La inyección de esperanza y el torbellino de emociones

José Manuel Morales nos comparte su experiencia de vacunación, la cual en su momento le hizo sentir en el pecho intermitentes e intercambiables oleadas de nostalgia, tristeza y sólo pequeñas dosis, mínimas, de felicidad

Para Lis Manzanares
Para las muchas Gabys

Creo que por tanta expectativa, yo suponía que me iba a sentir, si no contento, por lo menos tranquilo o algo parecido a un estado de paz o de sosiego. No sucedió así. Escuchaba con máxima atención e inquietud a la enfermera militar informándome que se llamaba Gaby, pidiéndome que observara la jeringa cargada con 0.5 mililitros de la vacuna Cansino, que guardara la parte de hoja que me correspondía de mi expediente de vacunación por si había necesidad de recibir un refuerzo en un futuro indeterminado, como suelen ser las promesas hoy en día, más etéreas, más volátiles, casi siempre incumplidas. Yo la miraba a los ojos, filtrados por las micas sucias de mis lentes y por sus gafas de protección médica. Estaba tan concentrado en lo que me decía, que no sentí cuando la aguja partió la piel e inyectó en el deltoides de mi brazo izquierdo la sustancia que debía de proporcionarme protección ante la enfermedad que nos ha estado asolando y azotando a todos.

Yo seguía mirando las gafas de quien me había inyectado y por un segundo perdí el hilo de lo que me decía hasta que Gaby, la enfermera militar, tuvo que alzar la voz para sortear la barrera del cubrebocas mientras repetía la instrucción de que presionara con mis dedos la torunda de algodón con alcohol que había colocado en la zona del pinchazo. Creo que sonrió, o al menos eso fue lo que yo quiero creer y recordar, y mientras pasaba a mi lado sólo alcancé a decir repetidamente: “¡gracias!” “¡gracias!”. Y en cosa de nada se me instaló un torbellino de emociones que no me permitía saber con seguridad qué o cómo me estaba sintiendo.

Las vueltas de la vida. En cosa de semanas me veo en el mismo Centro de Vacunación en que en dos ocasiones previas había acompañado a mi madre a recibir su inoculación. Ambos eventos me resultaron emocionantes y jubilosos. Como si hubiera completado una misión en la que vencí todo tipo de obstáculos y peligros para poder llegar hasta ese momento. Valía la pena. Ante tanto dolor propio y ajeno, ante tantas bajas y pérdidas, podía entender un poco porque me sentía así. Pero ahora, que estoy sentado en las sillas negras que antes sólo veía desde la malla ciclónica que protege el sitio elegido para aplicar las vacunas, comencé a sentir en el pecho intermitentes e intercambiables oleadas de nostalgia, tristeza y sólo pequeñas dosis, mínimas, de felicidad. Algo así de extraño como percibir cómo se genera y crece físicamente una idea dentro de uno. Como un proceso paulatino y creciente de concientización de que la misión que sentía completada cuando mi madre recibió su esquema completo de vacunación no aplicaba para mí. Que solo era un descanso o, quizás, acaso apenas una etapa completada para seguir en la batalla.

Sigo sentado en las sillas negras intentando entender qué siento o por qué me siento así. De pronto, se escucha la orden de que mi fila había cumplido el periodo de observación y debíamos salir ordenadamente del lugar. Yo dividía mi atención entre no perder el camino hacia la salida señalada, mientras giraba la cabeza y trataba de ubicar con la mirada a la enfermera militar que me había aplicado la inyección y justo cuando me retiraba del lugar vi a las decenas de Gabys que hacían con atención, esmero dedicación y sin descanso su anónimo trabajo de inyectarnos un poco de esperanza para seguir en la batalla. Antes de cruzar la valla y salir a la calle, yo seguía repitiendo mentalmente a manera de mantra u oración: “¡gracias!” “gracias!”. No encontré mejor palabra para expresar mi ánimo y mis sentimientos.