. Kelly, creador de las series Little Big Lies y The Undoing, utiliza la violencia contra las mujeres como el hilo conductor de sus historias. A través de tramas intrincadas que mantienen al espectador al borde del asiento, devorando episodio tras episodio hasta concluir la serie. Se trata de producciones millonarias, con grandes actores y actrices que se vuelven muy populares, lo que trae como resultado que la propia industria las premie, recibiendo cualquier cantidad de galardones, reconocimiento y fama internacional.

En ese sentido, la violencia de género se presenta como un espectáculo para nuestro entretenimiento, esto constituye, en palabras de Rita Segato, una pedagogía de la crueldad, que nos enseña a entender la violencia contra las mujeres como algo normal, como un fenómeno que no se puede resolver y que está fuera de nuestro control.

Sin embargo, lo que se muestra en la televisión, en los periódicos y en las pantallas de nuestros celulares, ocurre en nuestras vidas cotidianas. Según datos del INEGI, durante 2018, cada día fueron asesinadas 10 mujeres. La violencia de género está fuera de control.

Lejos estamos de aspirar a una igualdad sustantiva, entendiéndola como el derecho de todas las personas al acceso a oportunidades y al reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos y de las libertades fundamentales.

Esto quiere decir que, para lograr la igualdad sustantiva, se deben modificar las circunstancias que impiden que las personas puedan ejercer plenamente sus derechos y tener acceso a oportunidades de desarrollo mediante medidas estructurales, legales y/o de política pública.

También quiere decir que estamos ante el reto y necesidad (casi utópicas) de transformar nuestra forma de relacionarnos como sociedad. Esta urgencia nos incumbe a todas y todos.

Uno de los graves problemas a los que nos enfrentamos (además de esta violencia infame) es que el (escaso) planteamiento de políticas públicas en pro de la igualdad, se conciben como un asunto que concierne sólo a las mujeres y las pocas acciones que se implementan están dirigidas (casi exclusivamente) hacia ellas.

El Programa para la igualdad entre mujeres y hombres PROIGUALDAD 2020 -2024[3] es el principal instrumento de política pública, del actual gobierno que está enfocado en el tema. En dicho programa se plantean estrategias orientadas a garantizar los derechos de las mujeres a un trabajo digno, a la salud, a la educación, al bienestar y a una vida libre de violencia.

Dentro de las muchas estrategias que plantea el documento, tan sólo en un par aparecen enunciadas acciones que involucran directamente a los varones. La estrategia 4.2.3 plantea: “Implementar procesos comunitarios de trabajo educativo y cultural con niños y hombres jóvenes y adultos a fin de generar actitudes, comportamientos y normas sociales favorables a la no violencia y el respeto al cuerpo de las mujeres y las niñas.” No obstante, no se especifica cuáles son esos procesos comunitarios, en qué espacio se desarrollarían, bajo qué parámetros, con base en qué metodología… tal pareciera que esos enunciados se quedarán ahí, como buenas intenciones.

Todos los días en distintos espacios y ámbitos se reproducen situaciones que (en mayor o menor medida) contribuyen a la violencia de género. El problema es tan profundo y está tan enraizado en la estructura de nuestra sociedad que lo que logramos ver son manifestaciones crudas y terribles, e incluso algunas pasan desapercibidas ante nuestros ojos porque nos son tan cotidianas, que las normalizamos.

Es como si estuviéramos frente a un iceberg: en la superficie del agua sólo se asoma la punta que son las manifestaciones de violencia de género, pero todo lo que está debajo y que son las razones por las que esto ocurre, se encuentra en las profundidades más oscuras y que, definitivamente no están a la vista superficial, habrá que sumergirse para ser capaces de mirar la estructura que sostiene esa punta.

Estereotipos de género y masculinidades

A pesar de vivir en sociedades democráticas, libres y en apariencia plurales, los estereotipos asociados al género existen y persisten. Adoptar una perspectiva de género nos permitirá identificar, cuestionar y valorar la discriminación, desigualdad y exclusión hacia las mujeres que se justifica a partir de las diferencias biológicas entre mujeres y hombres. La perspectiva de género es una herramienta (producto de la lucha feminista) que permite reflexionar aquello que ha sido “normalizado” y “naturalizado”. A partir de esta perspectiva podemos identificar, cuestionar y resignificar el género.

Los estereotipos de género son creencias, actitudes dentro de un sistema social que opera a partir de las diferencias sexuales. Esto es: se espera que tanto hombres como mujeres por su condición natural (nacer hembra o varón) cumplan con ciertos roles en la sociedad, por ejemplo: afirmar que la función principal de las mujeres es la maternidad y la de los hombres es la de ser proveedores de una familia.

Desde los primeros años de la infancia (incluso antes del nacimiento), niñas y niños, a través de la interacción en distintos ámbitos sociales y culturales (familia, escuela, entorno), aprenden lo que se espera de ellas y ellos como niñas o niños. Y no sólo es a través de regaños, llamadas de atención, mimos y cariños, sino que las lecciones se dan, por medio de las conductas y formas de interactuar de los otros con las y los demás.

Como lo señala Judith Butler, el género es un acto performativo, es decir: el ser hombre o mujer es algo que se construye en lo cotidiano. Como individuos, aprendemos a ser hombres o mujeres a través del modelaje que recibimos y percibimos de las demás personas con las que interactuamos y que influyen en nuestras vidas; padres, madres, tías, tíos, hermanas, hermanos, amigas, amigos, maestras, maestros y los ejemplos sociales que aparecen en los medios de comunicación, novelas, películas, telenovelas, programas, series, música, es decir: nuestro entorno sociocultural.

