La revolución del sur

10 de julio de 2021

Para Arturo Chávez Carmona las reivindicaciones zapatistas, que serían contenidas en el Plan de Ayala de noviembre de 1911, suponían una reforma agraria radical

Cuando Emiliano Zapata recorría los caminos del estado de Morelos, en marzo de 1911, ya rebelado contra la dictadura de don Porfirio Díaz, traía acumulado en el pecho los dolores que, desde su niñez, junto con sus hermanos y su madre, habían padecido en la haciendas de Mapastlán y Cahuixtla, que desde 1853 arrebataron al pueblo de San Miguel Anenecuilco la mayor parte de sus tierras. La falta que en su juventud cometió para conocer la cárcel, fue haberse enamorado de Inés Alfaro, se la llevó una noche serena de enero. El padre de la muchacha lo acusó de rapto. Con ella tuvo sus dos primeros hijos, Nicolás y Elena Zapata Alfaro. A la memoria regresaban aquellos momentos y Emiliano solo se ocupaba ahora de maquinar la venganza de las muchas humillaciones de los capataces, esbirros de los hacendados.

No se había podido desterrar la concentración de tierras, cuyo latifundismo se mantenía gracias a la Ley Lerdo de 1856, que establecía como propiedad de la tierra solo la privada y obligaba a la desamortización de las corporaciones civiles y religiosas. Las comunidades indígenas se incluyeron en esta clasificación y sus tierras comunales pasaron a manos privadas por decreto. Hacendados acaparadores hicieron crecer los limites ya de por si enormes de sus tierras, donde feraces terrenos agrícolas, de monte, manantiales ríos y arroyos les pertenecían. Para sacr provecho de sus propiedades usaban el trabajo de decenas o cientos de peones, que como pago recibían unos cuantos centavos por jornada, endeudados en la tienda de raya prácticamente eran esclavos del hacendado, quien les prestaba unas pocas hectáreas para que sembraran algo de maíz para su manutención, algunos les permitían tener alguna vaca o dos, gallinas y en algunos casos, un caballo de silla o de labor.

Obras cinematográficas del cine mexicano de la época de oro, sobre todo las dirigidas por Emilio “Indio” Fernández, como Pueblerina (1949) y María Candelaria (1944), muestran una época llena de pobreza, donde la miseria era moneda corriente en corazones llenos de necesidad de afecto y otros de rencor. La historia de la explotación humana, del Homo hominis lupus, el hombre como lobo del hombre no pareciera cesar, y esta digresión baste para ilustrar las motivaciones que Emiliano Zapata tuvo para estallar, acaudillando a campesinos de la zona de Anenecuilco, la revolución en el sur de México. Zapata presenció la invasión y despojo de huertos y casas del barrio de Olaque, por el hacendado Manuel Mendoza Cortina, ante su padre impotente. Emiliano Zapata Salazar, aún niño exclamó: “Pues cuando yo sea grande haré que las devuelvan…”

Dos sucesos importantes moldearon su vocación de caudillo: entre 1902 y 1905, Zapata Salazar interviene indirectamente en el conflicto de colindancias entre Yautepec y la hacienda de Atlihuayán, formando parte de la comitiva encargada de solicitar a Porfirio Díaz la intervención de la Suprema Corte para resolver el problema en favor del poblado -la misiva fue redactada por Jovito Serrano, líder de Yautepec, en la cual se advertía a Díaz que si no se hacía justicia, tuviera la seguridad de que pronto habría una revolución; y en 1906 ocurre un acontecimiento central en su educación intelectual, conoce a los profesores Pablo Torres Burgos y Otilio Edmundo Montaño Sánchez.

La situación de la región era tirante, particularmente en San Miguel Anenecuilco, considerando la presencia de gente como Zapata y Torres Burgos. A lo que hay que agregarse que los cuatro ancianos miembros del Consejo Comunal: José Merino, presidente, así como Carmen Quintero, Antonio Pérez y Andrés Montes, decidieron separarse del cargo, argumentando que los problemas rebasaban sus capacidades físicas pues su edad superaba los 60 años, y convocaron la elección de nuevos representantes con el suficiente carácter para enfrentar los retos planteados.

