Andrés Manuel no es López Obrador

10 de septiembre de 2021

Para Víctor Castillo, antes que valorar lo que va del sexenio, nos toca empezar a ejercer ciudadanía, distinguir lo que es política económica, lo que es política social y lo que son políticas públicas

De golpe los errores, las carencias se nos volvieron insoportables…
Queremos tanto a Glenda, Julio Cortázar (1980, 9)

Una prisa recorre varios cerebros y lenguas; premura por juzgar y tener la razón. A tres meses de cumplir tres años en la Presidencia, López Obrador vino a cambiar las cosas, pero no en el sentido mesiánico que le achacaron y divulgaron sus adversarios, sino en otro que fue relativamente modesto y absolutamente fundamental: cristalizar la idea colectiva del cambio de partido en la Presidencia, toda vez que el programa económico y social del PRI y del PAN era y es el mismo. Esta idea de juzgar las acciones de los gobiernos en plazos relativamente cortos, se ha agudizado por la falta de efectividad en periodos sexenales, pero apurar las valoraciones periodísticas o en los cafés tampoco es la solución. Todo empezó, para variar, en Estados Unidos con los famosos 100 días de gobierno. La diferencia es que en el contexto particular donde surgió la idea fue estupenda. En 1933, el Presidente de ese país, Franklin D. Roosevelt, con el respaldo del Congreso y sin traspiés de la Suprema Corte, puso en marcha el New Deal (ND), un programa nacional de políticas sociales y económicas para poner fin a la crisis llamada Gran Depresión (1929-1933). El ND fue un golpe de timón que trascendió en el tiempo y en el mundo. En medio de esa gran crisis, Roosevelt se propuso valorar, de cara a la sociedad estadounidense, los primeros 100 días del New Deal. Fue una acción pública hacia y para los ciudadanos, en un tiempo donde la rendición de cuentas era un sueño.

Lo que vemos en México es la tergiversación de esa idea, cuya fuente son los medios de comunicación masivos y actualmente con un sesgo político marcado en contra del gobierno en turno. Valorar y juzgar a los 100 días, al primer año o a la mitad de sexenio, se ha convertido en una actividad casi retórica, porque las políticas gubernamentales, particularmente las políticas públicas, por mejor diseñadas e instrumentadas que estén, si no existe un piso mínimo de arranque en el sector de que se trate, no tendrán éxito o éste será efímero o irregular en el mejor de los casos, salvo algunas políticas públicas muy acotadas en tiempo y territorio.

Valorar me parece una palabra apropiada para el ejercicio público de la rendición de cuentas, porque no somos jueces para juzgar ni especialistas para evaluar; sin embargo, valorar es una actividad compleja y complicada. Si queremos valorar la inflación, resulta que para bien o para mal, la parte sustantiva es responsabilidad del Banco de México, que es una institución autónoma. Si queremos valorar la política energética, no podemos porque no se han podido sortear los obstáculos judiciales interpuestos por los actores afectados por estos cambios legales. Si queremos valorar la educación básica (por no hablar del galimatías del bachillerato y del tipo superior), será muy complicado porque es financiada y los planes de estudio planificados por el gobierno federal, pero administrada y operada por los gobiernos de entidades federativas, menos en la Ciudad de México. Ya se ha escrito y hablado mucho sobre lo que ha hecho o ha dejado de hacer el Presidente. Me parece inútil gastar más energía en un tiempo en el que se busca más discutir y tener razón, que escuchar y atender coincidencias. Quiero dedicar las siguientes líneas a exponer parte de lo que he alcanzado a ver en la primera parte del gobierno de Andrés Manuel y en la reacción que hemos tenido los ciudadanos ante un hombre que hace un planteamiento diferente al de sus predecesores, quienes poca importancia dieron a la legitimidad, factor que es tan importante como la legalidad para la investidura presidencial.

Recuerdo la mirada de Andrés Manuel previo a su discurso en el Hotel Hilton horas después de que los resultados electorales preliminares de 2018 fueran irreversibles. Esa mirada me hizo pensar en el laberinto y en el espejo como símbolos de una persona que se dispone a realizar algo distinto en un contexto donde eso no es bien visto ni recibido por minorías poderosas capaces de obstaculizar las intenciones de los huéspedes temporales del Poder Ejecutivo en los países de América que fueron colonias. El hecho de que los servicios de inteligencia de sus adversarios no hayan encontrado algo para evitar su arribo a Palacio Nacional o condicionar sus acciones, me parece el mejor indicativo de que es un político honesto que se encontró, no sólo con un arquitectura, sino con una ingeniería institucional, que no es idónea para sus objetivos; eso él ya lo sabía. De haber llegado a la Presidencia en 2006, junto con Lula en Brasil y Chávez en Venezuela; por no mencionar a Néstor y Cristina, José y Evo en Argentina, Uruguay y Bolivia, respectivamente, y sin la fuerza que en los años siguientes adquirieron las transnacionales en el país, probablemente habría tenido la fuerza para avanzar, con menos impedimentos, en su plan de gobierno.

