«Brindis» por Raúl Eduardo González

1 de junio de 2021

Para Rafael Calderón, en el género de la poesía Raúl Eduardo González manifiesta su búsqueda poética y el sentido de la presencia por un estilo particular de su personalidad literaria

I

Quiero celebrar la presencia de la poesía en el contexto del año 2020 y el veintiuno que, por ser años difíciles y complejos, se nota la diferencia entre leer poesía y celebrar la vida, porque naturalmente estos días han sido los de la gran crisis humanitaria. Y para celebrar y registrar con poesía este brindis, que mejor que sea con un poema de Raúl Eduardo González, quien nació en Yurécuaro, Michoacán, el 14 de mayo de 1971. Es poeta y destacado profesor investigador de la Facultad de Lenguas y Literaturas Hispánicas de la Universidad Michoacana, especialista en la lírica tradicional mexicana, en la Tierra Caliente michoacana, en particular.

Es autor entre otros de los siguientes títulos de poesía que ha publicado entre 1998 y 2020: Kenia (1998), Para un refranero de Juan Charrasqueado (1999), Ciertos lugares (1999), Cuando de los lustros (2002), Granadas de Santiago (2002), Agua Blanca (2017), Vihuela en llamas (2020), así como de la antología El Valonal de la Tierra Caliente (2002) y coeditor de El folclor literario en México (2003), y autor de La seguidilla folclórica de México (2006), El cancionero tradicional de la tierra caliente de Michoacán. Volumen I: Las canciones líricas bailables (2009), proyecto amplio que contiene buena parte de su saber intelectual y de investigación y el más reciente Formas del diálogo con la tradición oral en la obra narrativa de José Rubén Romero (2020). Autor también de una veintena de artículos académicos relacionados con la lírica folclórica mexicana; asimismo, forma parte del Comité de Redacción de la Revista de Literaturas Populares de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y sus poemas han sido incluidos en antologías de Michoacán como Los nombres y las letras y en el Diccionario de Autores Michoacanos. Asimismo, ha publicado poemas, reseñas y artículos en antologías o periódicos y revistas del país. Es alma determinante de Verso y Redoble. Encuentro de Música Tradicional que incluye en su programa año con año conferencias, homenajes, conciertos y fandangos que se expresa con la palabra, la música y el pensamiento y convertirse por su constancia en eferente obligado de los festivales nacionales que se realizan desde la ciudad de Morelia. Actualmente es integrante y fundador del grupo de música La fronda de Marsyas.

En el género de la poesía Raúl Eduardo González manifiesta su búsqueda poética y el sentido de la presencia por un estilo particular de su personalidad literaria y desde donde rompe el silencio practicando el soneto y esa gran variedad de la escritura con la métrica y hacer visible el cruce de imágenes: es su carta de presentación, ya que conoce a la perfección las formas populares, pero sus versos sobresalen con estilo y como ejemplo simultáneo de su condición de editor y corrector. En la poesía se confirma por un poema relativamente largo. Me refiero al poema Granadas de Santiago que considero su mejor carta de presentación, posiblemente, el que representa mejor la fidelidad su quehacer en el género de la poesía. Ya que su actividad literaria sucede entre siglos y corresponde al último lustro del XX y los transcurridos del presente. Así que su actividad ya registra un canto fuerte y singular en el panorama de la poesía mexicana.

Con mayor claridad sucede esta gravitación lírica a partir de Agua Blanca y poemas como los que agrupa en el título Lugares como voces (en la obra colectiva con otros autores que llaman La misma brújula), donde define su voz con una precisión de madurez y la huella del verso se vuelve un ejemplo fluido: su cantata es un ejercicio meditado, una exploración por ciudades o el recuerdo para nombrar amistades; ecos donde destacan influencias visibles del poeta José Emilio Pacheco, pero dejando ver esa maestría imposible de ignorar en sus versos modulados por su voz lírica: “De un desastre a otro, diez meses: / parece el mismo, parece / que con decir pero es como / si hubiera sido ayer se diluyera / la verdad de la entraña profunda / en este cerro que a la mar confronta / por los siempre…”.