El 12 de septiembre de 1909 se llevó a cabo la asamblea para determinar al nuevo Calpulelque o presidente del Consejo. Se nombró a Emiliano Zapata, quien reunía la cualidad de liderazgo y la férrea voluntad de luchar contra el despojo de tierras, convirtiéndose así en el depositario de la documentación de origen ancestral, testimonio de la existencia de San Miguel Anenecuilco como comunidad: para ese tiempo, habían sido reducidos a una aldea de menos de 400 habitantes.

El 25 de abril de 1910, los campesinos encabezados por Zapata solicitaron al teniente coronel Pablo Escandón y Barrón, gobernador de la entidad, garantías de propiedad y de usufructo sobre sus parcelas, mismas que se encontraban bajo la posesión de la hacienda de La Concepción del Hospital. El primer mandatario estatal no hizo caso de los reclamos, por lo cual, en el mes de mayo de ese mismo año, el calpulelque de San Miguel Anenecuilco, con documentación y planos en mano, reclamó a José Vivanco, prefecto de Cuautla, la evacuación de esas tierras, más el esfuerzo fue en vano ya que ignoraron nuevamente su petición. Por tanto, Emiliano Zapata decidió expulsar por la fuerza a medieros y peones que laboraban en los terrenos del campo El Huajar, a efecto de distribuir las parcelas entre sus legítimos propietarios. Esta acción provocó el inicio del movimiento zapatista.

“La tierra es de quien la trabaja” era el lema de los revolucionarios del sur, que constituyeron sus aspiraciones y metas en el Plan de Ayala. Zapata había ya sustituido a Pablo Torres Burgos primer jefe de la revolución del sur, cuando Francisco I. Madero proclamó el Plan de San Luis. Las reivindicaciones zapatistas (que serían contenidas en el Plan de Ayala de noviembre de 1911) suponían una reforma agraria radical —«La tierra es de quien la trabaja», frase de Teodoro Flores, padre de los hermanos Flores Magón, que se convertiría en lema de su lucha,inaceptable para los sucesores de Porfirio Díaz. Lo mismo se puede decir de Francisco León de la Barra quien, haciendo uso de su facultad de presidente, encabezó diversos enfrentamientos políticos y armados con el jefe suriano, e incluso del mismo Francisco I. Madero, quien finalmente como parte de una clase de rancheros acaudalados,  -nació y creció en el seno de una familia acomodada, dueña de haciendas, minas y varios negocios-,  no podía admitir el reparto de tierras entre los peones, como lo postulaba el zapatismo.

Para agosto de 1911, Francisco I. Madero acordó entrevistarse con Emiliano Zapata en Yautepec para buscar una solución pacífica en el conflicto suriano y con el fin de convencerlo de que licenciara sus tropas. Al triunfo del maderismo, Zapata no concibe el licenciamiento de sus tropas sin que a cada uno se le otorgue la seguridad de tierras para sembrar a cambio de sus fusiles. Para él, la guerra no terminaba con el derrocamiento del porfirismo, sino con la cristalización del objetivo del pueblo campesino: la devolución de las tierras robadas por los hacendados millonarios.

El artículo 7º del Plan de Ayala postulaba el sentido social y reivindicatorio del zapatismo: “En virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar en nada su condición social ni poder dedicarse a la industria o a la agricultura por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas, por esta causa se expropiarán, previa indemnización de la tercera parte de esos monopolios a los poderosos propietarios de ellas, a fin de que los pueblos y ciudadanos de México obtengan ejidos, colonias, fundos legales para pueblos, o campos de sembradura o de labor, y se mejore en todo y para todo la falta de prosperidad y bienestar de los mexicanos” 

Zapata fue acribillado en Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919, comandaba la tropa de emboscada el militar Jesús Guajardo. Después de su asesinato ocupo el cargo de jefe del Ejército Libertador del Sur a Gildardo Magaña Cerda, michoacano nacido en Zamora. El eco de Zapata recorre todavía los campos de México: “La tierra es de quien la trabaja”.

Se redactó este artículo con textos históricos a la vista de los Centros de Estudios de la Cámara de Diputados.