Las musas y el café de las primeras horas de la noche.

José Manuel Morales nos relata un breve momento en el que las musas comienzan a dibujar palabras con el vapor del café de la tarde

Bajo al estudio, pero antes de llegar a mi destino decido dar un rodeo hasta la cocina y hacer una escala temporal para prepararme una taza de café. No debería. Ya es tarde, dirían algunos, y podría provocarte insomnio. Otros más opinarían que esta hora de la tarde es más propicia para beber un té o una infusión que comience a relajar el cuerpo y reconfortar el espíritu, previo a la clausura de los días. El agua hierve y su bullicioso borboteo me dice que es momento de dejar las cavilaciones y concentrarme en el pulso de mi mano derecha, que últimamente se ha declarado en franca rebeldía, para que las dos cucharadas de café molido que necesito extraer de su frasco no pierdan el rumbo fijado por mi deseo, para que no se extravíen durante su traslado y su aromático contenido no caiga desordenadamente sobre la cubierta de la cocina, en lugar de vertirse sobre el termo-acuoso recipiente que previamente he preparado para recibirlo.

Me concentro. Sujeto fuerte y firme la cuchara, respiro pausadamente y comienzo, sigiloso y seguro, el primer movimiento de esta operación minuciosa, continúo el desplazamiento cuadro por cuadro hasta llegar a su destino. Segundo movimiento, la misma disposición y el mismo resultado. Siento un pequeño orgullo por mi logro. Sí, ya sé, es uno de esos orgullos cotidianos, breves, invisibles para el mundo, quizás mediocres, pero que hacen más placenteros los pequeños actos de la vida cotidiana. Sonrío y orgulloso y triunfal me dejo envolver por el aroma de mi café y su reconfortante promesa de beso cálido y vivificante.

Decido que un esfuerzo de la magnitud que he realizado bien merece una pequeña recompensa. Otra, de esas que también, tan bien, endulzan las horas. Sí. Me doy esa libertad y coloco en el plato blanco, sobre el que reposa mi humeante taza de café, una pequeña rosca de canela con azúcar, de esas que saben a nostalgia y repostería tradicional. Demasiado imprecisa esa descripción. Quizá sería más exacto decir que saben a niñez o, tal vez, a añeja tradición familiar que por un momento ha sido rescatada por la vieja, que no decadente, memoria olfativa y gustativa con la que últimamente hago frecuentes viajes hacia el pasado. Deposito mi valioso cargamento sobre la mesa dispuesta al costado izquierdo del sillón que desde hace años he elegido como mi atalaya de escritura y de lectura; a la izquierda porque, claro, ese es el lugar de mis latidos. No es coincidencia, pienso, y otra vez sonrío.

Cuidando en todo momento de no derramar ni una sola gota del elixir recién preparado, reviso la distancia desde el sillón hasta la mesa, verifico la coordinación ergonómica entre la taza y mi brazo, asiento satisfecho y doy por aprobada esa fase de los preparativos. Oteo el escritorio y nada de lo que está sobre su cubierta me interesa en este momento. Cambio la vista de dirección y hago un rápido inventario visual de los anaqueles de los dos libreros más próximos a mi punto de geolocalización actual y tras el rápido reconocimiento doy por concluida la segunda etapa previa a la lectura y escritura: ahí está la novela que me ha acompañado estos últimos días y también la computadora portátil que no he abierto desde ayer. Quisiera terminar la lectura pero sé que debo de cumplir primero con mi deber de redactar las líneas a las que me he comprometido con antelación.

Así, más resignado que convencido, enciendo el ordenador, y se me ilumina el rostro, no, no por la llegada de las ideas o las palabras necesarias para expresar correctamente lo que se me ha pedido, sino solo por el efecto físico del reflejo de la página vacía que me proyecta el procesador de texto, justo en el momento en el que la luna se asoma por el horizonte de mi ventana y yo, con paciente tranquilidad, doy pequeños sorbos a mi café, acompañado de diminutos mordiscos a la galleta que me remonta a mi infancia, en espera de que hoy las musas decidan darse una vuelta, una vez más, por este apartado código postal de esta húmeda ciudad que recibió a octubre con un cielo cayéndose a raudales.

A lo lejos, ruidos, sonidos, voces, ecos de eso que llaman vida, mientras yo, como bien lo dijo Fito Páez: “Yo escribo aquí en mi habitación/ Y el mundo arde allí afuera”. Un sorbo más a mi café, antes de que se enfríe. Y de pronto, benignas y generosas, las musas comienzan a dibujar palabras con el vapor del café que les ofrezco.