Dos preguntas paradas en el muelle de la noche

18 de septiembre de 2021

José Manuel Morales nos ofrece esta viñeta del ciclo de rotación y traslación en el que mucha gente suele encontrarse en estos días de pandemia

Llueve. No deja de llover. Para esta zona del país es una condición atípica, anormal. La ciudad, diseñada desde su fundación para otro tipo de clima, no se cansa de mostrar su molestia ante este temporal, anegando las calles y avenidas, haciendo de la circulación de autos y peatones una penosa peregrinación sin fe. Sin fe. O con cansancio o resignación, no lo sé. Muchos viandantes transitan sin fe estas últimas semanas en las que los extremos del abismo o de la esperanza, por momentos, parecen marcar un solo camino, sin oportunidad para otro tipo de emoción o sentimiento con el cual seguir sujetos al ciclo de rotación y traslación de esta parte del mundo en el que nos encontramos.

Mientras tanto, en duermevela, me veo -¿o me ven?- caminando sobre un muelle, dirigiéndome hacia un barco sin bandera, llevando conmigo una gran cantidad de maletas, cajas, baúles, de los que desconozco su contenido. El barco se mece, leva ancla y lentamente comienza a dirigirse al horizonte. No estoy en él. Solo mis maletas. Yo me veo -¿o me ven?- de pie sobre el muelle, siguiendo con la mirada la partida de la embarcación, mientras doy lentos sorbos a un raspado de grosella que no sé cómo apareció en mi mano. El raspado de grosella me refresca y me provoca alivio. Alivio, sí, eso es lo que he estado buscando.

No sé si pasan horas o solo minutos, pero yo sigo de pie frente a un muelle vacío. El horizonte cambia de vestuario, de la luminosidad del día, pasa a la formalidad de los colores nocturnos. El mar que antes era una enorme tinaja de agua azul y pequeñas crestas blancas de las olas, ahora es un extenso tapete oscuro salpicado por infinitos brillos de estrellas. Regreso sobre mis pasos. Sobre el muelle. Sobre el malecón. Sobre la plaza en donde se escucha a una danzonera.

Y de nuevo la lluvia. Estoy acostado. En silencio. Escuchando el ruido de las gotas contra el cristal de la ventana. ¿Y el barco? ¿Y el muelle? ¿Y el malecón? No escucho nada más que agua golpeando insistente contra la ventana. Sigo en silencio. Fijo mi atención en mi respiración. Trato de concentrarme en ella. Dicen que eso ayuda a conciliar nuevamente el sueño. Pero el ruido del agua no me permite este ejercicio de autocontención. Nuevamente me veo -¿o me ven?- caminando hacia una plaza, cruzando el malecón, llegando hasta la orilla del muelle, en donde ya no quedan más barcos que mirar zarpar.

Es casi la madrugada. No todo sigue igual. Sólo me veo a mí -¿o me ven?- observando el horizonte, mientras saboreo, con lentos sorbos,  un raspado de grosella que me provoca alivio. ¿Qué habrá de mí en esas maletas que partieron? ¿Quién soy ahora sin ese exceso de equipaje?

La lluvia es pertinaz y abrumadora pero un dulce sabor a grosella comienza a adquirir gusto a esperanza. Otro sorbo y más alivio.