Es la ciudadanía consciente, estúpido

Para Juan Carlos Foncerrada Berumen las y los ciudadanos han decidido ejercer a plenitud el derecho a participar y opinar sobre los asuntos públicos al exigir definiciones claras a quienes buscan representarnos

Foto: Wendy Rufino

Estamos en la recta final de las campañas electorales. Faltan veinte días para la jornada electoral del 6 de junio, la elección más grande de nuestra historia nacional. Es claro que el clima que ha prevalecido durante las campañas, como era de esperarse, es de una polarización extrema, producto de las descalificaciones de unos y otros. La mayoría de las y los candidatos optaron por estrategias que piensan los distinguirán de sus contrincantes, a partir de definirse como lo que no son, más que por ofrecer soluciones viables a los problemas de la gente. También, como se esperaba, las propuestas concretas para resolver los múltiples problemas han sido escasas y, cuando las ha habido, son de muy corta visión o de plano rayan en la demagogia. En fin, nada que no sepamos de nuestra clase política que, a pesar de los pesares, logra reciclarse elección tras elección.

Sin embargo, llama la atención que, tratándose de una elección no presidencial, la ciudadanía parece estar más deseosa de participar y exigir posiciones claras a quienes se postulan a representarla en los distintos cargos estatales. Esto, sin duda, es ya una señal de vitalidad democrática. No recuerdo elecciones intermedias en las que haya habido tanta polémica, tanta discusión y tantas expectativas sobre los resultados. Quizás sea mi optimismo desenfrenado, pero escucho una estridente conversación social en torno a la próxima elección que me parece revela una ciudadanía ejerciendo plenamente su derecho a participar políticamente y no quedarse sentada cruzada de brazos, esperando que otros decidan por ella.

En los últimos días me ha tocado ser testigo de distintas manifestaciones de ciudadanos que encaran a quienes aspiran a representarlos, exigiéndoles definiciones claras frente a temas específicos que atañen a su entorno inmediato. ¿Acaso será la marca de esta elección histórica la preponderancia de los problemas locales en el imaginario de los electores y las posiciones que esgriman las y los candidatos frente a esos temas, más que las ofertas generales y el desmarque de sus contrincantes? Si así fuese, estamos ante un punto de inflexión en la corta vida de nuestra incipiente democracia.

Querría decir que, por vez primera, la ciudadanía ha estado dispuesta a subirse al ruedo del debate público durante el período previo a la elección intermedia, quizá por sentirse tanto o mejor informada de los problemas inmediatos que la aquejan que los mismos candidatos que buscan representarla. No es de extrañar que esto sea así, tomando en cuenta la enorme cantidad de información disponible en medios electrónicos y redes sociales. Claro está que no todo lo que se ve y se lee es verás. Nos encontramos en medio de un océano de información, pero también de desinformación. En cualquier caso, el fácil acceso a información y datos, oficiales o alternativos, ha nutrido el debate público como nunca se había visto en nuestro país. Este solo hecho debería ser suficiente para hacernos pensar que estamos ante un fenómeno inédito de participación ciudadana en la política.

No se puede obviar el peso que ha tenido el presidente de la República al intervenir en favor de su partido y sus candidatos, en lo que parece ser una flagrante violación a la ley electoral vigente porque supone el uso de recursos públicos para difundir mensajes del primer mandatario denostando a sus adversarios, al tiempo que aprovecha para desacreditar al árbitro electoral. Como si el dueño de un equipo de futbol fuese el encargado de narrar el partido en el que juega su equipo para la audiencia que lo sigue por televisión y, al mismo tiempo, aprovechara el micrófono para criticar y desacreditar al árbitro. Esto, en mi opinión, ha tenido como intención poner al propio presidente en la boleta, pues se pretende convertir a la elección del 6 de junio en un referéndum sobre si la 4T continúa o no.

Sea como sea, el hecho es que las y los ciudadanos hemos decidido ejercer a plenitud el derecho a participar y opinar sobre los asuntos públicos al exigir definiciones claras a quienes buscan representarnos. De esa manera, seguramente estaremos en mejor posición para decidir por quién votaremos. Me parece que esto hay que subrayarlo y celebrarlo porque, en medio de tanta mala noticia, no es tan obvio que nos encontremos en una cima de nuestra vida democrática, momento en el que la ciudadanía cobró consciencia de su derecho a participar y exigir respuestas a los problemas concretos para poder decidir su voto.

Es muy probable que en estos últimos días previos a la elección continúe permeando a la polarización, el griterío de la clase política tratando de convencernos que todo es un asunto binario: o se está con unos o se está con otros. Pero la ciudadanía no nació ayer y hemos cobrado conciencia que nuestro voto, libre y secreto, determina el rumbo de nuestro destino colectivo. Conocemos los problemas que nos aquejan y elegiremos a quienes nos presenten soluciones que nos parezcan viables, sin importar las siglas de los partidos.

Parafraseando a Bill Clinton cuando, durante la campaña que lo llevó a la presidencia de EUA, dijo: es la economía, estúpido, refiriéndose a la falta de crecimiento económico como lo que determinaría la elección, podemos decir en México: es la ciudadanía consciente, estúpido.

Facebook: @nosotrxsmichoacan