Tradición oral michoacana

4 de septiembre de 2021

Sonia Iglesias y Cabrera nos comparte dos leyendas michoacanas: «El diablo del cerro» y «Marili y Satán»

El diablo del cerro

Germán, un aprendiz de artesano de Cuanajo, Michoacán, era un jovencito muy ambicioso. Había entrado de aprendiz con don Sebastián en su taller de muebles. Germán quería aprender pronto a hacer muebles, para poner su propio taller y emanciparse. Eso estaba muy bien, pero el chico no tenía paciencia, quería hacerlo todo rápido y mal.

Un cierto día, Germán fue al cerro a recoger un tronco que don Sebastián había dejado olvidado. Lo estaba buscando cerca de una cueva cuando, de repente, le salió un señor muy bien vestido, como catrín. El señor le dijo al jovencito que lo acompañara a la cueva y que no iba a arrepentirse. Indicándole la entrada, el señor desapareció como por encanto, antes de dejarle ciertas instrucciones para que accediera a la cueva. En la entrada de la misma, Germán vio un crucifijo clavado en un costado, y lo escupió como le había indicado el catrín. Luego se topó con una víbora enorme a la que brincó como pudo. Luego le salió un carnero, un gallo, un chivo y un toro a los que tuvo que esquivar para que no lo atacaran. Una vez que sortea estas dificultades, el joven entró en la cueva donde el señor, que era nada menos que el Diablo, le hizo firmar un contrato en el que cedía el cuerpo y el alma a cambio del dinero que le dio.

Con el dinero obtenido, Germán puso su taller con ayudantes. Empezó a ganar mucho dinero con la venta de sus muebles. Prospero, se casó, y así llegó a los cincuenta años. El mismo día en que los cumplía, llegó el Diablo a cobrar su alma. Asustadísimo, al sentir que el chamuco se lo llevaba, Germán corrió hasta la iglesia del pueblo y buscó al cura. El sacerdote, enterado de las angustias de Germán, colocó cruces en el camino y el Diablo no pudo pasar a llevarse el alma del cincuentón.

Después de recibir una fuerte reprimenda del señor cura, Germán regresó a su casa muy contento por haberse librado del Diablo. Juró devoción eterna a Dios y disipó sus temores con una buena comilona de carnitas y pulque curado, dando gracias al cielo por haberlo salvado.

Marili y Satán

Una leyenda michoacana nos cuenta que en el Valle de Nocupétaro, situado en la región de Tierra Caliente, en el actual estado de Michoacán, vivía Campincherán, rey de los chichimecas y los nahuatlacas. Tenía una hija llamada Marili, atractiva joven de largos y negros cabellos
Un día el rey debía acudir a una importante reunión con los mexicas, y como no quería dejar a su hija sin vigilancia, le pidió a su amigo Satán que la cuidase, quien aceptó gustoso el encargo. La muchacha que nunca había visto a un joven, al ver a Satán se enamoró perdidamente de él y le pidió que se casara con ella, previo permiso de los superiores del muchacho.

Al oír la petición, el demonio Satán junto todas las joyas y el oro de Campicherán y las cubrió con piedras y lodo; le pidió a Marili que se acostara encima del montón, y se fue corriendo con su superior. Cuando el diablo mayor oyó que su subordinado le pedía permiso para casarse, le propinó una terrible paliza, alegando que nunca le permitiría casarse con la hija de un hombre tan celoso, y que eso no era digno de un diablo. Para evitar cualquier desobediencia, el Diablo mayor encerró al esperanzado diablito.
Como nunca volvió con Marili, las piedras y el lodo se convirtieron en el cerro de Mariana, donde yace la pobre muchacha enterrada esperando el regreso de su amado. El rey, al regresar y darse cuenta de lo que había pasado, enloqueció y se convirtió en un ventarrón que desde entonces puede sentirse alrededor del cerro.