Las ilusiones de las energías limpias (I)

Para Víctor Hugo Lozada y Gabriel Cué es importante despejar las tergiversaciones y malentendidos sobre las llamadas “energías limpias”, referidas recurrentemente por los grupos políticos como la solución obvia para los problemas ambientales

En el marco de los Foros de Parlamento Abierto sobre la Reforma Eléctrica, convocado por la Cámara de Diputados y que concluyó el pasado 28 de febrero, se suscitaron diversas reacciones a los debates. Entre los términos más utilizados en los discursos oficiales y los medios de comunicación encontramos el de “las energías limpias”, que interpretan como lo absolutamente opuesto a los combustibles fósiles. Tanto los opinadores públicos como los grupos políticos utilizan la expresión para referirse a la solución obvia para los problemas ambientales. Incluso, el coordinador de la fracción parlamentaria del PRI, Rubén Moreira, presentó su propia Propuesta de Reforma Eléctrica, “que consiste en fortalecer la generación limpia distribuida”. (El Universal, 01/03/22). 

¿“Energías limpias” es un concepto preciso?

Uno de los aspectos más eficientes del orden neoliberal fue su capacidad para imponer una síntesis articulada sobre la realidad económica. Los discursos neoliberales construyeron una versión del orden mundial y de su historia, con argumentos arbitrarios y una distorsión de los procesos económicos globales, pero con una gran penetración ideológica en las sociedades actuales. Entre los principales postulados de estas narrativas (la ineficacia del Estado para administrar la economía, los beneficios de los intereses privados transnacionales y eventuales equilibrios del mercado a costa de la reducción del ámbito social) se encuentra una supuesta preocupación del capital privado por el medio ambiente y su intervención para la obtención de las llamadas energías limpias. El gran capital internacional construyó la ilusión de una era de energías limpias o verdes que, por supuesto, sus empresas administrarán de modo eficiente.

 No hay energías limpias, en sentido estricto. Podría ser más adecuado hablar de energías alternativas. Asumiendo que la comunidad científica ha tenido, durante varias décadas, una preocupación genuina por el incremento de las emisiones de CO2, los discursos y sus estrategias de solución han resultado, por lo menos, cuestionables. Un ejemplo: el paradigma ambientalista que funcionó a partir de los años setenta fue el desarrollo sostenible. El Círculo de Roma y todos los grupos de investigación que concienciaron a la comunidad internacional sobre “los límites del crecimiento”, diseñaron estrategias para erradicar la pobreza y proteger al medio ambiente reconciliando al ambientalismo con el desarrollismo. Sin embargo, su lógica fue insuficiente: el discurso de la sostenibilidad se erigió sobre el mismo modelo de desarrollo capitalista que se proponía resolver. Este discurso engendró a una burocracia ecologista que, años después, agregaría a su sofisticada agenda la demanda de “energías limpias” (Arturo Escobar, La invención del Tercer mundo).

 El peligro inminente de un cambio climático catastrófico y los efectos negativos por la mala gestión medioambiental, han suscitado la preocupación de que el desarrollo económico supere la capacidad de carga de la Tierra. Por lo tanto, la posibilidad de contar con fuentes energéticas renovables y con una baja incidencia en la composición química atmosférica parece el camino adecuado para solventar las demandas materiales de las economías. Los modelos de energías verdes o limpias pretenden operar en un espacio seguro, donde los límites planetarios están debidamente resguardados (contra el cambio climático, la contaminación química, el agotamiento de la capa de ozono, la pérdida de biodiversidad, etc.). Es inobjetable el impacto que tiene la actividad humana en el sistema climático por la alta emisión de gases de efecto invernadero, producto de la obtención, distribución y consumo de energía fósil (carbón, gas, petróleo). El daño ambiental no se discute, pero nuestra percepción del desarrollo y el consumismo de las sociedades sí es una discusión abierta.

La prometida sustitución por tecnologías que no agotan su fuente generadora y con baja emisión de carbono (solar, eólica, geotérmica, biomasa e hidráulica) también tiene un impacto considerable en el medio ambiente. Se puede mencionar la pérdida de rutas migratorias de aves, emisiones a la atmósfera, desmonte y deforestación, alteración al ciclo hidrológico, generación de ruido, entre otras. De acuerdo con datos proporcionados por el Banco Mundial, los molinos del megaproyecto La Venta II, en la región del istmo de Tehuantepec, donde convergen rutas de aves migratorias, provocaron la colisión y muerte de aproximadamente 4 mil aves y 6 mil murciélagos en un año. Los aerogeneradores de campo eólico La Venta I indican que cada molino emite gases de efecto invernadero (entre 20 y 26 CO2e/kWh) en un período de vida de 20 años. El problema se agrava cuando se factorizan los costos ambientales asociados con la obtención de materia prima, manufactura, instalación, uso de la infraestructura requerida para la generación y distribución de la energía eléctrica. Es decir, la producción de las amañadamente llamadas energías verdes no carece de impactos en el entorno biofísico y la desertificación, aunque la naturaleza inagotable de las fuentes renovables (luz solar, viento, vegetación, fuerzas del subsuelo) parece generar otra impresión incluso en sectores con alta escolaridad.

(Véase, http://bibliotecavirtual.dgb.umich.mx:8083/xmlui/handle/DGB_UMICH/4663)

 Otro punto de desencanto es el potencial de rendimiento real de las energías renovables. La demanda mundial de energía estimada en 2021 fue de 1 000 teravatios-hora (TWh) y se estima que se encamina a su mayor crecimiento en más de 10 años. Estos números se pueden interpretar como el repunte de la producción económica mundial, después de su desaceleración por la pandemia y un modelo económico ansioso por impulsar el crecimiento del PIB a escala mundial. Sin embargo, actualmente no existe una fuente de energía, o una combinación capaz de sustituir a todos los hidrocarburos para satisfacer la demanda actual de energía que garantice seguridad, bienestar y desarrollo sostenible. Aunque la descarbonización del sector energético tiene que ser un horizonte inteligente y justo, en este momento no nos encontramos en una transición real. La solución no puede fincarse en la esperanza de un desarrollo tecnológico que provee fuentes inagotables, limpias y baratas de energía. Así entonces, este escenario nos obliga a pensar que más allá de instrumentos limpios de expoliación ambiental, requerimos cuestionarnos las exigencias de transformación material y su vinculación con expectativas de bienestar y progreso.

Es imperante crear foros de discusión pública sobre los recursos energéticos, pero para ampliar el campo de análisis es importante despejar las tergiversaciones y malentendidos sobre las llamadas “energías limpias”.