La mirada del viajero

17 de noviembre de 2021

Jorge Bustamante García nos comparte con este texto un mínimo homenaje a su querido y entrañable amigo, el poeta Gaspar Aguilera, fallecido recientemente, con quien compartió incontables conversaciones sobre libros, autores y amigos

En 1996, Álvaro Mutis, José María Espinasa, David Ojeda y yo presentamos en la Casa Lam de Ciudad de México el libro de Gaspar Aguilera «Diario de Praga». Dejo aquí mi texto de esa ocasión como mínimo homenaje al querido poeta y entrañable amigo, con quien compartí incontables conversaciones sobre libros, autores, amigos, y la vida que nos conmovía en cada momento. Presenté sus libros y él presentó los míos. Aprendí mucho de su voz sonora, inconfundible, de su humor que hacía llevadero el sufrimiento de contemplar el mundo y que lo conducía a escribir apelando siempre a su propia voz. Sus indagaciones en “Zona de derrumbe”, en los “Ritos del obseso”, en “Los últimos poemas de Dante”, en “Tu piel vuelve a mi boca”, en su “Diario de Praga” y muchos otros libros, lo colocan sin duda en lo mejor de la poesía michoacana. Nos harás falta a muchos, pero tu poesía estará aquí para acompañarnos, para conmovernos, para consolarnos de la fragilidad de estar aquí con la palabra poderosa que nos conduce por terrenos movedizos a lugares más seguros que no existen sino en nuestra imaginación. Pero eso será más que suficiente, querido viajero.

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Ante tanta ruindad y tanta desesperanza/ el mundo se merece una ciudad como Praga»: esta confesión, abierta y palpitante, es el espíritu mismo que se pasea campante por las páginas de Diario de Praga de Gaspar Aguilera Díaz. Si en sus primeros libros Zona de derrumbe y Los ritos del obseso la ciudad se destruye y el amor se derrumba en el lugar exacto de la bruma, en Diario de Praga sucede el milagro de la reconstrucción, en medio del estallido de la luz y los colores. El poeta viajero deposita su mirada en los paisajes que toca y crea su incesante itinerario con calles y estaciones, puentes, plazas y jardines. Sabe que la poesía sirve para nada y para atender el mundo, escuchar sus palpitaciones furtivas y recobrar sus revelaciones instantáneas: «Concédeme oh ciudad de la utopía/ que nada borre tu imagen húmeda a las seis de la tarde/ que en el último minuto (útil sólo para invocar fantasmas)/ antes de los deseos incumplidos/ o esas odiosas palabras finales que repetirán de boca en boca/ el aliento me alcance/ para pronunciar con la postrera voz de la memoria:/ Celetná Staromesto y cierta mirada gótica».

     Desde que leí hace un par de años, en el libro Tu piel vuelve a mi boca, poemas como «La muchacha de la calle Lenin», «Amanecer frente al Neva», «Los fantasmas de la calle Nevsky», «Desde el palacio de Invierno» y «En la tumba de Pushkin», sospeché que me encontraba ante un hacedor de versos que elabora sus juegos, sus crudas realidades, con la alquimia que subyace en la nostalgia -aparentemente exótica- de otros lugares. La lectura de este Diario de Praga no hace más que confirmar mis ligeras sospechas: el cálido Voltava partido en dos por «un cisne solitario», la emoción irrepetible de un observador silencioso en el centro de la plaza de San Wenceslao (acaso sólo comparable a la emoción del mismo observador en el centro de la Plaza Hermosa de Moscú, como se le conoce desde los tiempos del tan calumniado Iván el Terrible), el otoño que se deshace en las campanas de San Sebastián «para avisarnos que el vacío ha iniciado su reino entre nosotros», la sonata de Schumann que en la ciudad de Mozart «hizo brotar la primavera», la calle de Salzburgo por donde George Trakl «paseó su angustia por el mundo», y de pronto -de un salto mágico- aquel muelle de la Habana donde el poeta quiere morir en una noche de agosto «acompañando a las parejas que se tocan» y la fortaleza de Hohensalzburg y por fin la Viena pálida y gris donde «las bancas de madera con sus herrajes verdes/ ya sin el peso de caricias recientes/ se ven más desoladas que el Cementerio Central/ Los viejos pasean su soledad por el enorme parque/ han florecido los primeros paisajes amarillos/ y la lluvia no se atreve a soltar su evidencia».

Todo libro de poemas es un diario y cada diario es la invención de una cartografía onírica que radica en las miradas del poeta. El Diario de Praga nos conduce pausadamente, sin sobresaltos ni tremendismos, a esa geografía en la que el autor y sus lectores encontramos motivos para el desvelo y la ensoñación. En ese territorio llama la atención la consciente falta de puntuación, que se hace innecesaria, pues cada texto mantiene su ritmo interno, cada verso su extensión y entre línea y línea saltan las pausas que la lectura impone: «La gente miraba desde el puente/ mientras el apretado lienzo de tu cuerpo desnudo/ derramaba sus mejores virtudes/ A nadie le importaba la caída/ de la ignorante humanidad/ y tu piel sostenía a la ciudad en vilo».

Una apreciación ligera y burda de este libro podría imputar a muchos de los poemas de Aguilera estar cargados de un cierto aire exótico. Nombres de ciudades, personas y cosas parecieran sonar distantes a nuestro oído, como si fueran habitantes de mundos ajenos. ¿Pero acaso Eduriges Diada, Fulgor Sedano, Doloritas Preciado y tantos otros sonidos de la mitología rulfiana, no nos parecen igual de extraños?: sin embrago, son nuestros, los llevamos dentro, los padecemos, son una ventana hacia nosotros mismos. Ya sea que el autor nos hable del otoño en Weiserstrasse, o de el cementerio judío de Praga, o del deseo latente en la piel de Sylvie, o del horrible pez náufrago del Museo Británico, o de los lienzos de Modigliani, Turner o Balthus, siempre lo hace desde una perspectiva nuestra, íntima, y uno descubre que todo puede tener exactamente el mismo tono en una calle perdida de Morelia o en un cuadro espléndido, azulado, del pintor michoacano Rafael Flores.

Aunque parezca paradógico en Diario de Praga puedo mirarme en otros, en lo otro, para comprenderme mejor. Leyendo estos textos puedo palpa mi entorno, mi inmediatez, porque como creo saber: «contra la soledad/ no hay resquicio seguro/ ni tiempo solidario». La mirada  del poeta viajero nos llega intacta, fina; y nos recuerda que el viaje es apenas una ilusión, porque todo sucede igual y distinto en todas partes: el murmullo seco de una hoja al caer, los diálogos del aire, el aplazamiento de nuestras resoluciones humanas que pueden hacer estallar el mundo en cualquier esquina de la vida: «El invierno se empeña en hacernos visibles/ el transcurrir del tiempo y sus disfraces/ afuera puede estallar el mundo/ aquí se instala/ la desolación bien compartida/ el frío y sus puntas de jade se entremezclan con los coros/ De nuevo/ el tren lejano es la imagen mejor/ para entender la diferencia/ entre quedarse/ y lo que otros conocen/ como huída».