Construir relaciones igualitarias entre mujeres y hombres (2 de 2)

Para Diego Rodrigo Vázquez Romero el cambio de los hombres hacia la práctica de la igualdad sustantiva es posible. La pretensión es la de lograr que existan hombres que no necesiten de la imposición del control, del abuso de poder, ni de la violencia para “ser hombres”.

Imagen: Flavita Banana

En la columna anterior revisamos aspectos generales sobre los estereotipos de género y sobre la masculinidad hegemónica, en esta ocasión, insistiré en algunos aspectos que considero relevantes, para después reflexionar sobre la importancia de la participación de los hombres en la construcción de relaciones igualitarias.

Como se dijo anteriormente, el género, al ser un acto performativo, obliga a los hombres demostrar que lo son a través de actitudes y comportamientos que reafirman al sujeto. La cultura machista obliga a los hombres (desde muy pequeños) a demostrar que lo son. Por ello, los hombres recurren a estrategias y acciones de ejercicio de poder, dominio y superioridad, en la mayoría de los casos recurriendo a la violencia. En ese sentido se adoptan conductas y actitudes que perpetúan la opresión contra las mujeres y en mayor o menor medida, contra grupos y minorías vulnerables y vulnerados.

Los machismos son prácticas normalizadas que cosifican, silencian, violentan y transgreden a las mujeres. Algunos ejemplos de estas prácticas son:

  • Mansplaning. Explicar algo a una mujer de forma condescendiente asumiendo que no tiene conocimientos sobre el tema, aunque sea experta. Estas conductas desestiman la experiencia de vida de las mujeres y pretenden acentuar la relación de poder.
  • No participar en los trabajos de cuidados. Creer que, de manera natural, a las mujeres les corresponde la preparación de alimentos, la limpieza del hogar, el trabajo de cuidados de las y los hijos e integrantes de la familia. Socialmente a los hombres que participan en estas actividades se les desestima llamándoles “mandilones” considerándoles menos masculinos e incluso femeninos. Lo cual, no sólo naturaliza las relaciones asimétricas entre hombres y mujeres, sino que no reconoce el trabajo de cuidados, que además de no ser remunerado, representa un gran porcentaje del tiempo de ocupación de las mujeres.
  • Acoso y abuso. El acoso se manifiesta desde miradas lascivas hasta palabras, actitudes, acciones, tocamientos que ofendan o transgredan la integridad de las mujeres y que ocurren en el espacio público. La diferencia radica en que, en el abuso se aprovecha una situación de poder para tomar ventaja sobre la víctima, por ejemplo: un maestro sobre sus alumnas o alumnos, un jefe con sus subordinadas, un tío con sus sobrinas, etcétera.
  • Las múltiples manifestaciones de violencia.

Los hombres que viven de manera acrítica el modelo social de la masculinidad hegemónica (tradicional y machista) constituyen un factor de riesgo al vivir bajo estilos de vida orientados al ejercicio de la violencia. Esto tiene diversas consecuencias y efectos.

En las mujeres:

  • Maltrato hacia mujeres y niñas en el hogar y en los espacios públicos.
  • Violencia en la pareja (noviazgo, matrimonio).
  • Efectos en su salud física, emocional, sexual y reproductiva.
  • Acoso y violencia sexual en todos los ámbitos de socialización.
  • Cosificación y consumo normalizado de cuerpos (pornografía, prostitución).
  • Violencias extremas: trata, tortura, secuestros, desapariciones, feminicidio.

En el ámbito familiar:

  • El trabajo de cuidados: crianza, limpieza y orden, así como el cuidado integral de personas enfermas (o de personas mayores) se focaliza en las mujeres.
  • Relaciones familiares marcadas por enfoques jerárquicos, autoritarios y violentos.
  • Ausencia de consenso en decisiones fundamentales, imposición de criterios y decisiones.
  • Mecanismos de control sobre los hábitos de las mujeres: tiempo, cuerpo, relaciones, desplazamientos, formas de vestir, espacios.
  • Poder económico que genera procesos de dominio y control: propiedades y bienes a nombre de él; uso de los recursos de ella (cuerpo, tiempo, dinero).

En el trabajo:

  • Tendencia a priorizar a los hombres en contrataciones y promociones.
  • Los salarios que reciben los hombres son mayores que el de las mujeres.
  • La presencia de las mujeres se reduce conforme se escala en las estructuras de poder y toma de decisiones.
  • Cultura laboral excluyente y violenta.
  • Simulación de políticas de igualdad.
  • Ignorar las opiniones o aportaciones de mujeres.
  • Normalización del acoso y el hostigamiento.
  • Dinámicas extra-laborales para la toma de decisiones.

