Pontealegre y el Conservatorio de las Rosas

7 de agosto de 2021

Sonia Iglesias y Cabrera nos ofrece esta reseña del Conservatorio de las Rosas, especializado en música y otras artes que, como todo edifico colonial que se precie, cuenta con una leyenda

Foto: Conservatorio de las Rosas©

El Conservatorio de las Rosas se encuentra en Morelia, Michoacán, en la calle Santiago Tapia 334, en pleno centro de la ciudad. Su nombre original es Colegio de Santa Rosa, Se trata de una institución privada, cuya patrona es Santa Rosa de Lima.

El sitio donde actualmente se encuentra el Conservatorio de las Rosas, especializado en música y otras artes, y que se fundó en el año de 1743, siendo el primero de América, fue anteriormente el Convento Dominico de Santa Catalina de Siena, construido en 1595. Tiempo después, en 1743, se convirtió en el Colegio de Santa Rosa de Santa María. A dicho colegio acudían a educarse mujeres y niñas españolas que habían quedado huérfanas.

En el siglo XX se transformó en la Escuela Superior de Música Sacra. El 7 de enero de 1914, el presbítero José María Villaseñor y la Congregación de San Tarsicio en el Templo de San José, con un grupo de niños y jóvenes, dio lugar al surgimiento de La Liga Eucarística en honor a la Virgen María, a quien se le cantaba los días doce de cada mes, en referencia al milagro de su aparición. Este conjunto musical, posteriormente tomó el nombre de Orfeón Pío X, y en el año de 1921, se convirtió en la Escuela Superior de Música Sacra. En esta escuela los niños del coro vivían como internos o semi internos, y además de las enseñanzas musicales recibían la educación académica oficial. En 1950, el Orfeón quedó constituido en Asociación Civil.

Como todo edifico colonial que se precie, el Conservatorio de las Rosas cuenta con una leyenda. Se dice que, en la Nueva España, vivía una dama llamada doña Juana de Moncada, condesa de Altamira, quien al quedar viuda decidió acogerse a la vida religiosa, pues no deseaba volver a casarse ni estar expuesta al acoso masculino, y escogió para tal efecto el Colegio y Convento de las Rosas, donde recibían educación las niñas de la nobleza colonial, a más de las chicas desamparadas. Doña Juana pensó que dada su educación que comprendía conocimientos de música, tocaba varios instrumentos, bordaba maravillosamente y elaboraba encajes que eran una belleza; además sabía tejer, cantar y escribía a la perfección, podría ser una buena maestra. No solamente era culta y educada, sino que contaba con una belleza fuera de lo común, lo cual la convertía en una mujer notable y sobresaliente.

Doña Juana tenía un perro que era su adoración, grande, fuerte, cuello corto, dientes impresionantes que podían destrozarlo todo, y de carácter muy bravo. Sin embargo, este perro tan temible era de lo más amable con las mujeres, se dejaba acariciar, les movía la cola, las protegía y nunca las atacaba. El susodicho perro acompañaba desde España a su ama, e incluso ingresó con ella en el Convento de las Rosas. Toda la comunidad quería a Pontealegre, las niñas y las monjas se regocijaban jugando con él, que se dejaba querer por todas ellas.

Entre las jovencitas que acudían a dicho recinto para recibir educación, se encontraba una niña de quince años llamada Remedios de la Cuesta, originaria de Guadalajara y la cual sobresalía por su impresionante belleza rubia de ojos claros, con una piel blanquísima. Su carácter era tranquilo y sosegado.

En el Convento había un mirador, desde el cual se podía apreciar el hermoso paisaje de Valladolid que permitía ver los hermosos cerros azules, plenos de abundante naturaleza. Cada jueves y domingo, las alumnas tenían permitido salir a dicho mirador a tomar el sol. Como este hecho lo conocían los jóvenes morelianos, se apostaban en la placita y en las calles aledañas para ver a las hermosas pupilas y admirarlas.

Cuando salió por primera vez Remedios al mirador, la vio un alférez que llevaba por nombre Julián de Castro y Montaño, hijo de don Pedro de Castro y Montaño, conde de Soto Mayor. Julián había llegado a Valladolid desde España con el fin de ver a su familia que hacía tiempo residía en tal ciudad. Obviamente, el alférez quedó impresionado con la joven y se enamoró perdidamente de ella. En seguida, le escribió, pero la chica lo rechazó, pues el matrimonio no estaba todavía dentro de sus planes. Ante tal negativa, el alférez montó en cólera y decidió raptar a la chica que lo humillaba con su desprecio, pues no estaba acostumbrado a que ninguna fémina lo rechazara.

En una noche fría de invierno, un grupo de hombres enmascarados y alumbrándose con unas linternas caminaron cerca del muro de atrás del colegio, hasta llegar a una puerta semioculta. Uno de los maleantes, empleando una daga, forzó la cerradura de la puerta y pudieron entrar los cinco malhechores dirigidos por el enamorado no correspondido Julián de Castro. Cuando se introdujeron en el patio Pontealegre sintió su presencia y sin pensarlo se lanzó sobre ellos, sacaron sus espadas, pero el fiel perro presuroso le mordió la yugular a Julián. En seguida, sus compinches atacaron al hermoso can con sus armas y se aprestaron a huir dejando a los dos cadáveres tirados en el verde pasto. Al otro día, terminada la Misa de Aguinaldo, se dieron cuenta que en la huerta yacían el cuerpo de Julián junto al de Pontealegre. La madre superiora del convento, que era nada menos que Juana de Moncada, la viuda convertida, dio aviso a las autoridades virreinales de lo acontecido. Una vez que se llevaron a cabo las averiguaciones correspondientes y se llevaron el cadáver de Julián, cuyas malas intenciones quedaron claras, las hermanas del convento le erigieron un monumento al valiente perro que había luchado por salvar la honra de su ama. En medio de una fuente adornada con azulejos de Talavera, en una columna de granito rojo, sobre el capitel jónico, se ve la figura de un hermoso perro de cuyo hocico sale un chorro de agua límpida que refresca el patio en los días de fuerte calor. Se trata de Pontealegre inmortalizado por su lealtad.