II

Así la celebración de la vida de estos días y prefiero decir que sucede por un poema y su lectura pero que sea un brindis. Esa celebración o encuentro es con el poema Granadas de Santiago. Es el ejemplo de una escritura excepcional, y sus versos lanzan la invitación, para volverse memorables. Son un ejemplo particular de su voz que depara pasajes secretos o memorables porque entrañan un espacio de reconocimiento de la acción poética. Ante mis ojos tengo nada menos que un ejemplar. Se trata de una edición que hay que considerar única: ya sea por quien lo edita y decir que es única y excepcional. He aquí el registro: Granadas de Santiago, de Raúl Eduardo González; ilustrado por José Luis Corral. Se compuso el texto en letra fundida Garamond y se imprimieron cien ejemplares sobre papel Acuarela DePonte en el Taller Martín Pescador, Tacámbaro, Michoacán; sin fecha. Por referencia del autor, hay que precisar que es del año 2002 y recordar que fue publicado el poema poco después de que el autor rebasará tres décadas de vida. Y decir que conserva ese fervor relevante de la lectura tan apasionante como decir que deslumbran el ritmo sonoro, su estilo, esa musicalidad que entraña desde la primera línea y llegar al último verso: “Hoy amanecí creyendo que era jueves / con un toque de Diana traen el amanecer”. Así pues, las ediciones de Juan Pascoe, resultan ser legión y un despertar, el goce de la lectura y reconocer la belleza del verso, así como resaltar el ejemplo de gran editor y volver a la lectura y reconocer una vez más que el verso impreso refleja maestría, sobresale el don del gran artista; tanto, el impresor como el poeta, invitan a beber la esencia de la poesía entre ediciones que son un molde original y leer la poesía y siempre por descubrir el placer inmenso de la lectura.

III

El poema Granadas de Santiago (edición Taller Martín Pescador, Tacámbaro, Michoacán), de Raúl Eduardo González, se compone por 12 estrofas y 105 versos. Al frente y arriba, reproduce la ilustración de José Luis Corral. Es una lectura entre estrofa y estrofa con el ritmo irregular de versos que son de un lenguaje fluido y una dinámica que es movimiento; es la canción que intenta ser un corrido y fluye como parte de su lírica extensa y prolongada; aflora el recuerdo de la infancia y, más de las veces, se vuelve una verdadera elegia. En ese orden, el poema alcanza y nombra pinceladas de la abuela y, posiblemente de ella se nutren esos recuerdos que el autor establece y de quien los toma para escribir todo a la manera de un corrido y resaltar la entonación de la silueta del Señor Santiago, ubica en el tiempo a los guerrilleros y a los que son de la revuelta y los que vuelven al sitio por la noche: son tiros de sílabas que datan el amanecer y nombrar a los héroes de a caballo y la sombra de imágenes crece y se vuelven elegía. Todo se refleja en letra impresa, se vuelve visual. Es igualmente una lectura fluida y recrea metáforas vivas.

La lectura aquí propuesta es diferente al original: los versos los he juntado en una imagen más cercana a la prosa y resaltar la fuerza y percibir el flujo de imágenes sin perder autonomía, para salvar la dificultad de las ediciones digitales y así el poema no pierda esencia: así el poema es un río de sucesos y la autonomía de la estrofa y el verso es la unidad llega hasta el final. Ya que el poema y su lectura es un deleite entre el verso largo y corto. Es música, siempre viva, que mantiene presente los distintos movimientos o giros poéticos.