De hombre a hombre:

  • Favorece la confusión, competencia, las actitudes irresponsables y la indolencia.
  • Asumir riesgos innecesarios.
  • Falta de autocuidado en salud emocional y física.
  • Heridas y/o muertes por peleas y en accidentes.
  • Alto estrés por incursión en redes delictivas.
  • Depresión (generalmente encubierta de enojo) al no poder cumplir con los mandatos y encargos masculinos.
  • Maltrato y abuso asociado a la homofobia y otras formas de discriminación.

Como podemos ver, la masculinidad hegemónica es nociva y peligrosa para los propios hombres y para los demás, especialmente las mujeres.

¿Por qué es vital un servicio público con liderazgos que contemple una perspectiva de género con enfoque en las masculinidades?

Como se ha expuesto, nuestra sociedad continúa siendo eminentemente patriarcal. A pesar de los avances y las acciones de equidad entre hombres y mujeres, los hombres continúan cumpliendo roles preponderantes, ya sea como parejas, como corresponsables de familias, al frente de comunidades, de espacios gremiales, empresas e instituciones, así como en posiciones de liderazgo político y de instituciones públicas.

En ese sentido, los hombres podríamos activar un rol de suma importancia para la consecución de la igualdad sustantiva. Algo que traería beneficios, no sólo para las mujeres, sino también para nosotros mismos, que, como ya vimos, los hombres nos vemos afectados por las consecuencias de nuestra masculinidad tradicional y machista.

La relevancia de incorporar la perspectiva de género en el liderazgo de instituciones públicas, no sólo de manera formal (en leyes y reglamentos) sino en acciones concretas, legitimaría las acciones en pro de la igualdad sustantiva, al centrar a las personas en el núcleo de cualquier proyecto o política pública. Para ello es necesario generar diagnósticos que sean sensibles a las necesidades, asimetrías y omisiones de las que son objeto las personas, para tomar decisiones oportunas que se traduzcan en acciones efectivas, planes, estrategias y programas con recursos suficientes para resolver los problemas tanto urgentes como de gran alcance.

Las y los líderes movilizan, convocan y estimulan la acción de otras personas. En ese sentido, contar con líderes (en distintos ámbitos) que adopten una perspectiva de género y que busquen la igualdad sustantiva, constituye un posicionamiento político (en el sentido más amplio del término) que podría ser usado para transformar los problemas que inciden en la sociedad, (derivados de las asimetrías asociadas al género y las injusticias en general) con el fin de modificar el status quo.

Para ello se requieren liderazgos comprometidos contra la violencia de género y con la igualdad sustantiva, a fin de impactar en el quehacer de los poderes del Estado, específicamente del ejecutivo, y contar con prácticas políticas y políticas públicas que sean sensibles al género y que involucren tanto a mujeres como a hombres.

La oportunidad del cambio: masculinidades y cuidados

Es importante que veamos más allá de la superficie del iceberg y que logremos ser reflexivos y críticos con nuestras vivencias, eso nos permitirá advertir que nos comportamos de acuerdo con creencias aprendidas que son perjudiciales. Este ejercicio permitirá comprender los riesgos y costos de ese estilo de vida, lo que se traducirá en la posibilidad de modificar, transformar, cambiar y resignificar nuestras conductas.

Según Víctor Seidler[1], es preciso que los hombres redescubramos nuestro cuerpo y emotividad; que aprendamos a tener cuidado de nosotros mismos y también a manejar nuestros sentimientos, sin delegar estas tareas a las mujeres de nuestro entorno. En la medida en que los varones cuidemos de nosotros mismos, física y emocionalmente, comenzaremos a entender mejor qué significa tener cuidado por las demás personas.

En ese sentido, es necesario fomentar el desarrollo y la difusión de estudios críticos de la masculinidad tradicional, así como impulsar la creación de modelos y pautas alternativas para construir masculinidades congruentes y en sintonía con la igualdad sustantiva. Para lograrlo se requiere:

  • Sensibilizar y capacitar a profesionales de la arena política, de la comunicación, la educación, la salud, el trabajo y la procuración e impartición de justicia (entre otros), sobre la perspectiva de género y las particularidades de los comportamientos masculinos.
  • Impulsar, en espacios institucionales liderazgos incluyentes con perspectiva de género. Con el fin de promover una cultura de género que sea crítica y reflexiva sobre las prácticas y dinámicas que se establecen entre hombres y mujeres, incluyendo y respetando las voces, la participación y la representatividad de mujeres y hombres de forma equitativa.
  • Promover el diseño de políticas públicas que impulsen el involucramiento de los hombres en las acciones para la igualdad, es decir: promover la responsabilidad masculina.

