La espera y los celos

2 de septiembre de 2021

Diego Rodrigo Vázquez Romero escribe: “Me dijiste que te sentías mal, que tenías problemas en casa, que se te había juntado todo, que te sentías triste...

Imagen: fotograma de la película "Los celos" de Philippe Garrel.

Estoy parado esperándote donde siempre: en la estación del metro con correspondencia a la línea magenta, a un lado de las escaleras del pasillo de la tienda naturista. Corroboro tres veces los mensajes de anoche para confirmar la hora. ¿Dónde estás? Cada que llega un convoy nuevo, trato de hallar tu cara entre el mar de gente que camina apurada, al no encontrarte, me entrego a la mala costumbre de pensar en mil cosas. Pienso… pienso y pienso en todo.

Últimamente todo ha estado muy raro, me tuve que ir de la ciudad por trabajo y ahora, por la pandemia, sólo nos podemos llamar por teléfono. Al principio hablábamos diario, hasta videollamadas hacíamos, pero poco a poco eso cambió. Me dijiste que te sentías mal, que tenías problemas en casa, que se te había juntado todo: los gastos, las tareas, los corajes, que tenías miedo de haberte contagiado, que te sentías triste y un montón de cosas más que ya ni me acuerdo. Tengo suficiente con el trabajo y con mis propias broncas como para acordarme de los detalles cuando maldices tu suerte.

En lo que te espero, trato de hacer un esfuerzo por recordar algo que sí me dijiste, pero no puedo. Tampoco puedo soltar esa sensación de que algo anda mal… pienso, pienso y pienso y caigo en la cuenta… ¡Claro! Conociste a alguien.

La cabeza se me llena de suposiciones que trato de aclarar con información que voy inventando en el momento. ¿Y si hay alguien más? ¿Si en todo este tiempo se han estado viendo? ¿Qué tal que estás con él y por eso no llegas?

Me acuerdo de todo lo que no te dije cuando pude. Recuerdo todos los te amo que me guardé, esos días que preferí ir a la cáscara en lugar de abrazarte y en aquellos momentos en los que simplemente me quedé en casa, dándole más importancia a descansar que a escucharte, acariciarte o hacerte el amor. Pienso en todas esas veces que te noté molesta y no hice nada, que te tiré de loca, esas conversaciones que ignoré por la fuerza de la costumbre y trato de recordar esos mensajes clave que nunca pude escuchar.

Los pensamientos se convierten en angustia y el aliento se me va, parece una tortura el simple acto de respirar.

Sigo imaginándote con alguien más. Alguien que te hace sonreír, que te toma la mano con ternura, que te besa apasionadamente, que te hace disfrutar de orgasmos intensos, continuos y explosivos. Me calvo en la idea y aseguro que conociste a alguien, un hombre mejor que yo. Alguien que te mira con cariño, que te escucha, que te hace sentir especial, que te trata con respeto, que te da tu lugar. Alguien a quien no le da miedo que lo vean contigo. Y así continúo con la tortura repitiéndome una y otra vez… ¿En qué momento pasó?

Sin darme cuenta estás a mi lado, me cuesta trabajo reaccionar y sin esperar un momento más brincas a mis brazos y me dices que me quieres, que me extrañaste mucho. Yo no puedo hacer que el coraje se me pase y comienzo a reclamarte todas esas cosas que nunca hiciste y que yo sólo imaginé mientras te esperaba.

Después despierto, empapado en sudor… tomo un respiro y me preparo para ir a trabajar.