La propuesta de lectura de Granadas de Santiago es la siguiente: “Hoy amanecí creyendo que era jueves, / y era día de Santiago; las granadas / de un árbol talado hace tres julios / hace unos días reventaron / otra vez en el patio, / y otra vez dijo mi abuelita / su proverbio estival: / “Nadie corte granadas hasta el día de Santiago.” / No sé si lo decía por costumbre; si así era, / ¿de dónde vendrá esa costumbre? / Lo cierto es que el Señor Santiago / reservaba la casa sus primicias / de la sangre cautiva en las granadas: / corazones/ que reventaban para su sacrificio vegetal.

Santiago es ese día / cuando los jinetes dan vueltas a la plaza; / cuando la caballada se apodera del pueblo, / y esos bayos y zainos azabaches / atraen los ojos como las camionetas / los otros días del año. / El desfile de latas de cerveza, / los sombreros que bailan, / los mira el pueblo desde muy abajo. Mira / cómo pasean aquellos a las hermanas de uno: / son los de a caballo. / Una granada en cada alforja traen / esos jinetes el día de Santiago. / En las carreras, en los paseos, en los relinchos / de la caballería sobre el concreto, / acaso algunos oímos al galope / de aquel señor Santiago que pasó por Yurécuaro / para abrir las iglesias /

y –¿por qué no?– para guardar caminos / a cambio de unos pesos.

Largo sitio de noche por la plaza del pueblo. Estrategas / de una vanguardia vuelta cual paso de reloj, / como la necia marcha / de aquel teniente López que encaminó a su gente / a la emboscada en el paso del Zapote.

O ese Ramón Aguilar de los Cristeros / cuyo nombre conservan los corridos, / y que el mismo Santiago / reclamó para sí en Tangamandapio. / Aquel salía al paso para pedir cigarros / entre Huáscato y Yurécuaro; / el que una tarde / se fue a los toros subido en el estribo / del camión de Marcelino Hernández, / como si fuera cualquier vecino.

Caballos de Santiago que muchas herraduras / alisaron en estos campos y por estos caminos. / Sus jinetes / muchas veces cayeron, como aquel Ayala / que en el lomo de uno, / atravesado, volviera sin remedio / del paraje de El Encinal.

Entre aquellos caballos paseadores / hay cientos que quedaron / viendo cielo o viendo tierra; como ahora / se mira a los jinetes en la plaza.

Y tras de aquellos que saben de monturas, / están las multitudes que enlevaron los ojos; / los que reclutara el regimiento de los días, / que en esa arquitectura de sudores y sangres / son un puño de pasos, de miradas; / empedrado en el oscuro templo del combate.

Los hombres de Aguilar los tuvieron a tiro; / López les asestó la marcha / para ir a prodigarlos a El Zapote; algunos de ellos / se arrendaron del río y escucharon el tiroteo / que se dejó los cuerpos allá del otro lado. / Lo sabemos, pues López quedó en letras mayúsculas / viendo al cerro Cabrero cuya falda meciera. / Y acaso en otras lápidas, los pasos / que dejaron sus suelas al pie de la emboscada. / La leva de Santiago en dos campanas / llama en Yurécuaro a los nietos de la guerra, / y Cristo Rey / campea por esos charcos en sus naves de iglesia.

La paz es una tregua del domingo; / un suspiro de misas / para que cobren fuerza los de a pie. Nadie se engañe / si el campo de batalla no está fuera del pueblo.

Regimientos hechizados de civiles / luchan a diario con bultos de cien kilos; / las formaciones de ojos abren fuego / por los cuatro costados de la plaza; / la artillería de lomos / son los días tocando retirada.

Los jinetes dan vuelta por su sitio de noche; / el pueblo entero regresó de las carreras / a la función de monturas, / a recordar los héroes de a caballo / que en las cuerdas sujetan aún las riendas / que los corridos jalan /con sus decires de tiros en las sílabas.

Hace tres años que aquel árbol cayó / en la otra batalla de recuerdos y olvidos; / su sombra / hoy cobija a Isabel, quien supo de granadas. / Muy cerca de López, el jinete caído, / también crecen sus letras, / que en el día de Santiago / con un toque de Diana traen el amanecer”.