Desde etapas muy tempranas, los niños socializados como hombres, aprenden que deben reprimir ciertas emociones que les vienen naturales, por ser asociadas con la debilidad y lo femenino (tristeza, miedo, afecto) y a privilegiar otras (enojo, alegría) al ser consideradas como masculinas. Esto sin duda tiene repercusiones en la socialización que los hombres tenemos a lo largo de nuestra vida y representa un riesgo para los demás y para nosotros mismos.

¿Qué son las masculinidades?

Son las construcciones sociales referidas a los valores culturalmente aceptados sobre las prácticas de los hombres. Las masculinidades se refieren a las diversas formas en que los varones sienten, piensan, actúan y se relacionan en la sociedad. En otras palabras, son los significados y las normas que dan sentido a los discursos que definen al género masculino. Existe una gran diversidad de expresiones de masculinidad y habrá tantas como hombres en el mundo. Sin embargo, existen ciertas pautas (mandatos) que definen y determinan el actuar de los hombres.

Como dijimos, el género es un acto performativo, en ese sentido los hombres aprendemos desde pequeños a demostrar que somos hombres. Ante las y los demás nuestro comportamiento no deberá dejar dudas de ser masculino, para reafirmarse en oposición a lo femenino. Por ello, un hombre tendrá que actuar como tal: al pararse, caminar, hablar, etcétera. Así que, prácticamente todas sus todas sus acciones y comportamientos buscarán demostrar que no es mujer.

Existen pautas que norman nuestras conductas como varones, por lo que podemos hablar de una masculinidad que es hegemónica, que se basa en el poder y en la imposición de niveles jerárquicos sobre las y los otros. La masculinidad hegemónica, es tradicional, machista y tiene sus manifestaciones en la asignación, apropiación y el ejercicio del poder de los hombres hacia las y los demás.

Este tipo de masculinidad opera a través de prácticas sociales que los hombres realizamos, que son normalizadas, que no se cuestionan y que prescriben cómo “debe ser” un hombre. Desde esta hegemonía se vuelve legítimo que exista un dominio de lo masculino sobre lo femenino, lo cual promueve y normaliza la desigualdad entre hombres y mujeres.

De esta forma, los hombres somos socializados (buscando la apropiación y el ejercicio del poder) y se espera que cumplamos con ciertos encargos de la masculinidad (Bonino, 2003)[4]:

  • Ser proveedor. Tener autosuficiencia económica, para ser el jefe de una o más familias. Ser el que trabaja, el que lleva el sustento a la casa y del que dependen sus integrantes. Ser la persona que toma las decisiones.
  • Ser protector. Defender y proteger (más no cuidar) a los demás y especialmente a las mujeres. Por ello, un hombre debe ser fuerte y apto. La protección se asocia con el ejercicio del poder y de control.
  • Ser procreador. La capacidad reproductiva del hombre se asocia a la fecundación. Un verdadero hombre tiene muchos hijos y de preferencia varones. Los hombres pueden vivir una sexualidad libre, a diferencia de las mujeres a quienes se les niega el derecho a decidir sobre sus cuerpos.
  • Ser autosuficiente. No necesitar ayuda, al considerarla como signo de debilidad. El hombre es autorrealizado, sabe tomar decisiones y vivir de forma independiente.

Al tratar de cumplir con estos encargos o mandatos, los hombres se encierran en algo denominado “La caja de la masculinidad[5]” que delimita la forma en la que debe ser un hombre y cómo debería ser su actuar.

Los hombres que están “dentro” de esa caja son principalmente heterosexuales, no lloran ni expresan emociones, son agresivos y dominantes, no demuestran miedo ni vulnerabilidades, les gusta tener el control de todo, incluidas las mujeres; son valientes, fuertes, atléticos, no necesitan ayuda de nadie, buscan ser exitosos y tomar decisiones importantes, son valientes, buscan mantener a una familia y sobre todo no deben actuar como “nena” o como mujer.

La siguiente semana continuaré analizando aspectos de la masculinidad hegemónica y algunas propuestas que resuelvan las inquietudes planteadas en el título de la columna.


[1] INEGI (2019) Estadísticas a propósito del día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer (25 de noviembre) consultado el 26/05/2021, disponible en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2019/Violencia2019_Nal.pdf

[2] El Economista (2021) https://www.eleconomista.com.mx/politica/Solo-en-los-primeros-seis-meses-del-2020-fueron-asesinadas-1844-mujeres-en-Mexico-Inegi-20210213-0002.html

[3]Diario Oficial de la Federación del 22 de diciembre de 2020. Disponible en: http://dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5608467&fecha=22/12/2020

[4] Bonino, Luis (2003) Masculinidad hegemónica e identidad masculina, en Dossiers Feministes 6, pp7-34. Disponible en: http://www.raco.cat/index.php/DossiersFeministes/article/viewFile/102434/153629

[5] Heilman, B., Barker, G. y Harrison, A. (2017). La caja de la masculinidad: un estudio sobre lo que significa ser hombre joven en Estados Unidos, el Reino Unido y México. Washington DC y Londres: Promundo-US y Unilever.