No hay país más surrealista que México, declararon alguna vez, en diferentes momentos, Luis Buñuel y André Breton. Casi todos, ciudadanos, periodistas, comunicadores, activistas y políticos hemos estado construyendo nuestras críticas hacia Andrés Manuel en la forma más presidencialista, salvo las hechas hacia Carlos, en el momento donde menos presidencialista se puede ser. ¡Así qué imagínense el poder que llegaron tener los presidentes en los tiempos en que se acuñó el término!, que además no se ha ido de la primera línea del Artículo 80 constitucional. Los cuarentones tenemos padres que vivieron su juventud política alrededor del 68 y abuelos que tuvieron su juventud al inicio de la mejor etapa socioeconómica del país, y sin embargo no percibo que hablemos, discutamos y seamos políticamente diferentes a ellos, lo cual me parece ilógico desde un punto de vista familiar o fraternal y lógico desde el punto de vista social o del país.

La esperanza sueña y anhela las calles y éstas, convivencia y gritos que estallen.

¿De dónde vinieron nuestras expectativas para juzgar y evaluar a Andrés Manuel?, ¿de un conocimiento y lecturas de noticias sobre temas políticos o de la opinión de “otros”? Entrecomillo la palabra porque muchos periodistas, comunicadores, activistas y políticos se alinean y alienan de intereses ajenos. Es importante comunicarlo porque la mayoría de hombres y mujeres necesitamos interesarnos en estos temas. En su primer discurso como Presidente electo, él dijo “ya no me pertenezco”; pienso que nadie, ni siquiera él, entendió esa frase. También pienso que él, en un segundo plano, la entendió a cabalidad y supo que corría un riesgo enorme: o se convertía en metáfora o en ejemplo de surrealismo. Criticar al Presidente, como lo hacemos, es la actitud más presidencialista que existe, o ¿acaso somos ciudadanos ejemplares para nosotros mismos?

En el siglo XVIII, Adam Smith fue el economista que separó la economía de la ética y la moral, por ser campos del conocimiento distintos, no para que se ejecutara sin dichos atributos. México necesitaba un político tenaz, sagaz y con visión colectiva. He conversado con gente que cree que Carlos fue sumamente inteligente, pero es momento de derruir ese mito. Carlos fue sagaz, astuto y audaz. Aprovechó el apoyo estadounidense, el de los organismos internacionales, el de la abrumadora ortodoxia académica internacional y el de los medios de comunicación masivos, para instaurar en México un cambio de política económica y de política social; aun con todo ese apoyo, ese modelo económico (llamado neoliberal) demoró varios sexenios en operar y, por supuesto, fracasar. Andrés Manuel con menos apoyo fáctico, nos propone un viraje no contrario, pero sí diferente y debemos hacer el esfuerzo de entenderlo. Sin embargo, al no cumplir las expectativas inmediatísimas, salidas de quién sabe qué sombrero mágico, ¿Seremos capaces de votar por sus adversarios, como si se tratara de un programa de Big brother? En una de esas nos sale como alcalde, gobernador o presidente un tipo obtuso como el de Vox.

Neurólogos especularon que cuando los habitantes originarios de este continente vieron las naves españolas llegar, no las distinguieron porque estaban fuera de su umbral cognoscitivo; el filósofo Byung-Chul Han, siguiendo a los alemanes, nos dice que la belleza como categoría de la estética, sólo es posible apreciarla a la distancia. Seamos pacientes, pero consistentes con nuestras peticiones ciudadanas; ¡tenemos tantos problemas por resolver! Andrés Manuel es un símbolo en tránsito, un gozne; permitamos que gire la puerta. Nos toca empezar a ejercer ciudadanía, distinguir lo que es política económica, lo que es política social y lo que son políticas públicas, algo que veremos en la siguiente entrega. Y sin embargo, dice Cortázar: nadie baja vivo de la cruz.