Estas acciones pueden ser promovidas en todas las instituciones: académicas, organizaciones de la sociedad civil, empresas, así como todas las instancias de gobierno, ya que son espacios privilegiados para captar e involucrar a los hombres en procesos de reflexión, crecimiento y transformación.

El cambio de los hombres hacia la práctica de la igualdad sustantiva es posible. Para ello se necesitan nuevos paradigmas a fin de realizar e impulsar planteamientos desde la interseccionalidad, el conocimiento situado, la interculturalidad y la inclusión. De esta forma, podremos diseñar nuevas metodologías que conduzcan a otras formas de vincularnos con las y los demás, así como distintas maneras de producir, generar y distribuir riqueza.

Este cambio, necesariamente llevará tiempo, ya que se trata de un proceso que implica honestidad, congruencia, e incluso retrocesos, por lo que se requiere la adopción no sólo de compromisos personales sino también institucionales.

Para propiciarlo es necesario instaurar políticas, protocolos, resignificar prácticas, impulsar estrategias novedosas, entre muchas otras. Además, se requiere de equipos profesionales sensibilizados y capacitados.

Por otra parte, resulta necesario aprovechar los avances formales en materia de igualdad y aplicar los fundamentos, sanciones legales, así como las estrategias metodológicas que ya existen. Muchas de las cuales se enfocan en atender y reducir la violencia contra las mujeres a través de procesos de reeducación de los hombres (CECEVIM, GENDES, WEM). Se puede aprovechar la experiencia de organizaciones civiles y colectivos que implementan estas metodologías desde hace muchos años en grupos y espacios de crecimiento dirigidos hacia hombres. (Cómplices por la igualdad, Círculo Abierto para Hombres, Hombres por la Igualdad, Movimiento de Hombres por Relaciones Equitativas y sin Violencia, GENDES, entre muchos otros).

Asimismo, es necesario considerar los alcances institucionales y atribuciones normativas que tienen las acciones gubernamentales (acuerdos por la igualdad, acciones afirmativas, alertas de género, presupuesto etiquetado, entre otras).

El reto es asumir un sistema de responsabilidad pública que considere a la masculinidad tradicional y hegemónica como un factor de riesgo, que adopte un enfoque de género y que promueva acciones en pro de la igualdad sustantiva.

Incluir a los hombres en las agendas de género de los gobiernos, es una acción necesaria que debe considerarse sin afectar ni menoscabar los recursos destinados para las mujeres.

La participación y responsabilidad de los hombres deberá visualizarse como una acción afirmativa o complementaria que se sume y que favorezca los derechos humanos y el logro de la igualdad para todas las personas.

Así, incluir a los hombres en este desafío, permitirá:

  • Visibilizar la violencia de género: prevenirla y atenderla.
  • Identificar y modificar comportamientos que provocan daños hacia las mujeres y hacia los propios hombres desde edades tempranas.
  • Detectar las necesidades de los propios hombres.
  • Diseñar e instrumentar estrategias de prevención e intervención.
  • Compartir protagonismos, liderazgos y espacios de poder para la toma de decisiones.
  • Canalizar hombres hacia la vivencia de proceso reeducativos y de otros servicios necesarios para ellos.
  • Promover y fortalecer la importancia del autocuidado, la corresponsabilidad, el respeto y el buentrato.
  • Enriquecer el diálogo intergenérico mediante formas empáticas.

La mejor forma de incidir para avanzar hacia la igualdad es a través de la prevención. Por ello resulta imperante ofrecer a los hombres modelos alternativos (sensibles- empáticos- positivos- creativos- constructivos) de cómo ser hombres.

Resulta necesario promover la responsabilidad de los hombres, esto se logrará a través de procesos de reeducación, la sensibilización y la adopción de estilos de vida más congruentes y responsables.

La pretensión es la de lograr que existan hombres que no necesiten de la imposición del control, del abuso de poder, ni de la violencia para “ser hombres”. Hombres con conocimiento de su cuerpo, de sus emociones y con conciencia del ejercicio de su sexualidad y del efecto de sus acciones. Hombres que asimilen otras formas de vivir su masculinidad y comprendan que son sujetos sociales en construcción permanente.

En otras palabras: hombres capaces de ver e interactuar con las mujeres como iguales. Hombres que dejen de considerarlas como objetos, productos o fuentes de goce, de uso o de servidumbre, para verlas como personas libres, seguras y con derechos plenos.

El futuro de la igualdad no está garantizado… ¡hay que construirlo y sostenerlo día a día!


[1] Seidler, Víctor (2000). La Sinrazón Masculina, Paidos, México.