¿A quién miro cuando me miro en el espejo?

Para José Manuel Morales, sin tregua y sin guion muchas ideas, recuerdos, preocupaciones, pendientes y afanes en los últimos días ocupan las horas de sueño y vigilia de los días recientes

Tengo una pigmentación anormal en la punta de la nariz. No lo sabía. No lo había notado. Hoy me lo hicieron saber y tuve que recurrir al espejo para mirar con detenimiento y dar por cierto el hallazgo. Sí, ahí está. Es evidente. Cuándo y porqué apareció es la nueva interrogante que sumo a la lista de temas que pasan por mi cabeza como banda sinfín que no logro pausar o detener al menos por un momento. Como si se tratara de una película en la que cada escena es la imagen precisa, pero inconexa, de las muchas ideas, recuerdos, preocupaciones, pendientes y afanes que en los últimos días ocupan mis horas de sueño y vigilia, así, una tras otra, sin tregua y sin guion, las imágenes de mis pensamientos se suceden y se agolpan, se traslapan, se superponen y compiten entre ellas por conquistar algo más que unos pocos segundos de mi atención.

Pienso en todo y en nada por más contradictorio que parezca. Y me veo de pie, frente al espejo observando, no sé si con más preocupación que extrañeza, si con más curiosidad que temor, sigo viendo esa mancha, intrigante, rara, en la punta de mi nariz mientras mentalmente comienzo a formular una lista de posibles causas y explicaciones de la presencia de dicha anormalidad y todo lo que se me ocurre parece conducir a que se trata de una marca o huella por el uso constante y prolongado del cubrebocas. Será eso porque en estas últimas semanas, en las que he tenido mayor actividad fuera de casa, he cubierto más y por más horas esa parte de mi rostro.

Observo y mientras me examino, la concentración, dispersa y juguetona como siempre, comienza por plantearse interrogantes etimológicas o médicas sobre la diferencia entre mancha o cicatriz, como si resolver ese misterio fuera de suma importancia para discernir y aceptar una simple observación del orden cotidiano que, no obstante, ha logrado romper la monotonía de mis días. Quizá es un escape momentáneo que busca la propia mente para no seguir anclada a los mismos tópicos y preocupaciones de los cuales no puede desprenderse desde hace más de 15 meses.

Sonrío ante lo absurda que resulta esta divagación y al mirarme sonreír en el reflejo que me muestra el espejo me siento extraño frente a mi propio gesto. No sé la razón de la extrañeza, quizá aún no he logrado dominar, a pesar de mi edad, el sofisticado mecanismo que regula la adecuada articulación entre gestos y sentimientos. Otra especulación que no viene al caso. La deshecho de inmediato y abandono por completo este ejercicio de autor reconocimiento que no tenía previsto como primera actividad para la mañana.

Me dirijo a la cocina, preparo la primera dosis de café y, ya en el estudio, dispuesto a comenzar a leer los titulares de los periódicos por internet, levanto la taza para dar el primer sorbo y es el preciso momento en el que vuelvo a mirar la pigmentación que tengo en la punta de la nariz. Por lo visto no hay modo alguno de restaurar la normalidad de esta mañana. Me dirijo de nuevo hacia el espejo, con la firme intención de saber de una vez por todas quién es ese que se esconde detrás de esa misteriosa mancha y si podré, aunque sea por un momento, pausar la película mental en la que mi gran desconcentración es la protagonista.