Una latinoamericanista con estilo: Francesca Gargallo

11 de marzo de 2022

Víctor Hugo Lozada nos entrega un retrato muy personal de de la escritora italiana y mexicana Francesca Gargallo, fallecida recientemente, y a quien considera una pensadora y artista a contracorriente

I

En el número 10 de la colección Para leer de boleto en el metro, publicada por el Gobierno de la Ciudad de México como un notable esfuerzo de promoción a la lectura (2008) aparece una colaboración de la escritora italiana y mexicana Francesca Gargallo (Siracusa, 1956). En el cuento “Y una voz que decía” relata la historia de una compleja amistad. Luis Fontana, un talentoso artista entra a la vida de la narradora en calidad de piedra en el zapato. Ella recibe una llamada repentina y conduce un auto hasta Villahermosa para rescatar a Luis de un hospital. Alcohólico consumado, invade la casa de la amiga con la promesa de concluir una novela; le pide dinero, se pierde por días; consigue un departamento a cuenta de su resignada mecenas, ensucia la casa en tiempos de pleitos. En una de sus tantas agonías, ella trae a la madre de Luis desde el extranjero. Apoya, aún entre gritos e insultos, a su problemático amigo. Lo procura hasta el final, a pesar de las condiciones sanitarias. Ella nunca alardea en el relato de su solidaridad radical.

Francesca y la voz narrativa se (con)funden. A pesar de las vicisitudes cotidianas, aparecen las obsesiones y el compromiso con sus causas. En el relato podemos observarla en su oficio de escritora, preocupada por los movimientos sociales, sus convicciones feministas y su gran pasión: ser la madre de Helena.

II

Francesca Gargallo es una pensadora y artista a contracorriente. Nos conocimos a inicios de los noventa, cuando un sector de mujeres en México impulsó ante los gobiernos de corte neoliberal la creación de espacios académicos, gubernamentales y políticas públicas, con sus respectivos presupuestos. En ese contexto, ella reivindica su carácter de feminista autónoma, más cercana al activismo y a su capacidad de “criticidad” que a las ofertas institucionales. Recuerdo una frase suya que resume su independencia radical como feminista e intelectual: “no pido una beca para escribir, así como una campesina no pide una beca para sembrar” (creo que no había leído la letra chiquita del desaparecido programa Procampo, pero esa es otra historia).

Su defensa de la autonomía intelectual es notable, así como su capacidad para abordar temáticas feministas desde una perspectiva regional latinoamericana, en un entorno académico con predominio local, mexicanista. En su libro Las ideas feministas latinoamericanas (2004) nos comparte un momento de ruptura en el horizonte regional de las ideas feministas de los años ochenta:

“En Perú, Costa Rica, Colombia y Venezuela, a pesar de enfrentar diversas situaciones políticas y económicas, el feminismo radical se expresó en grupos de autoconsciencia, a la vez que importantes sectores de mujeres se reunían para para discutir los problemas de su país y para manifestar su solidaridad con la lucha de las mujeres en los países en guerra o bajo gobiernos militares.

Para explicar el sexismo que está en la base de la cultura dominante latinoamericana, estas mujeres generalizaron el uso de la noción de patriarcado. Desde el II Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, que se efectuó en Lima en 1982, “patriarcado” fue una categoría con la que las feministas latinoamericanas pretendían comprender la realidad entera.” (p. 123)

III

Hay varias Francescas. A mí me atrae la inteligente crítica de arte que se consolida con el ensayo Siete pintores de una generación sin nombre, escrito al alimón con nuestro Rosario Galo Moya, Coquena, con el que ganaron el Premio Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Artes plásticas, otorgado por el INBA. La Francesca polemista es formidable. La recuerdo explicando a Fabrizio Mejía Madrid que Leopoldo Zea sí hace una filosofía original al situarla geográficamente y no se trata, como él pretendía, una simple ocurrencia ideológica. Pobres de aquellos osados que se les ocurrió cuestionar el feminismo con argumentos ramplones delante de ella. La cuentista es franca y desenfadada, nunca busca artilugios ni efectos secundarios para revestir sus tramas. Me gusta la importancia que tienen en su obra la amistad y la solidaridad. Conozco poco a la poeta (es una tarea pendiente en lo personal) pero comparto una muestra de su sensibilidad.

Carta al amigo

Sabes que para mí el amor es mucha cosa.
Afuera el frío anda su camino
Hay viejos que mueren en la misma soledad
De un niño que nace y te escribo
Desde el tren para Veracruz donde hay chicos
Que duermen en el piso acariciando una gallina…

… Tú saldrás a recogerme
Cuando caiga o titubee.
Escribo para llevarte conmigo
En el invierno que cae a gotas.

No tengo dinero
Para tomar seis litros de tequila
Y eres el único amigo que me queda.

Hubo un tiempo en que la veía con frecuencia. Poco después de aparecer la antología de cuentos Para leer de boleto en el metro, nos encontramos en una cervecería del metro Chapultepec y comentamos su relato. Recuerdo con entusiasmo sus carcajadas cuando me platicó sobre la sorpresa de su pequeña hija Helena con el libro en la mano: “Mamá, mamá, te publicaron junto a Gabriel García Márquez…”

Por su voz multifacética, invito a la comunidad de lectores que no la conoce a encontrarse con la obra de una latinoamericanista fascinante.