Uno, las cuentas y las supersticiones

En esta reflexión, José Manuel Morales nos cuenta sobre su inicio a la formación propedéutica para transitar el camino de iniciación hacia los misterios de la vida diaria

Nunca he sido supersticioso. Bueno, eso creo y he dicho siempre. Muestra de ello es que no me causa ninguna inquietud cruzarme con un gato negro en las calles, como tampoco caminar por debajo de una escalera, pasar el salero de mano a mano o, en su defecto, no me genera aprehensión tirar la sal sobre la mesa y tratar de corregir mi torpeza con algún ritual inmediato para reparar el daño irremediable que le haya provocado a mi desvencijado destino. No. Eso no me quita el sueño y reconozco que también han dejado de preocuparme los motivos y razones que condujeron a las personas que sí creen en la buena o en la mala suerte por medio de la interpretación de estos símbolos del azar cotidiano.

Ese escepticismo me ha permitido sobrellevar de manera sosegada mi andar por este mundo, el cual muchas veces me lo complico de manera autónoma, no por arcanos designios, sino por olvidos y omisiones de mi destartalada memoria y atención. Sin embargo, hay momentos en la vida en que hasta el más recalcitrante de los escépticos es sometido a duras pruebas sobre la firmeza de sus no creencias. Y hoy me ha tocado a mí.

En la rutina semanal de revisión de las necesidades y sueños adquiridos a través del poder adquisitivo potenciado (¿o exponenciado?) por medio de las tarjetas de crédito, la apacibilidad de mi tarde fue rota de manera contundente. En las optimistas cuentas mentales sobre el control de mis gastos, la bonhomía con la que me juzgo me hacía suponer una balanza financiera muy favorable a mis deseos, pero el número y el párrafo que tenía ante mis ojos me enviaban un mensaje totalmente contrario a mis ilusiones. Debía y mucho. ¿Cómo? No lo sé ¿Por qué? Tampoco había respuesta. Así que, con el vértigo de la adrenalina concentrándose en la boca de mi estómago, me vi obligado a instalar de manera expedita mi propia Unidad de Inteligencia Financiera para dar con el culpable de este desastre.

Seguro el neoliberal rapaz o el conservador rácano que coexisten en mí me llevaron a este momento de angustia existencial. Paso a paso fui rastreando el origen de esos recursos de dudosa procedencia, que me ponían en entredicho ante la prístina solidaridad y empatía de la institución bancaria que, amablemente, me advertía que de no ser recíproco con el cariño y atención que ellos me brindaban, penosamente se verían obligados a enviarme a las catatumbas del buró de crédito. Yo pasaba de un estado de cuenta a otro, tratando de encontrar el momento exacto en que había sido abducido a esta realidad paralela, aterradora, experimentando en carne propia lo que ya había leído en las abundantes crónicas de los sobrevivientes de estos naufragios. Sumaba y sumaba, donde las matemáticas sugerían que solo procedían restas.

Sin embargo, el puro instinto de sobrevivencia me mantuvo firme y sin descanso hasta encontrar un pequeño hueco en la matrix perfecta del sistema bancario como única vía de escape de ese mundo paralelo. Anotando los datos mínimos que puedo necesitar para mi posterior defensa ante el tribunal supremo de los deudores, reparo en la conjunción desafortunada de los elementos del mundo que pueden explicar la pesadilla que se desató esta tarde: es viernes y, no sólo eso, es el día 13 del mes y, dicen los que saben, y ahora entiendo que tienen razón, que es de mala suerte.

Yo no era supersticioso hasta hoy al mediodía. Ahora me queda claro que después de lo acontecido hace unos momentos, doy inicio de inmediato a mi formación propedéutica para comenzar a transitar este camino de iniciación hacia los misterios de la vida diaria. ¿Dónde será el mejor sitio para comenzar a tirar la sal? ¿Sobre el hombro izquierdo o sobre el derecho? ¿Con qué mano toco madera? ¿Cuántas veces? ¿Qué sortilegio, ritual o limpia es el mejor para los profanos?

En fin, encenderé una vela dorada que, dicen, atrae la buena suerte en asuntos financieros.