Una pasión es una pasión

José Manuel Morales se pregunta si el fútbol sirve para algo que no sólo sean emociones, de alegría o de tristeza, o frustración por las expectativas que nos generamos para que nuestro equipo siempre gane y sea campeón

Para Víctor Rodríguez

Yo no sé ni cómo ni cuándo me hice aficionado al fútbol, la única certeza que tengo es que sucedió a una edad muy temprana, pues mi memoria alcanza a recuperar mis solitarios afanes y esfuerzos por convertirme en un gran portero, en la improvisada portería que delimitaba con dos macetas a la mitad del corredor del lugar en donde vivía, tratando de imitar los mejores lances de Miguel “El Gato” Marín, arquero de la entonces “Máquina Celeste”, el equipo más dominante de la liga mexicana en esa época.

Por azares del destino, un poco después de ese solitario entrenamiento, me incorporé a las filas de mi primer equipo infantil: el Cruz Azul; integrado por los amigos y vecinos de la calle y el rumbo en el que compartíamos pasos, juegos, tareas y escuela: Genaro, Xavier “El Chino”, Jesús, Mauricio, Jaime, y otros más que se me escapan, fuimos organizados, promovidos y dirigidos técnicamente por alguien apenas un poco mayor que nosotros: Gabriel, quien ahora seguramente dirige otro equipo allá en la cancha celestial desde donde nos observa.

De las incidencias y del funcionamiento del equipo sobre el terreno de juego y el desempeño a lo largo de los torneos, los recuerdos se han ido como balones fuera de la cancha de mi memoria. Lo que sí recupero vívidamente es la emoción y alegría que me provocaba cada fin de semana la posibilidad de vestir mi uniforme, encontrarme con mis amigos y salir al campo a defender nuestros colores. Uno de esos tantos sábados, Gabriel, nuestro director técnico, nos informó que no estábamos dentro de la programación semanal de juegos. La tristeza inicial que nos provocó la noticia fue cambiando poco a poco por una gran alegría a medida de que el profe nos explicaba la razón de esa decisión: nuestro equipo había sido elegido para participar como “baloneros” en el siguiente encuentro del Atlético Morelia, el equipo de futbol profesional de la ciudad, que cada quince días libraba épicas batallas sobre la grama del Estadio “Venustiano Carranza” –siempre quise utilizar una expresión así, disculpen las molestias- con la aspiración de lograr el ascenso al olimpo de este deporte: la primera división. Gesta heroica que sería consumada casi cinco años después de mi modesta participación como balonero en un encuentro de fútbol profesional. Y a partir de ahí, mi afición por este deporte, es parte de otra historia.

¿Cómo se explica una pasión o una emoción por un deporte, por un equipo? Genera dopamina. Genera estrés. Genera alegrías. Y en algunos casos, genera dolor. Ser aficionado a un equipo, se lo escuché a Juan Villoro, es aceptar una forma de vivir los fines de semana y los mundiales. ¿Se necesita justificar, interpretar, diagramar y calcular para explicar ese cúmulo de emociones que pasa por el pecho y la cabeza de todos y cada uno de los aficionados que acuden a un estadio a apoyar a su equipo para convencer de ello a quien simplemente no le gusta este deporte? No. Hay muchos deportes y cada quien es libre de elegir el que más le parezca. No hay mejor ni peor deporte, siempre y cuando se respeten los tres valores fundamentales del juego limpio: mostrar respeto por ti mismo y por los demás (competidores, árbitros y personal); respetar las normas de la competición y del deporte limpio y ser tanto buen ganador como buen perdedor.

En uno de los mejores diálogos de la película El secreto de sus ojos, del 2009, dirigida por Juan José Campanella y basada en la novela del mismo nombre, de Eduardo Sacheri, gran hincha del Independiente de Avellaneda, se da el siguiente diálogo:

–¿Escribano, qué es Racing para usted?
–Una pasión, querido.
–¿Aunque hace nueve años que no sale campeón?
–Una pasión es una pasión.
–¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar… ¡de pasión!

¿El futbol sirve para algo que no sólo sean emociones, de alegría o de tristeza, o frustración por las expectativas que nos generamos para que nuestro equipo siempre gane y sea campeón?

 Martín Caparrós, escritor argentino e hincha del Boca Juniors, dijo: “Me paso la vida tratando de pensar cosas, de tener cierta mirada sobre el mundo, de no perder el tiempo —en síntesis, soy muy insoportable, sobre todo para mí— salvo en esos momentos”. Los noventa minutos que dura un partido de fútbol.

Recupero este apunte futbolístico justo un año después de la “desaparición forzada” del equipo aquel con el que supongo comenzó mi vieja afición por este deporte, que me puso de nuevo frente a aquel largo y fresco pasillo de mi infancia, en donde para desgracia de mis pantalones reforzados con parches sobre parches en la zona de las rodillas, yo me lanzaba sin descanso, intentado imitar el vuelo del portero aquel del Cruz Azul.