Complicidad

Diego Rodrigo Vázquez Romero escribe: “Lo he visto tirándole los perros a las compañeras, a las secretarias, a las recepcionistas y hasta a las chicas de limpieza. Una de ellas me confesó que ya la tiene harta…”.

Foto: REUTERS/Carlos Jasso

El paro del nueve de marzo fue impresionante, no podía creer que las calles estuvieran semi vacías. Fue un día muy extraño, era como si todo mundo estuviera de vacaciones… pero había una sensación muy rara, no sé qué, sólo puedo decir que se percibía algo inusual: silencio y ausencia.

En la oficina los compañeros estaban vueltos locos. Sin secretarias, ellos mismos tenían que entregar y recibir oficios, imprimir documentos, preparar el café, ir por el almuerzo y todo lo que normalmente hacen ellas. Por la mañana, escuché a mi jefe gritar a los cuatro vientos porque su escritorio estaba desacomodado. A mediodía, lo vi enfrente de la impresora intentando hacer que funcionara. Me acerqué a ayudarle y escuché una cantaleta de reclamos y maldiciones dirigidos a su ausente secretaria, hizo una larga pausa y me dijo que las mujeres sólo sirven para dos cosas y que normalmente sólo saben “hacerla de pedo”. No supe qué decir, así que no dije nada.

Por la tarde estaba programada una reunión que presidiría la coordinadora nacional, pero ella también se había sumado al paro de labores. Dejó instrucciones para que todo se realizara conforme a la agenda. Sin embargo, mi jefe convenció a los asistentes para que se sesionara cuando estuviera la coordinadora. Dijo que había que reconocer su deseo de manifestarse, que de otra forma estaríamos cayendo en las prácticas que ellas habían decidido denunciar con el paro de labores.

No supe qué pensar… oír a mi jefe expresarse con tanta solemnidad de la coordinadora me pareció inusual. Normalmente es muy crítico con su gestión, lo he escuchado quejándose con otros directores y tirando pestes sobre ella y las decisiones que toma.

También lo he visto tirándole los perros a las compañeras, a las secretarias, a las recepcionistas y hasta a las chicas de limpieza. Una de ellas me confesó que ya la tiene harta, que siempre la invita a comer y que ya no sabe cómo quitárselo de encima. En esos casos no sé qué hacer, así que nomás las escucho y no digo nada.

Yo no sé bien qué onda con mi jefe, sólo observo a la distancia lo que hace, lo que dice y cómo lo dice. A veces me cae gordo cuando se desespera con su secretaria y azota la mano en la mesa, o cuando les hace preguntas a mis compañeras sobre su vida personal. Yo me hago el desentendido, no quiero problemas ni con ellas ni con él, hay una plaza que quiero concursar y no me conviene quedar mal con nadie.

Así son las cosas en la oficina, ¿qué se le puede hacer?

Después del paro, todo siguió igual, como si nada hubiera pasado. La verdad no creo que me den chance de concursar la plaza. Trato de ser cumplido, de llegar temprano y de hacerme necesario, ojalá pronto llegue mi oportunidad…