Eduardo Ruiz Álvarez

22 de mayo de 2021

Para Sonia Iglesias y Cabrera, Eduardo Ruiz fue uno de los políticos liberales más destacados por su trabajo como periodista, escritor e historiador

Corría el año de 1839 cuando el pueblo de Paracho, Michoacán, vio nacer a uno de los políticos liberales destacado por su trabajo como periodista, escritor e historiador, y por su pericia en la guerra y en la política. Sus padres le nombraron Eduardo.

Eduardo Ruiz, estudió la primaria en Uruapan y en Pátzcuaro, en el Colegio de San Nicolás aprendió jurisprudencia, y se graduó como abogado en el año de 1864 a los 25 años de edad.

En el ámbito de la política ocupó varios cargos: fue secretario del no menos famoso Vicente Riva Palacio, tuvo una jefatura en la Secretaría de Guerra y fue auditor del Ejército del Centro. A estas ocupaciones debemos agregar que fungió como diputado del Congreso del Michoacán y del Congreso de la Unión, Procurador General de la Nación y ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Como periodista colaboró como redactor en varios periódicos y revistas importantes como El Renacimiento, El Siglo XIX, Revista de México, entre otras más, incluso llegó a fundar el periódico Cupatitzio.

Cuando se encontraba estudiando la carrera de Derecho en la Universidad de San Nicolás de Hidalgo, gracias a una beca que le fuera otorgada por el gobernador Melchor Ocampo, las tropas invasoras francesas entraron a la ciudad de Morelia, y Eduardo tuvo que huir a la ciudad de Uruapan. Pero a pesar de las vicisitudes logró graduarse de abogado y decidió entrar al Partido Liberal, fundado a principios del siglo XIX y en el que participaban Benito Juárez, Porfirio Díaz y José María Iglesias, entre otros destacados miembros.

Cuando don Vicente Riva Palacio dejó la gubernatura del estado de Michoacán para irse de guerrillero, Eduardo Ruiz le acompañó en las batallas y llevó a cabo el registro de los hechos bélicos acontecidos en Michoacán y en el Estado de México, a la vez que luchaba como chicano. Además, nuestro político-escritor-soldado tenía la obligación de custodiar una pequeña imprenta donde se publicaba el periódico republicano que llevaba el nombre de Pito Real. Con el material recopilado in situ y con la experiencia adquirida en la lucha armada contra el imperio de Maximiliano, escribió su libro Historia de la Guerra de Intervención en Michoacán.

Este nacionalista liberal, cuyo estilo literario pertenece al Romanticismo del siglo XIX, publicó otras obras aparte de la mencionada. Entre ellas tenemos: Un idilio a través de la guerra, El despertar de un pueblo, Derecho Constitucional y Administrativo, Álbum de Uruapan, y su obra más famosa, Michoacán, Paisajes, Tradiciones y Leyendas.

En la última obra mencionada, Eduardo Ruiz trata acerca de la época prehispánica hasta la virreinal. En ella se nos habla del origen de la nación purépecha y de las hazañas de los indígenas dominados, pero con ansias libertarias. El libro se publicó en dos tomos. El primero salió en 1891 y el segundo en 1900, ambos ilustrados con muy bellas litografías. El libro lo dedicó a su esposa doña Francisca Salgado de Ruiz.

Leamos un fragmento de uno de sus relatos que tituló “Fratricidio”:

Eran los últimos días de Noviembre del año de 1519. La parte del lago de Pátzcuaro que se extiende al pie de la ciudad de Tzintzuntzan se rizaba en infinitas ondas de color plomizo como finísimo encaje de una sombría vestidura.

Solaba un viento helado y sutil que azotaba el rostro de los hombres, que atería los brazos de las mujeres y que obligaba á los niños á encerrarse en el interior de las habitaciones en torno de la lumbre del hogar. En el bosque, á impulsos del cierzo, se desprendían de los árboles las hojas marchitas que se arrastraban en el suelo produciendo un rumor siniestro,semejante al ruido de pasos de fantasmas invisibles.

De cuando en cuando, tañía lúgubremente la quiringua en lo alto de los templos, llamando á los fieles á la oración de la tarde.

II

A esa hora, el anciano rey Siguangua, recorría a pasos lentos el amplio corredor del palacio.

El cielo estaba terso y puro como lo está en esas frías noches de Noviembre en que parece que las estrellas titilan más rápidamente, en que la luna derrama más una luz argentina y en que es más insondable el abismo del espacio.

Pero no era para contemplar el misterio de la bóveda celeste para lo que el monarca había abandonado el interior de sus aposentos. Honda pena se dibujaba en su frente rugosa por los años y los pesares. De tiempo en tiempo sus ojos despedían una mirada de inquietud, fijándose ansiosos en la puerta del alcázar.

En ese día esperaba la llegada de los mensajeros que había enviado á México, en compañía de los embajadores del emperador Motecuhzoma, cuando este príncipe solicitó su auxilio contra los extraños hombres que, venidos en mala hora del oriente, avanzaban sobre la capital del Anáhuac. Los mensajeros debían traerle noticias ciertas de los sucesos.

III

De repente se escucho el timbre dulcísimo de una voz de mujer entonando un himno religioso. La frente del monarca se despejó como por encanto: una mirada apacible, semejante al tenue fulgor de una antorcha próxima a extingyirse, irradió en sus ojos, cansados ya por la edad, y se dibujó en sus labios una sonrisa de amor y dulzura.

La joven, porque joven debía ser aquella mujer, cantaba una plegaria al lucero de la atred, á esa dulce estrella que veneraban tiernamente los tarascos. He aquí una estrofa de aquel canto:

“Oh tú, hermoso mensajero de los dioses, que te ostentas en el azul del cielo con un brillo tan puro como si hibieses arrebatado al sol la lumbre de su disco, velada con el manto del crepúsculo, escucha nuestro canto y derrama sobre nosotros tu dulce placidez.”

Quien así interrumpía el silencio de la noche era la apacible y casta Sesángari (la que tiene el semblante hermoso), la más joven de las esposas el monarca, la tierna niña de diez y seis años que llenaba con su hermosura el espléndido serrallo de Siguangua.

Están cordialmente invitados a seguir leyendo la obra de este magnífico escritor.