Lo que me quitó la pandemia

9 de septiembre de 2021

Diego Rodrigo Vázquez Romero escribe: "Me molestaba que la gente se quedara en sus casas, que le hicieran al cuento con sus cubrebocas, con sus toallitas desinfectantes, con los termómetros, con la sana distancia, ¡ay qué gente más exagerada!"

Foto: Pinterest

La pandemia me agarró desprevenido. Nunca pensé que fuera a durar tanto tiempo. Al principio me daba muchísimo coraje estar encerrado. Me sentía como un gato enjaulado, listo para soltar trancazos, era como si estuviera librando una guerra.

Todo el tiempo, por todos lados se repetían las mentadas palabras: pandemia, coronavirus, cuarentena, encierro. Si prendía la tele, se interrumpía la programación para dar una nota sobre un brote aquí o allá: hospitalizados, muertos, un desastre todo el tiempo, todos los días. Y así ha sido desde entonces.

La empresa donde trabajé quince años, quebró. Y sin tomarse la molestia de avisarnos con tiempo, un día simplemente nos dijeron: “Ya no podemos pagarles, lo sentimos mucho”. Pues yo lo sentí más.

Tuve que empeñar unas cosas para librarla, cada día veía cómo el dinero se me iba. De pronto me quedé sin opciones y me tuve que regresar a vivir con mi papá.

Verme obligado a hacerlo fue una gran derrota. Era como si todo por lo que me había esforzado en la vida, en un segundo, se cayera en mil pedazos. Todavía hoy, con todo lo que ha pasado, me da vergüenza haberlo hecho.

Me molestaba que la gente se quedara en sus casas, que le hicieran al cuento con sus cubrebocas, con sus toallitas desinfectantes, con los termómetros, con la sana distancia, ¡ay qué gente más exagerada!

Después de un tiempo anunciaron que iban a dejar de vender cerveza y alcohol y dije… ¡Esta es mi oportunidad! Le pedí a mi papá una lana y me fui a surtir. Llené el coche con todo lo que le cupo y así me aventé tres o cuatro viajes. En el güats me hice famoso, ahí me hacían los pedidos en la mañana y por las tardes me dedicaba a entregar. Estaba ocupado todo el día. Cada latita la vendía en $30, $35 o hasta $40 pesos. Las botellas no las bajaba de $500, ¡y la gente lo pagaba! ¡Era el negocio de mi vida!

En bien poquito tiempo recuperé el dinero que me prestó mi papá y hasta más. Una tarde le caí a mi viejo con un fajote de billetes y le dije: de ahora en adelante todo va a estar bien. Abrimos una botella de mezcal y le dimos baje, nos la pasamos suave. Nos acordamos de mi mamá y nos dimos un abrazo bien sincero, quién diría que sería el último.

A los pocos días mi papá empezó a toser. Era una tos distinta a la que le provocaba su medicamento. Esa tos era seca y no le paraba. Una mañana no se despertó para desayunar, fui a su cuarto a ver qué había pasado y lo vi todo morado. Me espanté y fuimos directo al hospital porque no podía respirar.

Se lo llevaron los doctores y se me hace que algo hicieron los malditos, porque ya no lo volví a ver. Se murió esa misma noche. De solo recordarlo me regresa el coraje.

Hace poco hablé con una doctora, me dijo que tal vez yo era asintomático y así fue como mi papá agarró el virus ese. Pensar en eso me provoca una tristeza enorme y una impotencia aún más grande.

Últimamente algo me está pasando porque hay días en los que me siento raro y de plano me quedo paralizado y no puedo dejar de pensar en que me voy a morir. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que pude dormir bien.

No sé cómo, ni cuándo volveré a sentirme tranquilo.

Esta pandemia me ha quitado todo y quién sabe cuándo termine.