Memorias de una tarde con chocolate, aire fresco y sirenas

José Manuel Morales recuerda la conversación de una tarde cuando el tiempo no presagiaba ni encierros forzosos, ni miedos ni sonrisas veladas por un cubrebocas

Hubo un tiempo en el que era posible salir a andar la ciudad sin más propósito que el disfrute, sin más gozo que el de la algarabía familiar, sin más plan que el de caminar rodeado de cariño expresado en las miradas pícaras y las voces alegres de mis sobrinos. Un tiempo que no presagiaba ni encierros forzosos ni miedos ni sonrisas veladas por un cubrebocas. Un tiempo en el que la vida estaba más allá de las pantallas de la computadora o de los smartphones. Esta es la pequeña crónica:

Todo sucedió mientras esperábamos que llegaran a nuestra mesa las bebidas y postres ordenados hacia poco. Los convidados al debate, concentrados en una orilla de la mesa familiar, tratábamos de dar nuestros mejores argumentos, aportes y datos para resolver el tema que había surgido en la conversación:

-Oye, tío, ¿crees que existan las sirenas?

Entre perplejo y encantado, ante la expectante mirada de mis interrogadoras, únicamente supe responder que desde épocas muy antiguas ya existían referencias de estos seres maravillosos. Que se desconoce con precisión su registro vocal o el género musical de su encantador canto, al que las historias adjudican tantas desgracias y desamores, tantas aventuras y desventuras por las que han hecho pasar a los marineros de todas las costas del mundo. Que se especula que en Escocia, Irlanda o el País de Gales existen olvidados y viejos museos marítimos y navales, en donde hay restos óseos de seres del mar que podrían confirmar su existencia. No faltó la pregunta con enfoque de género:

-Tío, ¿por qué las sirenas encantan y confunden a los marineros y, en cambio, sucede lo contrario con los tritones y las mujeres?

Aventuré una respuesta basada en mis creencias particulares: quizá es porque las mujeres que viven cerca del mar son más fuertes e inteligentes que los marineros y no se enamoran tan fácilmente. Quizá es que los tritones no cantan tan bien, quizá es que toda mujer es un poco sirena y, por ello, inmunes a los hechizos. No hubo tiempo de continuar argumentando mi respuesta porque enseguida vinieron las referencias cinematográficas y, en un arranque de optimista cinefilia, yo propuse que nos documentaramos viendo aquélla vieja comedia estadounidense llamada Splash, protagonizada por Tom Hanks y Daryl Hanah. Ellas contraatacaron proponiendo la revisión de La Sirenita, en su versión animada de 1989 y que juntos nos propusiéramos ver la versión live action a estrenarse en el próximo 2020, dato que aprovechamos, de paso, para reafirmar lo absurdo de la polémica racista o de “pigmentocracia” que ha generado dicho proyecto fílmico. La entusiasta conversación sobre las sirenas siguió por diversos rumbos hasta que llegamos al tema de la música y justo cuando compartía mi gusto por la canción “La sirena” de Maná, del álbum Sueños líquidos, nuestras alegres divagaciones fueron interrumpidas por la suculenta llegada de nuestros alimentos y ante el aroma y la vista de los manjares, unánimemente declaramos una deliciosa pausa para darle paso al buen comer. Así, sin más, me dediqué a disfrutar de mi chocolate, de mi bolillo con nata, anclado en la suave transición de la tarde hacia la noche y navegando en el mar seguro del cariño de mi familia.

Creo que han transcurrido un poco más de dos años desde esa tarde de aire fresco y chocolate con sirenas. Ahora como entonces no sé si existen las sirenas. No sé si cantan y enamoran de la forma más sublime y hermosa que pueda existir. Entonces, como ahora, yo sólo sé que soy una persona muy feliz cuando comparto estos momentos y diálogos con mis sobrinas, cuando aprendo de ellas, con sus preguntas y sus temas complicados.