La revolución interior

19 de agosto de 2021

Arturo Chávez Carmona discierne sobre cómo el juicio de la historia es uno inexorable que los hombres de vida pública no podemos evitar

La vida transcurre con altibajos, somos felices cuando hemos sido capaces de experimentar la tristeza, el duelo del abandono de los padres, de la necedad de los hijos, de los injustos tiempos que siempre han sido tiempos de esperanza y de gloria. Disfrutamos la serena piel de una mujer y el abrazo de un amigo como el paso del viento entre los pinos, el murmullo de las olas en las noches cálidas del trópico, el sabor del mar en la sal de la mirada de mis hijas. Ser libre es llenarte de afectos, no me interesa el desapego de algunas filosofías, estoy apegado a mi historia, a la muerte de los míos, a la victoria que fueron sus vidas y hoy que estoy casi solo, solo aquí con estas letras y ustedes que me leen, sólo me interesa saber que la vida que se vive en plenitud sea siempre recompensada. Todo creyente espera recompensa después de la muerte y de un juicio final, aunque no cuidemos la realización de los mejores valores de conducta cuando respiramos aún. Como seres de pasión y razón siempre nos derrotamos nosotros mismos cuando el placer nos asalta y la ambición hace presa de nuestras acciones. Hay tantas metas que frecuentemente se disfrazan de nobles propósitos, hacemos cosas negativas que parecen positivas y al contrario también. Y otros al juzgarnos se equivocan frecuentemente. Por eso lo mejor es no juzgar a nadie, menos a los amigos y a los seres queridos.

No era la idea escribir una cartilla de moral en esta colaboración y de ello me evado. Lo que hoy me interesa es discernir cómo el juicio de la historia es uno de los juicios inexorables que los hombres de vida pública no podemos evitar. La ley de la historia esta escrita en la memoria de los pueblos. Y ahí en esa memoria la injusticia se cobra con rebeldía y la rebeldía si es con objetivos sociales elevados se transforma en revolución. Y una revolución social puede mirarse como catástrofe si se piensa cruenta, pero a veces no son ni violentas, ni sangrientas. Sólo lo son cuando cambian estructuras de poder y beneficios del ejercicio del poder mismo, si se ejerce y se obtienen prebendas de nuevo para pocos a costa de los muchos, nada ha cambiado. Estaríamos en una situación del gatopardo.

La revolución interior es posible y necesaria antes que cualquier otro cambio en el exterior de la vida individual. No tendremos conocimiento de todas las cosas si antes no poseemos el conocimiento de nosotros mismos. Y no sólo el conocimiento, el dominio de sí mismos, el autogobierno de la razón y los sentidos. Desafortunadamente vislumbrar estas verdades sucede ya cuando la vida esta por terminar con nuestras fuerzas y el dolor hace presa diaria de nuestro cuerpo. Pero hay que decirlas y que otros seres más jóvenes consideren la experiencia de los viejos. La luz a veces ciega y no ilumina. Hay que saber también modular la luz para que el camino sea claro y nos conduzca al destino que esperamos.

La vara de la justicia es muy sencilla de comprender, la que apliques a tu enemigo es la que te aplicarán en su momento, por ello “con la vara que midas serás medido”. El que gobierna siempre estará sujeto al juicio de la historia que no es otra cosa que la memoria del pueblo, escrita o no en los libros por mano de historiadores oficiales. El pueblo no se engaña ni se le engaña fácilmente, sabe quien posee y quien es el desposeído. Y sabe, sobre todo, que es con el sudor de su frente con el que siempre se ha ganado el pan. Que la riqueza de las bodegas repletas de trigo está ahí mientras las puertas estén cerradas. El día que los administradores del poder y las decisiones dispersen esa fuerza entre los más, algo ha empezado a cambiar en el interior de los injustos.

Hoy presiento cercano el fin de mis quehaceres en este mundo. La revolución interior se esconde y se deshace ante los acontecimientos cotidianos. Sigo siendo el mismo intolerante, el empedernido coadjutor de mí mismo. Me peleo con el espejo y nunca triunfo. Soy terco, tajante, casi caigo en el extremo de lo necio. Y por ello las cosas surgen como llamas, las ideas ardiendo en sí mismas se consumen. Cuadrar la parcela, cercarla, barbecharla, sembrarla, escardarla, fertilizarla, protegerla de plagas y cosecharla es un ciclo de conocimiento, paciencia y experiencia que sustenta toda la vida social de las naciones. Al menos de nuestra nación campesina. De esto debemos aprender, planificar en el orden de los hechos y llevar a la práctica el orden de los planes.

La revolución interior es consumir esta agua de cascada y tener siempre sed en cada madrugada. Mirar en si mismo la ciega noche, y en la noche universal la expresión de uno mismo. No hay espacio que contenga todo el mar de emociones que se traslucen apenas en el blanco del papel. Me duelen los huesos y me siento morir de la agudeza del dardo que me acecha. La única revolución que he logrado vivir para mi mismo ha sido esta, la impudicia de mostrarme tal cual soy. Y ser de nuevo un desconocido para mí. ¡Naveguen marineros que en el fondo del océano está el destino final¡